–favor, de escuchar con “light the fire”, The Doors–
Hace algunos muchos ratos, estaba por aportar algo. Sin embargo, no tenia idea de cómo comenzar: de pronto tantas ideas en mi mente ya no rodaban, de seguro se cansaron y dieron un break –como tooodo mundo lo hace-: levantarse del asiento, ir al baño (muchas veces solo para mirarse en el espejo y el “¡Qué gorda estoy!”), a la tienda (súper, cafetería, maquinita, qué sé yo!!) para abastecerse de munchies ( o sea, cualquier cosa que pueda ser digerida pero no entra en el concepto estricto de comida: gansitos, seagrams, palomitas, sabritones, chocolates y chocolates… sí, esas cosas que son sustitutos en las horas que no puedo/quiero comer), ligar (cuando fui testigo de ello ¡no podía creerlo!, y yo que solo lo hago en mis momentos de ocio <donde la medición del tiempo es inusual> y quien lo hace a la mitad de su almuerzo me sorprende…tengo que aprenderlo!!), dormir (con esa política de que “si se es feliz se trabaja más y mejor”) o cualquiera actividad posible de realizar entre 15 y 30 minutos …, pudiera parecer que estaba quieta, incluso dormida…
Pero nooooo!!! , ni siquiera relajada, pues me di cuenta que ¡¡tengo 42 cosas por hacer de aquí al lunes!! (Gracias a la ayuda de mi agenda y la cuenta con dedos)…. Después de ese lapsus brutus (en donde afortunadamente no alcance el nivel de Homero Simpson) empecé a hacer las cosas, en vez de preocuparme por ellas. Aquí radica la diferencia entre ocuparme y preocuparme (por lo tanto, no canas, ni arrugas, ni muchas deudas).
Disfruto las pequeñas cosas que suceden: un día nublado y con bastante viento, por solo citar un ejemplo, aunque en realidad suelo descansar pensando en cosas bellas y riendo de mis travesuras –cualquier parecido con lucifer, es mera coincidencia-.
Más en la mañana reencontré a una amiga del semestre pasado y que pensé que me había abandonado –por aquello de que muchas personas dejan sus estudios inconclusos o para después-, y aunque no pudimos platicar –porque ella iba a clases a otro edificio mientras esperaba a una compañera que me presto sus apuntes- supe que estaba bien. Eso alegro mi estómago sin café.
Tuve bastante tiempo para reflexionar así –no entre a mi cuarta clase y los viernes usualmente no tengo la tercera…- y también es resultado de que ya tuve mis años sabáticos. Por lo tanto, ahora, ya sé como organizarme, aunque parezca adicta de mi agenda, -procuro- cumplir lo que tenga anotado –desde quejas del consumidor hasta los días de mi periodo- y lo mejor: sé qué es lo que quiero, cómo lo quiero, cuándo lo quiero y cuánto lo quiero, además de amar a las personas que me rodean –bueno, ya, no soy tan buena, al menos a tolerar a mis conocidos-.
La musa nunca se va, ya no me preocupa el break de mis ideas, pues nunca se van.