Ayer.

Domingo.

Me quede en casa. Desde el viernes en la noche no volví a salir, ni siquiera a la tienda por munchies. Estaba ordenando… no, no, acomodando mis revistas, ya saben las de Día Sieter, algunas  y etcetéra… ya saben, sigo poniendo orden a mi vida…. y muchas publicaciones se fueron, otras las releei. en fin. Casi la mitad del suelo de la habitación estaba plagado de revistas y obviamente hubo una selección… las que ya no quiero, las que releeré (por algún artículo o un memorando…), las que son un portafolios de visuales… total, eso aun continua.

Por un momento, sali a la calle… si, yo de ofrecida diciendo a mami “yo voy por las tortillas” evitando así tener que ser parte de la comitiva de la preparación del ‘pico de gallo’.

Cruzando el umbral, lo descubri:

Un cielo de fondo azul y nubes de algodón (creo que su nomenclatura cientifica es cumulus… ah! mis viejas clases de la secundaria y las lecciones de mi maestro físico-matematico…algo bueno dejaron).

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Debía haber salido.

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Caminar por el Eje Central. O por el Zócalo. O por el metro. O al tianguis más alejado de mi casa. O a Chapultepec. O a un parque. Ya muy precaria la situación, a un centro comercial.

Quedar varada. En un café. En una tienda. En un ciberlugar. En casa de una amiga. En una libreria. En un autoservicio. En museo. En la banca del parque. Bajo el reloj del metro. En las escaleras. En un puesto tendido en el suelo. A la sombra del asta de la bandera. En un puente que cruce el Periferico.

Si. otra vez esa añoranza inculcada. Y aquí estoy. Lejos de mi hastio: disfrutando las inciertas maravillas que da la ciudad, quien perdona a quien la juzga como buena o mala. Es fácil hacerlo entonces: solo basta dejarse llevar por los rumores de quiines viven en ella pero no de la charla de quienes la viven.

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Evohé.

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