Otra vez, salí a caminar. He dejado para mañana los quehaceres domesticos (lavar trastes, juntar agua en botes -porque si, auch, también en mi casa se sufre de la falta de agua potable, bueno, en México quien no-, desayunar con mis hermanas -quienes suelen ignorarme olimpicamente cuando les digo “hay leche y/o cereal, pan, fruta o sopa…”-, limpiar las gracias de mis gatas-digo que son gracias, ya que de esa manera agradecen las croquetas… sin comentarios-, lavar mi ropa -aunque no ando desnuda-, y demás), anteriormente no hacía nada de nada, mami lo hacía y yo estudiando solamente y sí, jugando, qué consentida.
Salí con un propósito. No quiero comentarlo, hasta que sea realidad y podré reventarme diciendolo. Pero no traigo mis tenis azules; si, esos desgastados, remendados tres veces, con plantillas; no, hoy no los use. Y temo no encontrarlos.
Sin más, estoy usando tacones. En plena gran avenida que parte la ciudad, no sé si para bendición o para hartarme, use otros más altos. No me acostumbro. Algunos me miraron. Agachaba la cabeza en parte por pena y también para fijarme donde de los agûjeros en mis cintas y los uso. Tacones más altos, me sentí más fuerte. Y un deja-vù de cuando usurpaba los de mi prima Azucena. Ahora, los mios no son de terreno salvaje.
Rematé en la Biblioteca Vasconcelos. Me quejé. También recorde un viejo mito urbano, pero no recuerdo su inicio. Pero lo haré. Segura que lo haré. Y él lo sabe. Y ahora, espero poder salir el sábado. Mientras no me llamen.