Han pasado tres semanas desde que la vida de Troy terminó. Aún estoy recuperando los detalles del sepelio. Lloré mucho. Y estaba furiosa. Mi pena no fue más grande que la de otros amigos, ni pensar en compararla con la de su familia. Pero estrujaba algo.
Es cierto. Estoy llena de recuerdos. Me han dicho tanto sobre alguien muerto: que se llevó la última frase mientras estuvo consciente, el rigor mortis, que ya no podía hacer nada, que se le debe recordar y pedir por el descanso de su alma, que no se le puede amar… falso, creo que sigues amando a la persona en tus recuerdos… y yo, como perseguidora de la esperanza – usando mariposas por aquí y allá-, sí creo firmemente en que lo volveré a ver, deseo para él todo lo buenamente prometido (El Cielo, El Paraíso, La Resurreción…) y no quisiera que lágrimas, rezos o algo más lo impidan.
Antonio fue muchas cosas en mi: juntos en una cama sé que hubiera hecho una manicura, “deberías conseguirte uno de 35 para que te mantenga”, y este blog se inundaría con anedoctas. Y usualmente sonrio con ellas.
Desde donde está conoce más ahora de mi, que acepte algo y que -por ende- esta sucediendo algo más que también me hace sonreir – bien, que nos hace sonreir-, que tengo muchos planes en mi cabecita y que sí, hay días en que hago algo que no quisiera hacer frente a los amigos pero a solas no puedo evitarlo, ya que aún hay algo que estruja en mis adentros.