Trato de no verte. De no saber de ti. No procuro lo bueno. Aun me gusta brincar en los charcos. Ahora emprendo nuevas rutas para llegar a donde quiera -por eso no me ves pasar, porque tampoco tu estarás ahi y debo seguir mis costumbres profanas (“No dejar huellas, más que en la piel de los hombres (vuestros amantes)”-. Dejo que la música me guie algunas veces y otras es el viento el que se come mis cabellos y sigo paseando mis dedos entre ellos, cuando hace calor o para retener mis ideas; no fumo pero me dan unas ganas locas locas de ir por un cigarro…
Y cuando al fin nos topamos …-suenan en mis oidos varias canciones al respecto y muchas frases de mi abuela “todos necesitamos de los demás…hasta del verdugo para morir”, y de algunas frases más “los reglones retorcidos de Dios”…y solo digo ‘rayos, y yo que vengo en la facha y él en la propia’-… o no nos topamos. Encontrar y desencontrar. Ninguno fácil y menos rápido de crear. Esta ciudad es tan inmensa y a veces olvido esos corredores con los que ahorro el correr hacia ti.
Porque siempre será infinitamente mejor sabernos un poco juntos, un más lejos y dentro de los pensamientos del otro en algunos momentos, ignorando lo demás, paseando de noche y decir todas esas locuras y no hay nada peor que contar pequeñas historias sobre la distancia, cuentos para alucinantes damiselas.