—Ruth Beraja—
En la antigua Palestina, en el medio del desierto, se estaba creando un nuevo pueblo, hacía ya dos años de su existencia.
Como periodista israelí de un diario no muy conocido cargué un pequeño bolso y los fui a entrevistar.
Me recibieron como si me conocieran desde hace tiempo. La gente se acercaba, me besaba y abrazaba. Llegué con mi auto viejo y me di cuenta que el mío era el único motor en el pueblo.
La gente caminaba, corría, andaba en bicicleta. Miré a mí alrededor y vi sólo arenas, muchas carpas y ropas tendidas en cables que se colgaban de una carpa a la otra.
Me sorprendió el silencio y las sonrisas en la cara de la gente.
Una vez instalada en la pieza de lona que prepararon especialmente para mí, tomé mi anotador, mi cámara de fotos y comencé a caminar sin ningún rumbo. Cuando me ofrecieron guiarme, les dije que prefería recorrer el lugar sola.
Llegué a un centro de compras, se veía como una feria gigante, la gente estaba sentada mirando a la nada. Me acerqué a ver unas artesanías que atraparon mis ojos y acto seguido pregunté cuánto salía, ese hermoso cuadro.
La mujer se sonrío y me dijo: - Aquí no se usa la plata.- ¡Ah! ¿Y cómo se paga?- No se paga. - No entiendo. - El que necesita algo deja alguna pertenencia suya y eso es todo.- ¿Me queréis decir que si yo quiero este cuadro, te dejo. mi reloj y me voy?- Exacto. - Gracias. Le contesté y seguí caminando, no quería deshacerme de mi reloj y muchas pertenencias no tenían. Me senté en lo que sería para nosotros un bar, un par de troncos de árbol, hacían de mesas y unos almohadones de sillas. Saqué mi libreta dispuesta a escribir un fiel retrato del lugar pero antes de empezar vino un hombre de unos 45 años, que tenía una pequeña pelada y una trenza larga que le llegaba hasta la mitad de la espalda y me preguntó que quería tomar, pedí un vaso de agua. Me lo trajo y se sentó sin que lo invite.
- ¿Qué es lo que venís a buscar aquí?- Nada en especial. Escuché sobre la existencia de este pueblo y me pareció interesante escribir algo acerca del lugar y su gente. - Lo interesante aquí es vivir. Observándonos desde afuera no verás ni un cuarto de la esencia del lugar.- Bueno. En principio vine por tiempo indeterminado. ¿En que se diferencian ustedes de la gente que vive a unos pocos kilómetros?- En nuestro pueblo, no hay contaminación, se puede decir de ningún tipo. - Parece sencillo. ¿Por qué te parece que no adoptan vuestro ejemplo los vecinos?- Porque tendrían que renunciar al poder, a sus expectativas del otro, a la ambición y hasta a la comodidad. Deberían afrontar el frío, el dolor cuando uno enferma y por sobre todo tendrían que aprender a vivir solos. - ¿Solos? - Si, no me refiero a que no hay familias, amigos, pero cada uno vive en su espacio. Te hablo del espacio energético. Los padres no esperan nada de sus hijos y lo mismo pasa entre amigos y parejas. - ¿Cómo pueden convivir así?- En armonía. - ¿Y qué pasa con la educación? ¿No hay escuela en este pueblo?- No. Pero hay carpas en las que se realizan distintas investigaciones. En general, las mayores, comienzan por la simple curiosidad de los niños. - Tenemos muchos libros, material de desecho que traemos todos los días de los pueblos vecinos.- Pero. ¿Y los chicos cómo aprenden?- De la vida. Preguntan y aprenden. Piden que les leamos, y aprenden, observan y aprenden.- Y, aparatos eléctricos ¿Usan?- Los mínimos indispensables.
Me quedé en ese pueblo un tiempo indefinido, ya que no llevé reloj, finalmente lo cambié por unos jabones aromáticos y otros productos naturales.
Pero una noche mientras dormía una voz me habló y se que no era de nadie del pueblo. Me dijo que debía regresar a Israel y publicar mi artículo sobre mi experiencia. Me dio una mano, que yo no pude rechazar y sobrevolando por todas las tierras de Israel me dijo que observase bien las distintas formas de vida y luego lo publicase.
Amanecí en el escritorio de la redacción y frente a mi había muchos periodistas interesados en escuchar mi experiencia.
Yo intenté hablar pero en ese momento mi voz no salió, como si me la hubiesen robado durante aquél sueño. Escribí un cartel inmenso que decía. Perdí la voz, escuché los cuchicheos de todos y empecé a teclear lo que había vivido en ese tiempo, pero cada letra que tecleaba se borraba ni bien escribía la próxima, probé de hacerlo a mano y me resultó.
Escribí sin parar sobre la pureza de esa gente, la sinceridad, la inteligencia superior e inclusive el desarrollo del sexto sentido por sobre cualquier otro. Le pedí a una compañera que lo imprima y lo publique pero de la única manera que pudo salir a la luz, fue escrito a mano, con mi letra. Esa noche cuando al dormir aparecí en aquél pueblo otra vez, entendí que aparte de todo lo que había vivido , a la gente le pasaban todo tipo de fenómenos metafísicos y extraños y por sobre todo pude descifrar el nombre del pueblo: Vydev, su significado era, vivir y dejar vivir.