…. ya ni tortillas.
(Las tortillas en mi vida; o, las tortillas y yo.)
Fue en este mes, claro Enero y nuestra cuesta, con sólo casi dos pesos (de los nuevos de aquellos noventas…) de incremento al salario minimo, cincuenta centavos al litro de leche Liconsa (por no mencionar otras marcas) y menos de 200 mil plazas de empleos, bien, solo faltaban las tortillas, los bolillos cuestan desde 80 centavos en los autoservicios hasta en 1.85 pesos en lugares que prefiero no mencionar.
Aún recuerdo mi primer lúcido encuentro con las tortillas. Seguramente las comía desde antes, pero vividamente a los siete años las recuerdo. Para entonces, mi dieta era carne, dulces y huevos, nada de frijoles, ni nopales, ni pescados, ni tortillas, influenciada por tantas películas domingueras del cine de oro mexicano que eran costumbre en casa de la abuela materna los domingos me negaba a alguno de los anteriores, y cuando no, a regañadientes, si, para complacer a mis padres.
No recuerdo bien donde estaban las tortillerias alrededor de casa, bueno, con algunas mudanzas en la infancia, no puedo hacerlo. Pero, sí la de la casa de la abuela, que fue por casi treinta y tantos años puerto de toda la familia. Aún esta ahí, no así la casa de Doña María. “En la calle de atrás”, decía mi abuela, refiriéndose a una de las calles que conecta Avenida de los Cien Metros y Vallejo, los límites entre Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, y que desde entonces empezo a ser calle de pequeñas empresas (Fox, diría, changarros), tiendas de abarrotes, verdulerias, tintorerias y demás que se necesitan en una colonia, no sólo convirtiendola en popular, sino muy comercial. En esa calle estaba y sigue estando la tortillería.
La tortillería de Silvia, que antes era una moza morenisima, cabellos chinos y largos y siempre amable. ’La Flama’, es el nominativo del negocio, ignoro si es suyo o sigue de empleada, ahora de encargada, es la única mujer que trabaja ahí pero se trae corto a los molineros, cargadores y otros que son compañeros de trabajo. Sólo sé esto de ella, pero Silvia sabe quienes son mis hermanos y demás parientes, sus pláticas con mamá no me extrañan.
Fue un lunes cuando compre un kilo y pague 8 pesos. En la noche, los noticieros espantaban con que las tortillas y los mexicanos ya no sería igual la relación. Martes. Y con Silvia, las tortillas a 10 pesos el kilo, ese día ví personas que compraban sólo tres cuartos de kilo. Recorde cuando mi abuela o madre mandaban a mi hermano o cuando luego me dignaba a acompañar hasta por cuatro kilos, por la razón que les mencione. 40 centavos contaba un kilo de tortillas, o un viaje en el Ruta 100 o en el Trolebus o un boleto de Metro, que entonces eran rosas con sus franja cafe.
Supe que se vendían las tortillas hasta en 15 pesos el kilogramo. 15 bolillos en una panadería de conveniencia y esto eran lo mismo. Aparte la leche. Y el salarío que no sube.
Después el honroso hombre del que dicen es el presidente del país, logró un acuerdo para estabilizar el precio de la tortilla, 8.50 pesos es el tope, ante abusos a PROFECO (que sólo emite llamadas de atención, es algo puramente administrativo, pero sé que una de esas y puede tirar el prestigio del negocio); en los autoservicios, a 6 pesos, mientras, algunos se aprovechan la situación para regalar un kilo de tortillas.
Hace poco leí que es tal la molestia por el incremento en algunas poblaciones, que se agrede a los que trabajan en las tortillerias. Como si sólo ellos tuvieran la culpa. Pero también, que en algún lugar se venden las tortillas a 7 pesos el kilo, y es porque la dueña del negocio compra directamente a productores mexicanos el maíz, ella lo procesa y vende las tortillas. ¿Redituable, no?Mucho mejor que importar maíz al precio que sea.