Archivo mensual: enero 2008

DAREDEVIL -Mi particular homenaje-.

EL GUARDIÁN DE LA COCINA DEL INFIERNO

Hola, Matt.

Usted no me conoce. Pero quiero decirle que tiene todo mi apoyo. Esos periodistas, que le atosigan, son unos hijos de perra. Se prostituirían, con tal de conseguir una buena exclusiva. No les importa todo lo que Daredevil ha hecho por la ciudad. Lo que él significa para todos nosotros.
Me llamo Frank Moreno García. Nací en la Cocina del Infierno, hace más de treinta años y jamás he dejado estas calles. Prácticamente, no conozco nada más. Si no fuera por la tele, no sabría que, más allá del barrio, existe vida.
No soy muy inteligente. Algunos me llaman idiota, con la firme convicción de que me definen. Lo que más me duele no es que me insulten, sino la naturalidad de sus voces al decirlo. No parecen querer vejarme. Es como si se limitaran a describir lo que ven. Ya sabe, como cuando un niño ve un perro, y dice: <<Perro>>.
Quizá no estén equivocados. Dejé de estudiar muy pronto. En las calles era alguien importante; el respeto me lo ganaba a hostias. En la escuela, en cambio, era un subnormal más; uno de tantos. Y lo único que podía haber hecho para cambiar eso, hubiera sido demostrarles que se equivocaban, que ser pobre no significaba ser estúpido.
Me hubiera gustado demostrárselo. Puede que, si hubiera estudiado, ahora mi vida fuese distinta. Pero siempre he buscado el camino fácil, lo reconozco. Nunca he sido muy trabajador.
Sí, es cierto, probablemente, no sea un lumbreras.
Los profesores sabían que la gran mayoría de nosotros acabaríamos mal, por lo que no se esforzaban demasiado en tratar de convencernos de que la vida no era una mierda. Nuestros padres eran hispanos, irlandeses o negros, borrachos, ilegales o parados; aunque no necesariamente en ese orden. La sociedad americana nos consideraba una raza inferior, a la cual explotar, mientras la tele nos decía lo mucho que teníamos que agradecer al país de que nos dieran cobijo y trabajo.
Resulta curioso, el empeño que el gobierno, con la ayuda de los medios de comunicación, pone en lograr que los desfavorecidos amemos EE.UU.
Lo que no dicen, es que los trabajos que nos dan, a los que no hemos nacido en esta tierra de sueños e hipocresías, son lo que nadie quiere. Los emigrantes hacemos los trabajos más denigrantes y duros.
Me gustaría decir que quise a mis padres, pero mentiría. Sentía lástima por mi madre, eso sí. Estaba casada con un animal. No se merecía compartir su vida con ese hijo de puta. Poco importan los nombres. No le diré cómo se llamaban mis padres. Mi vida no es muy distinta a la de cualquier otro. Cambian los personajes, pero no las situaciones. Los padres de mis amigos eran muy parecidos a los míos. Recuerdo que esnifábamos pegamento, y todo lo que pudiéramos encontrar, con el deseo de estar lo suficientemente colocados como para olvidar el camino a casa.
Odiaba a mi padre. Ese cabrón tenía como objetivo jodernos a todos. Cada vez que oía girar la cerradura de la puerta de la calle, me echaba a temblar y sentía ganas de llorar. Mi temor era mayor, incluso, que mi ira.
Un día, a los ocho años, oí como zurraba a mi madre, creí que esta vez la iba a matar. Salí cagando leches por la ventana de mi cuarto. Eché a correr escaleras arriba. Sólo había alguien que podía salvar a mi madre. El sudor se me colaba en los ojos. Recuerdo que el escozor que sentía era tan intenso que, un par de veces, estuve a punto de resbalar y caerme por la barandilla de la escalera de incendios.
La adrenalina me hizo recorrer los tramos de escalera que me separaban de la azotea en un santiamén. Sabía que él, estaba allí. Era el único que podía parar a mí padre. Era invencible.
Me había pasado un montón de noches, mirándole, a escondidas. Fingía que me iba a dormir, pero, en realidad, cerraba desde dentro la puerta de mi dormitorio, y me escapaba por la ventana, para poder verle.
Todos creían que sólo aparecía cuando había peligro. Que tenía una especie de Bat-señal que le alertaba. Pero no era así. Yo lo sabía.
Se pasaba las noches subido en mi azotea, como si nos escuchara, en absoluto silencio. Algunas veces desaparecía durante unas horas para, me imagino, salvar a alguien. Pero siempre volvía. Siempre.
Había noches que el sueño me vencía, y no sé cómo, amanecía en mi cama, arropado hasta el cuello.
Él nos custodiaba. Era nuestro protector. Velaba las calles mientras los demás dormíamos. No podía ayudarnos a todos. Pero lo intentaba. De verdad, que lo intentaba.
Cuando llegué a la azotea, como todas las noches, él estaba ahí. Me imaginó que era porque yo era un crío, pero parecía un gigante.
Por primera vez, me dejé ver. Él se encontraba al borde de la azotea, de espaldas a mí. Entonces, como si escuchara algo, giró la cabeza, muy despacio, por encima de su hombro derecho, y me miró.
Quise hablar, pero estaba tan acelerado, que no pude. Él sonrió levemente. Luego, apartó la vista, y miró al vacío. Su silueta, rodeada de un resplandor amarillento y sucio, adquirió un halo de frialdad. Parecía un Dios observando a sus criaturas. Su pose resultaba aterradora.
El traje rojo, envuelto por la oscuridad, le hacía parecer un diablo de verdad. Daba miedo.
Sin mirarme en ningún momento, con una voz que sonó tranquilizadora y firme, dijo:
—Franklin, no pasa nada. —Atónito, pensé: <<cómo sabe mi nombre>>. — Ahora tienes que ser muy valiente. Pase lo que pase. Oigas lo que oigas. Quédate aquí. No te muevas. Ya vendrán a por ti más tarde. Todo irá bien. Confía en mí.
Entonces, saltó de la azotea, como uno de esos saltadores de trampolín que salen en la tele, y desapareció.

Como me dijo, dos horas después, cuando el ruido hacía mucho tiempo que había cesado, un policía subió a la azotea, y se me llevó con él.
Pasé el resto de mis días en un orfanato. Mi vida no fue fácil.
Nunca me dijeron que pasó. Me imagino que mi padre murió, lo ejecutaron, o se pudrió en la cárcel. Quién sabe. Nadie me contó que fue de él. Tampoco me importa.
De mi madre, sí. Esa vez, mi padre lo consiguió. La mató de un disparo. No murió a golpes, como siempre creí que moriría. Fue una bala la que acabó con su sufrimiento. Yo había visto, y jugado, muchas veces, con la pistola que mi padre guardaba en la cómoda. Sé que, si se hubiera enterado de que la cogía a menudo, me hubiera molido a palos.

La pistola no estaba cargada. Esto jamás se lo he contado a nadie, por miedo a lo que pudiera pasarme. Pero me gustaría que tú lo supierar. Yo conseguí esa bala, y también la cargué en la pistola. Lo hice una noche, tres o cuatro días antes de que mi padre matara a mi madre.
La noche de la que te hablo, me pasé dos horas sentado en el sofá, con la intención de matar a mi Padre, cuando éste cruzara la puerta. Pero, esa noche, no vino. El cabrón, a veces, parecía esconder un As en lo más profundo de su culo. Luego, olvidé la idea; y también la bala.
Así que, en cierto modo, siempre me he sentido responsable de la muerte de mi madre.
Pero no sienta lástima por mí. Esta carta no está escrita con la intención de hacerle partícipe de mi desgracia. Sé que si hubiera nacido en otro barrio, u otro país, las cosas hubieran sido distintas. Este país tiene algo sórdido. Me imagino que es por eso por lo que se empeñan en fingir que todos son perfectos. La mierda la pueden esconder, seguro, pero el hedor siempre estará ahí.
Tengo que confesarle, no sin cierta vergüenza, que esta carta no la escribo yo. No sería capaz de hacerlo bien. Ya le he dicho que no soy muy inteligente. Es, digamos, mi último deseo.
Un voluntario de una asociación lo está haciendo por mí. Yo lo grabé en una cinta, y él lo transcribió después. Le pedí que la adornara un poco, para que usted, Matt, pudiera entender mejor lo que quiero decirle. Hay veces que las palabras se me traban, y no salen por más que lo intento. Algo en mi cabeza no funciona del todo bien. Muchas veces no sé expresar lo que pienso.
Pero me estoy alargando demasiado. Iré al grano. Dentro de unas horas me van a ajusticiar. El estado me pondrá la inyección letal, y dejaré de existir. No voy a decir que haya sido un buen chico. El delito de asesinato que se me imputa, ocurrió. Asesiné a un negro de una bala en la cabeza. Fue una especie de ajuste de cuentas. Espero que lo entienda. Yo era un mal bicho. Tenía el mal en la sangre. Comencé a beber. Sin darme cuenta, me convertí en mi padre.
Ahora me arrepiento, y quisiera cambiar lo que hice. Pero se acabó, ya no puedo cambiar lo que pasó. Tengo muchísimo miedo, Matt, y como no creo en Dios, quizá el Diablo pueda ser clemente conmigo.
Sólo quiero que venga a mi ejecución. Como ya le dije, me llamo Frank Moreno García. No sé si es Daredevil o no, pero me gustaría pensar que sí; porque no tengo otra manera de contactar con él.
Venga, por favor, Matt. Nadie vendrá a despedirme. Y necesito ver una cara amable antes de morir. Sé que los que estarán tras el cristal me mirarán con odio, y no sé si seré capaz de morir con dignidad. Hágame ese favor, ayúdeme a marcharme de esta vida.

Gracias, Matt… Gracias, Daredevil.

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LOS CUATRO FANTÁSTICOS -mi particular homenaje-.

LENGUAS DE FUEGO

Oigo un crujido, y siento como las fibras de los músculos de mi brazo izquierdo se desgarran. Entonces, grito como no lo he hecho en mi vida. El control emocional revienta, junto con la racionalidad. Sue cae, braceando, como si tratara de aferrarse al aire caliente que emana del núcleo.

Por primera vez en mi vida, no tengo respuestas.

De pronto, tomo conciencia de que, víctima de la fricción, mis pies han abandonado la seguridad de la piedra. A metros de mi cabeza, siento como Ben lanza un alarido desesperado, cuyo eco resuena como una bomba de neutrinos.

El mundo comienza a girar, y pierdo de vista a Sue.

Siento el regusto salino de mis propias lágrimas. Sólo puedo pensar en Sue. El horror que embota mi cerebro no está causado por el hecho de que mi vida esté cerca de su final, sino porque no concibo ésta, sin Sue.

Cierro los ojos.

Probablemente, podría salvarme por mí mismo. He salido indemne de situaciones críticas. Mi cuerpo puede tomar la forma de un globo aerostático. Si lo hiciera, sólo tendría que esperar a que Johnny viniera a por mí. Pero para poder moldear mi cuerpo necesito de la calma y concentración.

El calor se intensifica por momentos.

Abro los ojos.

Sue debe de estar a punto de ser devorada por las leguas de fuego, de este maldito trozo de roca volcánica. Ojalá haya perdido la conciencia. No quisiera que sufriera. Maldita sea, qué estoy haciendo. Soy el culpable de que esto esté ocurriendo. Fui yo quien empujo a los demás a este loco viaje por la zona negativa. Ellos decidieron acompañarme porque somos una familia.

Estiro mi brazo derecho, mientras trato de olvidar la hórrida sensación de dolor. Jamás había sentido tal dolor físico. El brazo izquierdo cuelga, a merced de las corrientes de aire, como un guiñapo.

No puedo pensar, me cuesta secuenciar mis acciones. Pero debo hacerlo. Tengo que volver a racionalizar la situación. Respiro hondo. Mi brazo derecho alcanza lo que podría ser el cuerpo de Sue. Es una probabilidad entre mil.

La dirección que describe mi brazo derecho es consecuencia lógica de una precipitada resolución mental. En cualquier otro momento, jamás hubiera dudado del cálculo. Pero, en este instante fatal, el error es una variable a tener en muy alta consideración.

Puede que mi mano haya cogido un cuerpo de la misma masa, y con la misma velocidad de caída que Sue —cosa bastante improbable—, o puede que en este instante mi brazo esté rodeando el cuerpo de Sue por la cintura. Sea como sea, sólo tengo una oportunidad.

Cuando comienzo a encoger mi brazo, el cual sube como si fuera una goma elástica, mis ojos, llenos de lágrimas, son incapaces de dar nitidez a la forma amorfa que viene hacia mí, disparada como un cohete.

La oscuridad nubla la razón, y el calor se torna abrasador.

Mi conciencia se desvanece.

La calma llega con el olvido.

Todo termina.

Silencio.

Despierto.

Siento el entumecimiento de todas mis terminaciones nerviosas. Poco a poco, mi visión se aclara. Los enormes ojos azules de Sue me miran, desde más allá de la cama donde me hallo postrado, con la misma avidez que lo hicieron la primera vez que ambos nos encontramos.

—Gracias a Dios…—digo con un hilo de voz. — Estás viva.

—No, Reed, cariño—responde ella—. Dios no ha tenido nada que ver.

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LA BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE UN ALCOHÓLICO CUALQUIERA:

 

CONFESIONES DE UN BORRACHO

 

Me importaba una mierda la hora que era. Necesitaba respirar. Así que me puse lo primero que encontré y, como un ladrón, salí de mi casa a hurtadillas, dejando atrás a mi esposa y a mis dos hijos.

No fui consciente del propósito de mi fuga hasta que estuve abajo, en el portal, en medio de una calle vacía.

Nada parecía moverse a esa hora invisible de la madrugada, como si la existencia se hubiera visto simplificada a la imagen amarillenta de una vieja instantánea; un paisaje cotidiano congelado en el tiempo. Ni siquiera las maltrechas hojas de los árboles del barrio oscilaban ya, como si para ellos el tiempo careciese de importancia. Plantados, allí mismo, inmóviles, en dura pugna contra el hormigón que les rodeaba. Testigos mudos de toda nuestra vida en común y del mayor de los milagros: el nacimiento de los bebés, quienes nacieron con solo un año de diferencia entre ellos, y que después se transformarían en dos adolescentes constantemente cabreados.

La quietud resultaba del todo antinatural. Mi mente vagaba entre la vigilia y el sueño. El sopor mermaba mi coordinación. No sabía explicar lo que me pasaba. Era como si estuviera tan acostumbrado a contemplar las cosas estando borracho que, hacerlo ebrio, se convertía en una tarea demasiado ardua; más propia de un titan que de un simple mortal.

Me sentía extraño, fuera de lugar, como si mi cuerpo le perteneciera a otro. Sólo quería echar a correr calle abajo y comprar unas cuantas latas de cerveza en alguna gasolinera que estuviera aún abierta.

Pero no lo hice.

Ése impulso, desnudo de racionalidad, tan animal y rudimentario, desató en lo más hondo de mi ser un pánico atroz. El cual, me indujo a asomarme al reflejo de un escaparate donde pude atisbar el rostro colérico de un espejo agrietado que partí de un puñetazo cuando mi hija me apartó la cara al darle un beso, una sábado por la tarde, después de haberme pasado todo la mañana apilando botellines, rodeado de extraños que fingían conocerme.

Un recuerdo velado del subconsciente estalló en lo más hondo de mi conciencia. La condición salió a la luz como los fragmentos de metralla de una bomba de fabricación casera.

Un segundo de lucidez; y luego, oscuridad.

Mucho más tarde, o quizá tampoco demasiado, la confusión hizo de nuevo presa de mí. Pero ésta se me antojo demasiado carnal y desesperada, como un puñetazo en la boca del estomago. Me quedé sin aire, intenté boquear para tratar de llenar mis pulmones, y entonces, me vi sorprendido por un inesperado ataque de tos.

Fruto de la angustia provocada por la falta de aire, sólo se me ocurrió intentar vomitar; como siempre hacía cuando mi cuerpo había rebasado su capacidad para absorber más alcohol en sangre. Pero no sirvió de nada. Sólo logré extraer de mi boca largos hilos de bilis, que colgaban como espumarajos. Mientras, el dolor crecía con cada nueva arcada.

Me hundí en el caos, desorientado, sollozando, como un niño asustado. Contemplé mil posibilidades distintas, a cada cual más cruel, de destrozar la vida de quienes me rodeaban.

Dado el torbellino de pensamientos inconexos que me afligían, incluso se me paso por la mente la loca idea de que quizá aún estuviera dormido. Separado por un espacio ínfimo del cuerpo, encogido y vuelto hacia la mesilla, con el propósito de negarme sus ojos, de mi esposa, María, quien, antes de que dejara de sollozar y se durmiera, me había planteado un ultimátum:

— ¿El alcohol, o yo? —me dijo, mientras yo sabía que siempre sería el alcohol.

 

No se trataba de que tuviera una sed insaciable, pensé, sino de que estuviera convencido de que si no lo hacía, si no bebía, me iba a morir allí mismo, tirado en la acera, frente al portal.

Jekyll debió de sentirse así, cuando atisbo la sombra de Hyde, erguida, orgullosa, en medio de una oscuridad moral que nublaba la mente. Miré lo que me rodeaba, como si fuera ésa la primera vez que viera. No era dueño de mis acciones, estaba enfermo, muy enfermo. La verdad por fin me abofeteaba, y lo hacía en la cara, inmisericorde, cruzándomela, una y otra vez, hasta sonrojar mis mejillas sin la necesidad del vino.

Basta de eufemismos, pensé. Tenía una puta dependencia. Estaba enganchado. Hacía tiempo que había perdido el control. No podía vivir sin consumir alcohol. Me estaba transformando en un ser monstruoso. Y sobre todo, estaba haciendo más daño a mi familia del que jamás pudiera perdonarme.

Sólo me quedaban dos opciones: o bebía hasta matarme, o pedía ayuda y reconocía que tenía miedo de enfrentarme solo a lo que me pasaba.

Mi razón me exigía lo primero, mientras que mi corazón rogaba por lo segundo. Para mi sorpresa, escuché el susurro lastimero de mi corazón, en lugar del coherente discurso de la razón.

Quizá lo hice influido por el miedo que la soledad y la muerte despertaban en mí; aunque prefería pensar que lo hice por mí, por mi esposa y por mis dos hijos. Cosa bastante improbable. Pues el miedo siempre jugó en mis decisiones un papel fundamental. El miedo me precipitó a la botella y me convirtió en una mala impresión de mi progenitor.

Decidí subir a casa, al lado de mi mujer y mis dos hijos.

 

Tras tomar la decisión de afrontar lo que me estaba pasando, pasé un par de años luchando por salir adelante. Nunca imaginé que el proceso de desintoxicación pudiera llegar a ser tan duro y desagradable. Fue una tortura continua; aún lo es.

Iba intermitentemente a las reuniones de alcohólicos anónimos. Muchas veces creí superar mi enfermedad, para acabar recayendo después. Mi mujer se fue de casa dos veces, llevándose a los niños; yo una, solo. Todos gritamos y lloramos demasiado.

 

Mi hija ha empezado a hablarme hará poco más de dos semanas. Mi hijo me dijo que ojalá estuviera muerto, que no bastaba con meterle la polla a su madre, que eso no me convertía por arte de magia en padre… le callé la boca de un puñetazo.

Mi hijo tenía toda la razón del mundo. Fue la rabia y frustración lo que me llevó a hacer semejante barbaridad. Bien podía haber destrozado cualquier otra cosa que estuviera dentro de mi alcance en aquel momento de enajenación mental o cobardía, pero en ese instante sólo podía ver su cara crispada por el odio.

Nunca supe quien era mi hijo, jamás sentí interés por conocerle. A ninguno de los dos, en realidad, porque con su hermana pasaba tres cuartos de lo mismo.

Ahora se me rompe el alma al pensar que pude ser tan hijo de puta por aquel entonces. Pero nunca fui consciente de cuán cruel e injusto podía llegar a ser con aquellos a quienes más importaba. De hecho, durante esos años no era consciente de nada. Vivía en un mundo de confabulaciones y conspiraciones urdidas contra mí. Curioso que me sintiera víctima de los desaires de mi propia familia, cuando el único que hacía daño a drede era yo.

Luego, pasado el tiempo, descubrí, poco antes de que entrara con los pies por delante en la sala de urgencias, pensando que no volvería a salir de allí con vida, tras ingerir un montón de barbitúricos mezclados con alcohol, que como consecuencia del puñetazo mi hijo había perdido un veinte por ciento de visión en su ojo izquierdo.

 

Fui al psicólogo; o al menos, empecé a ir después de haber fingido que iba a su consulta durante tres meses.

Mi mujer y yo pasamos largas temporadas durmiendo en camas separadas. Ella me confesó que le daba asco tocarme. Le entendí.

A veces ella se iba a dormir a la habitación de la niña. Otras, yo me iba con cualquier mujer que quisiera pasar la noche conmigo a cambio de unos tragos; con tal de no estar en casa.

Mi hijo se fue sin avisar, cuando alcanzó la mayoría de edad. Desde entonces no he vuelto a hablar con él. No le culpo. Yo también tuve un padre alcohólico. Sé lo que es crecer con semejante carga sobre los hombros.

La familia ha quedado destruida; por mucho que finjamos que aún somos algo parecido a una familia.

 

Mi hijo tenía razón, como ya he mencionado. Meterle la polla a su madre no me daba derecho a considerarme padre de mis hijos. Ella me demostró que ser padre o madre es mucho más que un acto puramente biológico.

La vida había sido muy injusta con alguien cuyo único pecado reseñable era haberse enamorado de mí. La edad la estaba matando más rápidamente que a mí. Caprichos del destino, imagino. Los buenos siempre mueren antes que los malos. Esto no es como el cine.

Tengo el hígado consumido, debería haber muerto hace años. Pero sigo aquí, respirando, más que me pese. Dios no debe quererme a su lado. Ella ha dado, literalmente, su vida por sus hijos. Siento vergüenza cuando la veo desnuda, y no siento deseo de tocarla, porque recuerdo a la hermosa chica que provocaba que me excitase con solo tocar mi mano.

Hemos cambiado. Ahora yo soy un enfermo crónico al que la muerte se le muestra esquiva; y ella, una mujer que se olvido de tanto cuidar a los demás, se le olvidó cuidarse así misma. Me pregunto cuándo se resignó, qué día tomó la decisión de bajar los brazos y aceptar su funesto destino. Cuán destrozado tiene que estar alguien para entregarse, sin ofrecer resistencia alguna, a un suplicio, consciente de que no se detendrá hasta que muera. Como un estigmatizado que no discute su destino con Dios, que lo acepta, que ni tan si quiera se plantea que sea absurdo sufrir para que otros se salven, que también se puede hacer feliz a los demás, simplemente, siendo feliz. Pero este país, condenado a ser punta de lanza de la moral cristiana, nos empuja a ver el sufrimiento como una forma implacable de redención.

 

No me hago ilusiones. Quizá el tiempo cure las heridas, y algún día podamos volver a ser algo parecido a una familia. Poco a poco, vamos haciendo progresos; o mejor dicho, voy haciendo progresos. Ya que he tomado plena conciencia de que soy el único responsable de que todo se haya ido al garete. Mis hijos no tuvieron la culpa de nacer en una familia con un padre alcohólico, como yo tampoco la tuve en su momento.

 

Han pasado cuatro años. Estoy clínicamente curado. Pero el miedo sigue latente. Cada vez que paso delante de un bar, tengo la sensación de que, en cualquier momento, voy a entrar, pedir una cerveza y volver a entrar en mi particular cinta de Moebius; ésa que puse tanto esfuerzo en destrozar.

Mi hijo dijo que vendría a vernos por Nochebuena. No se va a quedar a cenar, lo entiendo. Pero se pasará a decir hola, y eso es mucho más de lo que yo me atrevería a pedirle. Estoy loco de impaciencia. Quiero abrazarlo, y llorar; aunque sé que no podré hacerlo delante de él. Nunca he sido capaz de llorar en público.

Me da miedo su reacción, pero espero que todo salga bien.

 

El año pasado mi hija se graduó en la Universidad. Mi niña será una futura veterinaria. Estoy muy orgulloso de ella.

Voy una vez cada dos meses a la consulta del psicólogo. Mi mujer, María, me acompaña y luego se pasa a recogerme. La verdad es que, ahora, no siento que me haga ninguna falta visitar a mi psicóloga; pero me hacen sentirme más seguro. Y una de las cosas de las que me siento más orgulloso ha sido lograr que mi mujer empiece a ver también a la psicóloga.

Por fin ella empieza a entender que es importante preocuparse de sí misma. Incluso ha empezado a salir, con unas nuevas amigas, al cine y a tomar algo. Tiene una vida al margen de mí. Su propio espacio. De lo cual, me alegro. Ojalá no hubiese sido el responsable de destruir la vida que ella tenía antes de conocerme a mí. Me bastó un año de casados, para aislarla del mundo.

 

Después de más de tres años, María y yo hicimos el amor, nos dijimos que nos queríamos y lloramos.

Quedan dos meses para que cumplamos quince años de casados, y quiero llevármela a Grecia y hacerle el amor en el hotel donde lo hicimos por primera vez.

No sé si podré, pero me gustaría hacerle ese regalo. No es por el dinero. Ambos trabajamos.

Ella gana bastante en su nuevo trabajo como contable. Al final, muchos años después de licenciarse, ha podido ejercer de lo que estudió.

Yo, en cambio, trabajo como teleoperador, rodeado de veinteañeros que ven ese trabajo como algo temporal. Para mí, ha sido lo mejor que he podido encontrar. Dado mi historial, no ha sido fácil.

Tuve que dejar mi trabajo de mecánico, me temblaban tanto las manos que no podía dar una a derechas en el taller. No me gusta el trabajo de teleoperador, y el sueldo no es muy alto, pero me permite tener las tardes libres y asistir a clases de pintura; mi verdadera pasión.

Descubrí la pintura un año después de empezar a luchar contra mi enfermedad. Sí, empecé a pintar como terapia. Ahora lo hago por gusto.

Pero me estoy yendo por las ramas. Lo que quiero decir con que no sé si podremos ir, se debe a que no estoy convencido de que sea una buena idea. No sé si sería bueno remover el pasado. Estar allí, en Grecia, donde todo empezó, después de lo que pasó… Bueno, podría reabrir viejas heridas. Y no quiero que María sufra más. Bastante ha tenido durante estos quince años de matrimonio.

Aunque sé que nunca podré devolverle los años perdidos a mi lado.

Ojalá pudiera hacerlo, ojalá hubiese dicho no cuando me invitó a tomar un café, un día después de conocernos.

Cuán distinta hubiera sido su vida entonces.

 

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PALESTINA FRENTE AL CINÍSMO DE EUROPA Y ESTADOS UNIDOS -PRIMER RELATO BREVE.

Los pasos de la civilización son amortiguados por el ruido de las bombas. La arena del mundo se cuela por el retrete de los poderosos. El silencio latente no es más que el germen que desatará la destrucción que está por venir.

Recuerda que somos seres educados en una sociedad capitalista. Por lo tanto, la violencia y la brutalidad conforman nuestro paisaje cotidiano. Odiar al prójimo resulta sencillo cuando estás obligado a competir con él.

Dios hace mucho tiempo que nos retiró la palabra; quizá todavía llora por nosotros, pero nunca se atreverá a mostrarnos misericordia.

Me sé un chiste sin ninguna gracia:

Un niño palestino se asoma dentro del cañón de un tanque israelí. Segundos después, se precipita al suelo con la cabeza reventada. ¿De quién es víctima? ¿De un disparo que le desintegra la cabeza? No, no, qué va. Es otra víctima más del cubismo.

Lo sé, es muy malo. Ya lo advertí. Dije que no tenía gracia.

Lo que sí tiene “gracia” es que haya seres humanos capaces de dar la orden para que eso suceda.

A veces siento, creo, pienso, que sería mejor que se tirase de la cadena del mundo y se empezase de cero.

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BIENVENIDOS AL INTERIOR DE MI CABEZA:

“La locura debe ser ingerida siempre en vaso pequeño y a sorbos cortos”

<<Bienvenidos a la ficción, damas, caballeros, niños, animales y seres de otros mundos. ¡El espectáculo va a comenzar! Asómense a la ventana de mi cabeza. Les prometo espejos distorsionados y vidas del revés. ¡Prestos!, traspasen el umbral. Atrévanse a entrar dentro de la carpa mágica -plagada de monstruos reales-, donde podrán contemplar el portentoso espectáculo concebido por una mente civilizadamente desquiciada>>.

 

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