Michael Jackson, DEP

Junio 27th, 2009 by miramamolin

El paso de baile que asombró al mundo

No acababa de creérmelo. Era como una historia de ciencia-ficción: lo que debía tener lugar en un futuro todavía lejano, había sido arrastrado al presente. Michael Jackson, cadáver.

Con su desaparición, parte de la adolescencia e incluso la niñez de muchos, pasa a la historia; pero no de un modo cualquiera, sino convirtiéndose en leyenda.

Han equiparado su muerte con la de Elvis o la de Lennon, pero creo que es una comparación muy visiblemente petulante y lisonjera para Elvis, Lennon y otros ídolos. Éstos se hicieron famosos ya mayores de edad; se ganaron conscientemente a sus fans, hicieron lo que hicieron por un delirio de grandeza que ellos mismos asumieron voluntariamente. Elvis, Lennon o Marilín, llegaron a ser famosos sabiendo lo que hacían. Prefabricaron sus éxitos y los cosecharon. A Michael Jackson, por el contrario, la fama le acosó durante toda su vida, desde la niñez, hubiéralo él querido o no. Le llegó desde que casi no tenía uso de razón, desde antes de que tuviera consciencia para soñar con ella: vino a él, no fue él a ella, como el profeta a quien se le acerca la montaña, cual si ésta hubiera reconocido en él algo que a los demás no les quiso tener en cuenta.

Y después, contrariamente a lo que ocurre la mayoría de las veces a aquéllos que han sido elegidos por ella desde la infancia, supo retenerla, y hasta aumentarla, elaborarla para convertirla en algo superior y mejorado con respecto a lo que había sido mientras la tuvo en la niñez.

Michael Jackson incluso tiene algo que le redime en su manera de morir con respecto a otros iconos populares del siglo XX como los citados. No murió asesinado, ni por un accidente temerario, ni por una sobredosis de droga. Por una sobredosis sí, pero de medicamentos. La diferencia es que él sí realmente estaba enfermo, y desde hacía años necesitaba esos medicamentos a los cuales probablemente llegó a hacerse adicto al final de su vida.

Durante mucho tiempo arrastró su enfermedad, y eso era una evidencia que muchos se negaban a ver. Pero era público su rostro de enfermo, y que en algunos conciertos llegó a desmayarse o se le veía claramente indispuesto. Los suspendió durante años, y sólo aceptó volver a ellos ahora, al final, cuando ya no le quedaba más remedio, en una búsqueda desesperada por conseguir fondos para sofocar las deudas que le acosaban.

Quien quisiera enterarse, hace ya lustros que podía hacerlo, no obstante: padecía lupus eritematoso, un mal que no es raro pero que manifiesta extraños síntomas. Uno de éstos lo hace asemejarse bastante al vitíligo, alteración cutánea que consiste en una depigmentación que vuelve la piel muy sensible a la exposición al sol. El sistema inmune se deprime también, con lo que en ocasiones se veía obligado a ponerse una mascarilla.

Parece que no se llevaba bien con alguna gente (a su hermana Latoya le prohibía entrar en sus conciertos, y con Quincy Jones, compositor de algunos de sus más sonados éxitos, tuvo disensiones que le llevaron a enemistarse), y tal vez por esto algunos, aprovechando la depigmentación de su piel, corrieron la voz de que intentaba ser blanco. En 1984, yendo a un concierto sufrió un accidente de tráfico que le partió la nariz; hubo de operársela. La intervención salió mal, y su amiga Cher le aconsejó a uno de sus cirujanos plásticos para que corrigiese el desaguisado. Esto y la divulgación de una fotografía en la que aparecía el cantante probando una burbuja de aislamiento para gente enferma de leucemia en un hospital que inauguró en 1988 (y que se dijo era una burbuja de oxígeno en la que dormía) contribuyeron a aumentar la leyenda de su racismo y su supuesto deseo de inmortalidad física. Y aun fue peor después de que, en ese mismo año, sufriese graves quemaduras en el rostro y en la cabeza durante un accidente que tuvo lugar mientras rodaba un anuncio publicitario, lo cual le obligó a someterse a varios transplantes de piel en la zona craneofacial.

Sin embargo, y en honor a la verdad, él jamás pronunció una palabra de denuesto en contra de su raza. Entre sus amigos personales se encontraba alguna de la gente más destacada en la lucha contra la discriminación de los negros, como Nelson Mandela. Además, Michael Jackson se cita en el libro Guinness de los Records como la persona que más dinero ha dedicado en toda su vida a obras de beneficencia, entre las cuales es la raza negra la que, con mucho, resultó más favorecida (como con toda la labor que financió en África, para la cual incluso llegó a movilizar en ocasiones a otros famosos amigos suyos: recordemos “We Are the World”, por ejemplo).

A pesar de ser una persona distante por naturaleza, Jackson nunca trataba de alejarse ni daba malas respuestas a los reporteros ni a sus fans, e incluso solía abrir la ventanilla de su limusina cuando alguien se ponía en paralelo con ella y se lo pedía, para que le pudiesen fotografiar de cerca.

Aunque yo personalmente, sin llegar a decir que Michael Jackson me disgustara, nunca llegué a ser especialmente aficionado a él, ahora echo la vista atrás, le veo bailar y contemplo sus video clips de mediados de los ochenta, y me doy cuenta de que, efectivamente, era algo especial que define muy bien aquellos tiempos. Creo que ahí radicó su éxito. Sus canciones y su modo de cantarlas resumen, efectivamente, lo que era el alma del pop en pleno apogeo de este tipo de música, pero sobre todo su estilo inconfundible de bailar y de moverse eran encandilantes. El mismo Gene Kelly se quitó el sombrero ante él y le llamó por teléfono para felicitarle en cierta ocasión. Más tarde, y con motivo de estar Kelly ingresado en el hospital, Jackson le envió los zapatos con que el actor había actuado en “Cantando bajo la lluvia” bañados en bronce y una nota que decía: “eres el mejor bailarín del mundo”.

Así pues, ante todo hay que recordar a Michael Jackson como lo que fue: la cumbre de la música pop, un asombroso intérprete y bailarín, y una figura pública que lo supo ser hasta la médula. Él, al menos, era famoso por algo. Muchos deberían tomar nota.

La “ética” de este Gobierno

Mayo 28th, 2009 by miramamolin

Podrá sonar como que ya nos habíamos percatado a estas alturas de la película; pero, por si ello no fuera así, hace unos días, la vicepresidenta vino a recordarnos directamente con sus propias palabras que la discusión sobre lo que es ético y moral es un tema que a ellos, como gobierno, no les compete. No pudo haberlo dicho más claro, sin rodeos ni eufemismos, con motivo de la defensa que hace de la ley del aborto en debate.

Ahí es nada. Uno se pregunta entonces: ¿por qué sobre el aborto no, y sobre otros temas sí? Pues no hay razón para que, en otros casos, no sostengan el mismo argumento. Esta afirmación, por tanto, es susceptible de servir para cualquier otro asunto que les convenga. Lo cual necesariamente implica que, sin entrar en discusiones éticas o morales, siempre pueden y deben aplicar las leyes según provecho, bien del Estado en primera instancia, o de su propio gobierno. Que le den morcilla a quien a ellos, los que mandan, no les interese beneficiar, o les convenga perjudicar. Tener en cuenta el bien o el mal que de ello se devenga, es decir, la implicación moral, no es su problema como estadistas. Y la consecuencia es que tampoco se les puedan pedir cuentas sobre los mismos: pues, obviamente, ellos no son responsables si hay “daños colaterales”.

Así, desde el frente del Ejecutivo, podremos soltar presos, o encarcelar a discreción, por las razones que para nosotros mismos, o para el Estado, nos parezcan convenientes. Tendremos carta blanca para mandar a la policía a saquear las casas, enriquecer aún más a los ricos con objeto de que nos den trabajo cuando ya no legislemos (aunque nos vayamos de aquí con la vida arreglada), robar los bienes públicos en los museos, o cambiar la historia mediante sutiles modificaciones en los libros de texto u oportunas desapariciones de documentos o apariciones de otros “nuevos”.

Sé que algunos de los anteriores ejemplos parece un poco difícil llevarlos a cabo; pero está claro que, si ostentamos el poder público, siempre tendremos la solución de utilizar los medios a nuestro alcance para engañar y convencer a la población de que lo que se nos antoje es algo que nos interesa a todos. Y lo haremos; porque, claro, la discusión sobre utilizar dichos medios para este fin también es una cuestión ética o moral, y que, por tanto, no nos incumbe. Dispondremos, por ejemplo, de entidades de información públicas, en las que podremos despedir y contratar al personal según nos parezca para obligarle a que divulgue las noticias que nos dé la gana, versionadas según nuestros intereses. Haremos entrevistar continuamente a nuestros tres o cuatro amigos apesebrados, para que divulguen de nosotros lo espléndidos que somos, y poniendo a caer de un burro a quienes no nos secunden.

Es verdad que también hay medios de comunicación privados; pero, como poseemos el control legal del dinero, tendremos fácil comprarlos y someterlos mediante jugosas subvenciones, o, haciendo uso de nuestro dominio del poder legislativo, constriñéndolos mediante leyes que los conviertan en nuestros vasallos, reduciendo a minoritarios a quienes no entren por el aro; o, merced a algunos amigos en el poder judicial, dejando que éste actúe a nuestra conveniencia tras haber convencido a algún medio de comunicación afín de que busque por algún recoveco las cosquillas denunciatorias, aunque sean falsas (“contamina, que algo queda” ¿se acuerdan?); o, en fin, si ninguna de estas soluciones funciona, siempre nos quedará el soborno, al cual podemos incluso inventar un nombre eufemístico y proveerlo de un adecuado soporte legal para hacerlo patente y público con la falta de rubor que caracteriza a nuestra neutralidad en cuestiones ético-morales. Ya nos dice sabiamente el refrán que quien hace la ley hace la trampa, si bien que sea ley o trampa no nos incumbe por ser discusión moral. El caso será lavar el cerebro, comer el coco, de la población, para tenerla de nuestra parte. Que algo sea ético o no, no será problema nuestro mientras la mayoría esté de acuerdo en confirmarlo. Nosotros representamos los deseos de la mayoría, sean éticos o no. Por ser mayoría ya son legítimos: lo demás no viene a cuento. Ser mayoría, eso sí es lo importante… es decir, electoralismo, ganar. No importa cómo, pero ganar. Lo que está bien o lo que está mal no tiene importancia; no existe, si se gana con ello. ¿Que se pone de moda matar? Convenzamos a la mayoría de que matar es lo bueno, y declarémonos abiertamente partidarios de matar. Así ganaremos votos. Mil billones de moscas comen mierda en todo el mundo, y esto es lo que todos debemos hacer, ya que es lo que importa, que tienen razón, porque son mayoría. Adhirámonos a la moda, sin entrar en mayores discusiones.

Por supuesto, está claro que esta filosofía nos garantiza el éxito. Pero ¿no había sido inventada la ética, precisamente, para que los poderosos tuvieran un límite donde detenerse, y que no fuera esto el Estado como lobo del súbdito? ¿En qué clase de sociedad hemos venido a dar, que un político encaramado en la parra puede permitirse decir semejante cosa desde su puesto de gobierno, sin ser penalizado inmediatamente? ¿O es que de verdad creemos que vamos a tener un gobierno del que podemos fiarnos, si éste desprecia la ética?

Estulticia

Mayo 15th, 2009 by miramamolin

Uno se queda turulato frente al poder de la pertinaz memez que cualquier grupo de necios, por muy minoritario que sea, está alcanzando en la Celtiberia profunda hoy autodenominada estatal pero que es, en realidad, gubernamental y de ahí no pasa. Porque no de otra cosa puede calificarse sino de sandios, a quienes aprovechan un evento que sin España nunca habría existido, para sentir reivindicado con él su provincianismo. Pues digamos la verdad: si la organización política de la Península Ibérica fuera la que a tales mentecatos les han programado para reivindicar, ¿se habría dado alguna vez ese encuentro en medio de cuyo público se escaquearon para abuchear los símbolos nacionales? Pues no. Los catalanes, seguramente habrían jugado una final de su propia “copa nacional” mucho más interesante. Algo así como Granollers-Barcelona. Mientras, es indudable que los vascos estarían infinitamente más satisfechos con su Amurrio-Athletic paralelo. Partidos de un interés universal como para morirse de la afición por ver en qué acaban, vamos. Sin querer rebajar la profesionalidad del Granollers ni del Amurrio como equipos, su integridad como entidades futbolísticas, mi simpatía hacia ellos, ni el entusiasmo y el amor que sus socios les puedan profesar.

En cambio, ciertos elementos aprovechan su presencia ante un Athletic-Barcelona para alborotar, los muy listos, contra las instituciones que lo hacen posible. Caso que delata de ellos una inteligencia sin par en el universo universal. Sólo es un indicio más de la comedura de tarro fanatizante a que están siendo sometidos ciertos sectores de este país. Para que luego digan que no está ocurriendo esto. ¿Quién les ha enseñado a pensar? O a lo mejor es que no les gustaban los equipos que se habían ido a enfrentar en la “Catedral”. En cuyo caso, otra vez tontos por haberse gastado el dinero en la entrada, que tan barata no era, creo yo.

Pero lo que más pie da a la reflexión de todo ello, es cómo ese rebañuelo que copó un cierto número de localidades a costa de otra gente que de verdad hubiera ido a disfrutar con lo que había que hacerlo allí, consiguió con su lerda y mediocre actitud la destitución de una  persona que formaba parte de una institución pública. Lo cual viene, una vez más, a corroborar cómo, ahora mismo, estas entidades bailan al son que les marca el tantán de las minorías, por muy lerda y mediocremente que éstas obren. Así es como, igual que tentetiesos, vamos hoy para acá y mañana para allá, arrastrados todos según nos sopla el viento cual borrachos lo hacen de su frasco.

No sé cuándo me verán a mí de espectador en un estadio de fútbol; pero desde luego que, o cambian mucho las cosas, o según mis prioridades no será en un Granollers-Barcelona o en un Amurrio-Athletic, por mucho que seguramente por la tele sí los viera. Aunque nunca se sabe. Si invitan…

Protección social

Mayo 5th, 2009 by miramamolin

Algunos partidos, especialmente cuando gobiernan, se entregan por principio a promocionar y poner en práctica las disposiciones que se supone les van a dar mayor propaganda. Se trata de medidas que suelen distinguirse por su espectacularidad visual, pero que carecen de fondo o que incluso son realmente perjudiciales. Un ejemplo sería el muy socorrido de provocar un presunto escándalo entre el fondo electoral que consideran perdido, atizarlo mediante acción de la prensa afín, e hinchar, ridiculizándolo, el histerismo de las reacciones contrarias. Ésta es una treta muy utilizada cuando al partido que la pone en práctica le va mal en el gobierno, pues de este modo la atención se distrae hacia la oposición mientras, hasta cierto punto, se oculta la mala actuación propia.

Otro truco consiste en victimizar a alguna minoría que se considere afín para, inmediatamente, favorecerla con alguna medida extraordinaria a costa de todos. Así, quien se dé cuenta de la jugada y pretenda ir en contra de la medida, verá automáticamente ahogada su voz en medio de la masa simpatizante del grupo implicado, mientras es automáticamente anatemizado como monstruo antisocial por ir en contra “del deseo de la mayoría” y de “ayudar a los que más lo necesitan”. Este hecho deja de manifiesto hasta qué punto trae al pairo a partidos como ése en el que los lectores están pensando, lo que opinen los grupos sociales cuyo voto creen que nunca van a obtener. Los derechos de éstos pueden vulnerarse dictatorialmente si es preciso, con tal de recabar el aplauso de las minorías presuntamente anexionables cuya voluntad se pretende conquistar o incluso comprar.

También es socorrido adoptar resoluciones caracterizadas por el populismo, definido éste como una búsqueda entre el electorado mentalmente más perezoso, al que suponen mayoría, de conquistar una simpatía personal que supere la capacidad de los votantes para discernir si la medida es conveniente o no. Se trata literalmente de comprar el voto. Un ejemplo de este tipo de medidas lo daría un líder político que prometiese un millón de euros para cada español: sin duda ganaría las elecciones, pero ¿cómo quedaría el Estado a cambio? Pensémoslo: en principio sería posible. Cuarenta y cinco millones de euros tampoco es tanto hablando en términos nacionales…

Sin embargo, y a pesar del dispendio en este tipo de medidas periféricas populistas o populacheras, existen muchos temas de fondo más discretos, aunque más importantes sin comparación, que por deber tenían que haber sido resueltos hace tiempo por los gobiernos, pero a los que éstos no se han atrevido o no les ha interesado hacerlo. Y es de justicia decir que el partido que más años, y con mucho, ha gobernado en España durante el tiempo de esta democracia, es el que más ha avanzado en toda la serie de pequeñas medidas secundarias baladíes a las que me he referido más arriba, incluso en ocasiones impositivas para quienes no comulgan con él; pero tal vez el que menos se ha preocupado por emprender la dirección de la conquista de los otros verdaderos retos, los que realmente nos habrían convertido en una sociedad de mayor bienestar, más justa, e incluso, aunque el susodicho partido lo niegue, más protectora hacia aquellos más débiles para hacer escuchar su voz.

Para exponerlo ante quien no lo crea, presentaré aquí unas pocas de estas medidas, que tenían que haber sido adoptadas en común por todos los gobiernos europeos hace tiempo, pero lo cual no ha ocurrido, y son buena parte de las razones por las que estamos sufriendo especialmente los ciudadanos las consecuencias de esta crisis:

1.       Supresión de la eliminación automática e involuntaria del desempleado de las listas del paro, excepto en el caso de que se rechace un empleo, rechazo que debería ser declarado ilícito con las debidas salvedades. El presente borrado gratuito vigente en España, tiene todos los visos de ser ilegal e incluso inconstitucional. Por un lado, supone una trampa para que el gobierno de turno se apunte menos parados de los reales aprovechándose de aquéllos que se hayan cansado u olvidado de renovar su situación en la fecha precisa; por otro, resulta en un abandono del ciudadano a una situación ilegal imputable a quien tiene el deber de ampararle, que es el propio Estado, lo cual sin duda debería conllevar punición para éste, y así ocurrirá cuando de verdad el Estado sirva para proteger a alguien que no sea quien se ha instalado en él según los parámetros de privilegio establecidos por los afortunados que se encaraman en él a costa de todos.

2.       Unificación del subsidio de desempleo en toda la Europa comunitaria. El tiempo de trabajo realizado dentro de cualquier país de la Comunidad Europea debería ser directamente sumado a un fondo común. Resulta un grave atraso que cada país tenga su legislación al respecto, y que, cada vez que se trabaja con un contrato en un país de la Unión, al cabo del año se pierda el subsidio en el que se había estado empleado anteriormente. Esto supone que, si un obrero podía cobrar tres años de desempleo en España, por ejemplo, tras lo cual se va a trabajar a Portugal durante un año y pierde este empleo, tendrá derecho solamente a tres meses en su segundo país de empleo, habiendo perdido los tres años que tenía acumulados. Me parece grave.

3.       Es más: en toda la Comunidad debería tenderse a la posibilidad del paro indefinido, con un órgano estatal especialmente dedicado a buscar empleo y a ofrecerlo a los desempleados, según el modelo danés.

4.       Parecería muy conveniente considerar la administración de una renta mínima, tal y como ciertas plataformas piden. Ésta sí que sería una medida verdaderamente valiente y social, en la que ningún gobierno que presume de tal se ha metido hasta ahora. Tal vez la única que se tomara, comparable en efectos sociales a la abolición del Servicio Militar obligatorio. Que recordemos por dónde vino.

Ítaca

Abril 17th, 2009 by miramamolin

“Cuando inicies tu viaje hacia Ítaca…”

He oído el principio de este hermoso poema de Constantino Kavafis (1863-1933) en un anuncio de televisión.

 Lo leí por primera vez cuando era un niño, en un libro de texto de la extinta E. G. B. La propaganda moderna es una de las mayores fuentes de vulgarización de los pilares más importantes de la cultura universal, especialmente de la música, aunque a veces también de otras artes, como la pintura, la arquitectura o la literatura, como en este ejemplo. Se da el caso de que mucha gente que, por ignorancia, “desprecia” la música “clásica”, conoce y disfruta sin saberlo algunas obras de Beethoven, de Mozart, de Brahms, de Vivaldi, de Schubert, Schumann, Liszt o Bach, gracias a la propaganda televisiva.

Kavafis fue el poeta más importante del modernismo griego. Nació y murió en Alejandría, lo cual le ocurrió casualmente un día en tal fecha como el otro. Aquí os pongo mi versión completa de su poema más universal y famoso. 

Cuando en tu viaje partas hacia Ítaca
ansía recorrer un largo itinerario,
en experiencias rico, y rico en sensaciones.
Ni a los Cíclopes, tampoco a Lestrigones,
ni temas al airado Poseidón:
no hallarás en tu ruta a tales seres,
si elevado sostienes tu ideal, si de selecta
emoción empapas tu hálito y tu cuerpo.
Ni a los Cíclopes, tampoco a Lestrigones,
ni al feroz Poseidón encontrarás,
si no son pasajeros de tu alma,
si tu espíritu ante ti no los eleva.
Desea que el camino sea largo.
Que tengas abundantes mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánto regocijo,
entres en puertos nunca vistos: párate
en mercados fenicios,
y adquiere las preciosas mercancías,
ébanos y ámbares, marfiles y corales,
y variados perfumes voluptuosos,
perfumes voluptuosos cuanto copiosos puedas;
a ciudades Egipcias numerosas, camina
para adquirir sin fin de sabios enseñanzas.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Pues acabar en ella es tu destino.
Mas no apures por ello en nada tu viaje.
Pues es mejor que dure muchos años:
y, viejo ya, fondees en la isla,
rico con tus ganancias del camino,
sin aguardar que rico te haga Ítaca.
Ítaca ya te dio el bello viaje.
Sin ella nunca habrías ido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, nunca te engañó Ítaca.
Tan sabio habrás llegado a ser, con experiencia tanta,
que habrás ya comprendido qué es lo que significan

                                                                      las Ítacas

Teorías sobre la enseñanza de Lenguas Extranjeras

Abril 10th, 2009 by miramamolin

Aprender una lengua extranjera y adquirir la materna son dos procesos muy distintos. El segundo se produce como un acto reflejo, mientras que el primero supone una asimilación deliberadamente forzada, de la gramática y las reglas en que se funda el idioma. En este caso, podríamos tratar de olvidar deliberadamente nuestro primer idioma para acoger el segundo como si partiésemos de cero, pero incluso ni así sería lo mismo una adquisición que la otra, pues la propia permanente y forzada ignorancia de las comparaciones entre lengua sabida y lengua en proceso de adquisición ya condicionaría éste de un modo u otro, certificando curiosamente el principio de incertidumbre de Heisenberg: nuestro voluntario olvido de las normas gramaticales sabidas no constituye condición idéntica a la ignorancia de éstas por parte de una mente virgen, con lo que quedaría modificado el proceso de aprendizaje por sí mismo, en una situación con respecto a la otra. No obstante la aparente obviedad de todas estas observaciones, el aprendizaje de segundas lenguas siempre ha tendido a seguir como modelo la adquisición de las maternas.

En sociedades tan antiguas como la de los egipcios, los hindúes o los chinos, su enseñanza iba también ligada a la de la religión, dejándose a cargo de los sacerdotes. El Talmud instaba a los judíos a que, entre otras materias, instruyeran a sus hijos en las lenguas extranjeras. Platón, Aristóteles y los estoicos estudiaron la estructura del lenguaje como parte de la dialéctica, de forma que el influjo de los griegos y latinos ha llegado hasta hoy, y todavía en el siglo XIX el análisis de la gramática y retórica del latín clásico era el modelo de enseñanza de idiomas imitado.

En el siglo XVI, el francés Montaigne describió su propia experiencia como estudiante de latín en la infancia. Luego, el teólogo Jan Amos Komensky (1592 – 1670), llamado Comenius, teorizó desde la maldición bíblica de Babel. Consideraba como el estado natural de la humanidad la posesión de una sola lengua universal, cuya pérdida había constituido una caída de orden espiritual. Tras partir de ahí, llegó a la distinción entre lengua materna, adquirida por una persona en el hogar donde la recibe desde su nacimiento; segundo idioma, aprendido por necesidad física de comunicarse con el que denominaba “el vecino”; e idiomas extranjeros o terceras lenguas, las adquiridas en el colegio como fondo cultural o como ejercicio para cultivar y educar la mente.

La escuela de Montaigne se prolongó hasta internarse en el siglo XIX, con especialistas como sus compatriotas C. Marcel y F. Gouin, o el inglés Prendergast. Los dos últimos fueron, seguramente, los primeros en registrar observaciones sobre el habla de los niños. En 1880, Gouin publicó L’art d’enseigner et d’etudier les langues, considerado como uno de los testimonios más sugestivos jamás editados sobre el aprendizaje de los idiomas. Pero fracasó en sus fines: hacia esa época, pedagogos y lingüistas ya comenzaban a ponerse de acuerdo para llegar a teorías comunes. En las primeras décadas del siglo XX, estudiosos como Jean Piaget y Lev S. Vygotsky estimularon el avance en la ciencia cognitiva y la psicología educacional; y, en los años 60 y 70, influyeron drásticamente sobre las teorías pedagógicas. Mientras tanto, éstas se han ido agrupando en torno a tres puntos de vista principales:

          ·   el conductismo, que enfatiza el papel del ambiente en el proceso del aprendizaje de las lenguas, afirmando que su adquisición responde a estímulos;

          ·   el mentalismo, que da prioridad a las características innatas del aprendiz, desde una aproximación cognitiva y psicológica;

          ·   las teorías que reivindican conceptos puntuales; como la de la interacción con el hablante nativo, o la de la asimilación comprensible.

Gran parte de la terminología utilizada por los profesores de idiomas, ha surgido de esta revolución teórica. Así, durante la década de 1950, Noam Chomsky aplicó el estructuralismo lingüístico al conductismo, propugnando el generativismo, corriente según la cual el lenguaje es creativo (no memorístico) y reglado (no basado en el hábito). Para Chomsky (1965), competencia es la representación mental de las reglas lingüísticas que el hablante – oyente asimila internamente, mientras que la interpretación consiste en la estructuración y producción del idioma; y ambos son vocablos que ahora mismo maneja cualquier docente.

Hoy se admite generalmente que el aprendizaje de un idioma se produce de manera individual, única para cada persona, como resultado de la especial utilización permanente de estrategias que capacitan el procesamiento de la información recibida por el alumno. Los estudios sobre el aprendizaje así de la primera como de la segunda lengua, se interesan por cómo se desarrolla la competencia. Consecuentemente, ya que la adquisición del segundo idioma se centra en la interpretación, no tenemos pruebas científicas de lo que ocurre en la mente del aprendiz durante el proceso, lo cual constituye el principal punto débil en la investigación sobre el aprendizaje de segundas lenguas. Ya que se discrepa sobre cómo se produce este último, proliferan las teorías. Por ejemplo:

         ·   La hipótesis universal, que establece que la adquisición de una segunda lengua viene determinada por ciertos universales lingüísticos. Se basa en el supuesto, también admitido por Chomsky, de que existe una “gramática universal” innata que encierra toda cuanta idea lingüística pueda brotar en la mente del aprendiz.

         ·   la teoría del discurso, propuesta por Halliday (1975), según la cual, tras estudiar cómo se adquiere la primera lengua, se observa una ruta “natural” para el aprendizaje sintáctico. Así, un idioma se llega a poseer participando en la comunicación con quienes lo hablan, de forma que el aprendiz vaya descubriendo por sí mismo todo el potencial semántico de la nueva lengua.

         ·   La teoría de la acomodación, derivada de los estudios de Giles, sostiene que el verdadero aprendizaje del idioma sobreviene una vez que, inmerso en comunidades multiculturales, el aprendiz se haya acostumbrado a modificar su conducta lingüística de acuerdo con los diferentes grupos, ya sea para acercarse a su interlocutor o para alejarse de él, reflejando las actitudes sociales y psicológicas en la comunicación interétnica.

         ·   El modelo de competencia variable, propuesto por Ellis (1984). Un idioma se aprende como reflejo de la forma en que se use. En ésta se diferencia el discurso improvisado y espontáneo del discurso preparado o preconcebido, que exige pensamiento consciente y da prioridad a la expresión. El proceso de utilización del lenguaje se entiende en términos de conocimiento lingüístico y capacidad para hacer uso de él (reglas y procedimientos).

         ·   El modelo del monitor, de Krashen, emite cinco hipótesis principales: 1) distinción entre adquisición y aprendizaje como recepción inconsciente y deliberada de un idioma, respectivamente; 2) las estructuras gramaticales se adquieren según un orden predecible; 3) monitor es el mecanismo por el que el aprendiz, consciente de que habla determinado idioma, busca en éste las expresiones y palabras mientras no le salen mecánicamente, de modo que adquiere por él la impronta de su propia interpretación del idioma; 4) la adquisición se produce un poco por debajo del nivel de competencia del discente, como consecuencia de la cantidad de información externa que éste asimila en cada momento; 5) un filtro afectivo controla con cuánta de esa información entrante se pone en contacto el alumno, y cuánta resulta aprehendida. Lo afectivo se refiere a factores como la motivación, autoestima, estado anímico o nervioso, etc.

         ·   El modelo de la aculturación, o “proceso de adaptarse a una cultura nueva” (Ellis, 1985). Lo más importante parece ser la identificación con la cultura del idioma objetivo, a la hora de aprender éste.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la continua sucesión de teorías llegó incluso a sujetarse a modas, que intervinieron poderosamente en los métodos de enseñanza. Así, cualquier lector posible podrá sentirse mayoritariamente identificado con alguno de los sistemas siguientes, según la época en que haya estudiado idiomas:

         ·   El método de traducción: el profesor explica las reglas gramaticales en español con enumeraciones de usos, los alumnos se sientan en filas y no se miran, nunca se habla en clase en la lengua estudiada, se memorizan listas de vocabulario bilingüe y de los paradigmas de los verbos, se hacen muchos ejercicios de cubrir huecos y sustituir palabras, redacciones, dictados y corrección; se leen y traducen textos principalmente literarios o muy elaborados y se responden preguntas sobre los mismos, se estudian otras materias como la literatura, historia y geografía de los países donde se habla la lengua, se evalúa a través de una prueba escrita que reproduce todas las técnicas empleadas, y todo error se corrige y se sanciona.

         ·   El método directo o de Berlitz: se leen textos sencillos desde el principio, sin ayuda del diccionario, a veces entre todos; el profesor explica las palabras por medio de definiciones o perífrasis, evita enseñar explícitamente la gramática, hace uso de muchos objetos reales mostrando físicamente las referencias del vocabulario que enseña, se simulan situaciones de la vida cotidiana y pregunta individualmente acerca del contexto circundante, obligando a dar respuestas completas y prohibiendo usar la lengua nativa en clase; se corrige inmediatamente la pronunciación y las correcciones se extienden a todo el grupo. Las pruebas de evaluación son orales y escritas.

         ·   El método audio-oral, típico de los años 70: se estudia en laboratorios o aulas equipadas con material audiovisual; casi nunca se escribe y no se puede traducir, se escuchan diálogos en clase y se escenifican, repitiendo también constantemente las frases oídas del magnetófono. Los juegos son corrientes para estudiar el vocabulario. El profesor plantea a los alumnos, uno por uno, baterías de preguntas sobre los diálogos, entrega copias de los mismos que obliga a memorizar, modificando algunas cosas y dejando huecos para que se rellenen. Apenas se estudia gramática y sólo se explicitan algunas reglas escogidas estratégicamente.

         ·   El método conductista, en boga durante los últimos años. Al principio de cada lección, se lee o escucha un texto o diálogo de apariencia realista. Tiende a hablarse en la lengua aprendida, pero no se evita la materna a toda costa. El trabajo se reparte por igual entre escritura, lectura, audición y habla, enfatizando ésta y entrenándose en todas, dando poca importancia al error, que se considera parte del aprendizaje. Suele trabajarse en parejas y pequeños grupos, aunque el profesor también se dirige a todos. Lleva a clase todo tipo de objetos: regletas, fotografías, películas, canciones, tarjetas de colores, etc. Las actividades parten de medios impresos o audiovisuales sobre los que se ha de resolver algún planteamiento. Se juega mucho y a veces se simulan situaciones reales con juegos de roles, debates, etc. En determinados momentos, se explica gramática y se hacen ejercicios, que se llevan como tarea para casa. Se concede gran importancia al comportamiento sociocultural de los hablantes de la lengua estudiada: costumbres, visión del mundo, etc.

Por diversas razones, no ha sido habitual el empleo de ninguno de estos métodos en estado puro. A estas alturas, y no resuelto el problema a satisfacción de todos los teóricos, se ha establecido entre los docentes una división práctica del proceso pedagógico en tres fases, con objeto de favorecer una uniformización de los ejercicios que haga posible evaluar los resultados:

         ·   Un primer nivel, que concierne principalmente a la comprensión y articulación correcta de diferentes unidades, que van desde fonemas hasta oraciones completas sencillas. Se busca que el neófito repita las frases extranjeras ya entendidas, aunque esta comprensión no tenga por qué ir más allá de lo rudimentario.

         ·   Un segundo nivel, que consiste en hacer que el alumno sustituya y reagrupe palabras trabajando con paradigmas. De esta manera se mejora la comprensión del sentido y la función, al tiempo que se conquista la forma. El ejercicio tipo de esta fase es el de sustitución de partes de la frase por otras morfosintácticamente equivalentes, aplicando los mecanismos correctos.

         ·   Un tercer nivel, dirigido a estimular al estudiante para que utilice espontánea, a la vez que correctamente, las estructuras adquiridas. El modelo de ejercicio básico es la pregunta con respuesta abierta, para la que el alumno se vea obligado a desarrollar el esquema, el vocabulario y la estrategia adecuados.

Como ilustración para lo que han supuesto los continuos cambios en los métodos de la enseñanza de idiomas, finalizaré reflexionando acerca de un desalentador fragmento extraído de Psicolingüística y enseñanza de idiomas extranjeros, publicado en 1969 por el prestigioso doctor Juan Estarellas, profesor de
la Universidad Atlántica de Florida:

En 1933, Bloomfield escribió la siguiente crítica: “Todo el trabajo que se ha dedicado en escuelas secundarias y en colegios superiores a los estudios de los idiomas extranjeros ha sido una aterradora pérdida de esfuerzos; ni un uno por ciento de los alumnos aprende a hablar y a entender, ni incluso a leer una lengua extranjera”; seguía una crítica de la enseñanza de idiomas extranjeros en aquellos momentos. La misma crítica que se hizo en 1933 podría hacerse en 1968, a pesar del enfoque audio-oral. Los enfoques educacionales pueden haber cambiado, pero los resultados parecen ser muy semejantes. La enseñanza de los idiomas extranjeros está aún plagada de muchas suposiciones falsas […]. La lingüística, especialmente la aplicada, ha ayudado a eliminar los mitos tradicionales, pero los ha reemplazado por otros nuevos.

Sean cuales sean las teorías sobre el aprendizaje y los métodos de enseñanza, lo único que parece demostrado es que la adquisición de idiomas extranjeros sigue exigiendo paciencia y fuerza de voluntad. De momento, el único acierto casi seguro que podemos reconocer al método conductista es su apuesta por plantear la discencia de un modo más atractivo a los alumnos, aunque, inevitablemente, sólo de modo parcial. Es fácil, aún así, que cunda el desánimo: durante los primeros estadios del aprendizaje, hay períodos de silencio, en los que el estudiante parece no progresar. Sin embargo, tal mutismo no puede ser considerado como una ausencia de asimilación de conocimientos. Muchas veces, enmascara una actividad intensa, invisible por el momento. Un poco más adelante, esta actividad permitirá una expresión de lo que refleja la representación interna, construída por el nuevo sistema lingüístico durante tales períodos.

Zapatero y la Crisis (Soneto)

Abril 3rd, 2009 by miramamolin

Zapirón el felino, a Zapatero
atroz lanzó un veloz zarpazo al brazo.
Retrocedió Rodríguez: -“¡Qué arañazo!
¡Ya me empieza a encender su escozor fiero!”

Y alzó feroz, cual coz, la voz, sincero:
-“¡Si le acierto, le zumbo un cimbronazo!
¡Si lo alcanzo, destrozo su espinazo…!
Cierto es que, al cien por cien, no soy certero…”

Cual ni apuntando diste al gato alcance,
amigo Presidente, tan gran crisis
más rápida que tú creció en su avance.

Y a los Bancos adoras que ni a Isis,
sin repetir razón que más te pirre
que “es cosa de Rajoy o de la Aguirre”.

¿Es la Gramática Universal una entelequia? (III)

Marzo 23rd, 2009 by miramamolin

Complejidad en lo simple

De todo lo dicho hasta ahora, deducimos que un concepto es la idea perdurable que nosotros nos hacemos, de lo que fue la acción temporal de infinitas sensaciones. Esto es consecuencia, y a la vez antecedente, de que un concepto sea siempre compuesto. Un concepto es siempre descomponible en otros conceptos, cada uno de los cuales es, a su vez, desarticulable en otros, y así sucesivamente hasta el infinito. Por ello, la definición de un mismo concepto dada en términos de la huella dejada por una experiencia sensorial puede adquirir infinitas formas. Y esto quiere decir también que las sensaciones que nos llegan a través de los sentidos tampoco pueden ser nunca simples. La sensación puramente simple no existe, ya desde el momento en que somos capaces de diferenciar cada una porque existen las otras. Esto es observable en casos como el de un lector de Braille que interpreta cada sola letra como un conjunto de puntos colocados en diferentes posiciones, siempre distintas. Ni siquiera es simple un concepto tan aparentemente sencillo como el de una letra, unidad formada por varias y variadas formas, colores o situación espacial o temporal.

El truco del diccionario, o el cuento de nunca acabar

Hay una curiosa implicación de todo esto que resulta particularmente interesante para mis fines. Cuando, entendidos los conceptos de la forma propuesta, como cooperación interactiva de otros conceptos, los desmenuzamos en estos segundos y repetimos el proceso indefinidamente, siempre hay un punto en que alcanzamos nociones finales que nos remiten directamente a experiencias sensoriales, so pena de tener que reiniciar el círculo hasta regresar indefinidamente al mismo punto. Incluso, dentro de ese mismo circuito sin fin podemos apreciar palabras que representan con más pureza conceptos directamente recabados de los sentidos, que otras. Es fácil comprobarlo, incluso con cualquier vocablo que tenga un significado asumido como abstracto. Durante el proceso, debemos procurar no recurrir a sinónimos, porque en este caso nos quedaremos atascados en el mismo nivel de abstracción. Éste es el truco habitual, por ser al que los diccionarios nos han acostumbrado. Por ejemplo, la palabra “adición” se puede sustituir por “suma”, lo cual no nos dice nada si carecemos del concepto al que ambas palabras nos remiten, que es realmente análogo para las dos: no nos habremos movido del punto inicial. Solución comparable, y muy empleada a pesar de denostada, es la de utilizar la misma palabra definida en su propia definición, como en el ejemplo del diccionario de la RAE al explicar la preposición “a” con la acepción “indica dirección a dónde”. Para entender una palabra, es necesario haber adquirido el concepto al cual representa, bien directamente desde los sentidos, bien por habernos sido expresado por medio de la acción de otras palabras cuyas nociones ya habíamos adquirido de antemano. Será imposible conocer una noción por medio de palabras cuyos conceptos comportados desconozcamos.

Y así, en el caso que presentábamos, por muy abstracto que nos parezca el concepto, para entender realmente lo que es la adición… ¡en principio hay que haberlo percibido físicamente de algún modo! Si no queremos o no podemos verlo como conjunto de sensaciones inmediatas, con “adición” tenemos la posibilidad de remitirnos a otros conceptos, como porción, materia e incremento o a cualquier combinación de ellos para la que tengamos palabra. A su vez, “porción” nos remite a unidad y materia, ésta a espacio y falta (en realidad, la materia es un lugar –también definible en términos espaciales- donde falta el espacio: ambos, espacio y materia, se definen por exclusión uno del otro), en tanto que incremento nos remite al propio espacio y al tiempo (supone cantidad diferente de impulsos sensoriales en un momento con respecto a la recibida en el anterior). Todos, conceptos cuya relación con la experiencia de los sentidos es demostrable y ya he comentado anteriormente. Podemos comprobar que, al hacer este tipo de desintegraciones, como he dicho hay que desechar del proceso aquellos conceptos que no nos ayuden a progresar (tal el citado de “suma” en el caso de “adición”), pero que, siempre que persistamos en continuar con nociones nombrables por palabras sin abandonar éstas para apearnos a la experiencia sensorial a que remiten, ello nos llevará continuamente a un círculo vicioso de soluciones, tan finitas en número, cuando más numerosas, como el de vocablos designativos de las sensaciones que históricamente hemos tenido necesidad de expresar.

Un modo de experimentar con esto último para comprobarlo, es tratando de definir algún término como “adición” por medio de otros que representen nociones de cuya composición se ausente la de suma. Por ejemplo, hacerlo como: “la transformación en uno de una cantidad de conjuntos existentes diferente de uno, logrando que todos los elementos permanezcan inalterados tras el cambio”. Entonces nos veríamos obligados a descomponer de nuevo todos y cada uno de los términos de esta definición en otros que, del mismo modo, indicasen conceptos, y así hasta llegar de nuevo a palabras denominadoras de conceptos obtenidos por medio de vivencias proporcionadas por los sentidos. Al final, lo mismo: veríamos que expresiones como “conjunto” se pueden reducir a otras como “juntar uno, y otro, y otro, y así en un número dado”, que “juntar” puede ser redefinido en términos de suma o que es concepto que hay que haber experimentado sensorialmente para entenderlo. Igualmente, pueden someterse al mismo proceso la noción contenida en la conjunción “y”, junto con todas las demás implicadas en la propia definición. En resumen, que los conceptos sólo pueden ser conocidos si se experimentan sensorialmente o si, al final, nos llevan a sumas de otros conceptos devenidos de la experiencia sensorial, que las palabras incluso son realidades sensoriales por sí mismas que se pueden representar unas a otras además de a otras realidades sensoriales diferentes de ellas, y que esa realidad sensorial de las propias palabras se comprueba porque se pueden leer, oír escritas, tocar en Braille, ver en gestos (como los de los sordomudos), etc: “nil est in intellectu nisi prius fuerit in sensu”.

Así pues, al final del concepto abstracto de “adición” se encuentra la capacidad de nuestro cerebro para detectar la presencia o ausencia de la energía que le llega a través de los nervios, presencia o ausencia que, en ciertas condiciones, interpreta como las porciones limitadas de lo que conocemos por “materia”. A su vez, esta materia o energía se organiza discontinuamente, discontinuidad que también detectamos sensorialmente por ausencia y presencia, originándose en la frecuencia de presencias el concepto de lo que conocemos como “número”. Las palabras, pues, se inventan para poder referirse a conceptos, y tras éstos están las sensaciones, que nos vienen dadas desde el mundo físico. En orden creciente: la realidad nos produce sensaciones, éstas conceptos, y a éstos les atribuimos palabras, ya inventadas por nosotros pero creadas mediante alfabetos, que son realidades sensibles elaboradas con materiales también sensibles, como el sonido, el tacto, la luz, etc. Luego, si la gramática es un conjunto de reglas necesarias para que las palabras conformen un lenguaje, ya que pretendemos que éste transmita la concepción que nosotros tenemos de la realidad, nos vemos obligados a reflejar en tal gramática la organización de la propia realidad según el concepto que de ésta se haga nuestra mente de acuerdo con las sensaciones que le llegan desde los sentidos y deseemos expresar.

La obviedad del lenguaje gramatical

Por ello, de momento no estamos seguros de si la gramática es universal, pero, visto que el lenguaje es comprensible por y para todos, lo que sabemos positivamente es que las sensaciones que nos llegan de la realidad física sí son universales, o que al menos la experiencia nos garantiza que podemos ponernos de acuerdo en su universalidad con suficiente precisión como para darnos confianza en esperar de ellas los mismos resultados si todos observamos la misma conducta frente a dichas sensaciones. Siendo, pues, cuestión de experiencia positiva, está claro que no es que necesariamente lo universal sea la gramática, sino la organización del mundo sensible, a través del cual viajan los mensajes, es decir, el lenguaje, formando parte del mismo. Chomsky, siguiendo a los cartesianos, afirma que todo ser humano nace con una capacidad innata de aprender lengua; yo añadiría: y todo lo demás. Acaso afirmar la universalidad de la gramática sea como hacerlo de la vivienda, la ropa, el armamento o incluso la comida. El ser humano ha fabricado armas desde el principio de los tiempos, pero el hecho de que todas puedan cumplir con eficiencia un mismo objetivo, ¿las convierte en la misma? ¿Pueden ser todas las comidas del mundo resumidas en una sola comida universal? ¿Nos alimentaríamos igual si lográramos extraer todos los elementos simples de la tabla periódica que constituyen nuestra comida necesaria normal, y los ingiriésemos en estado puro? ¿Sería esto una comida universal? ¿En qué se diferenciaría de un alimento universal? ¿Podemos fabricar un oso pardo con todos los elementos químicos que lo componen, juntándolos en sus justas medidas?

Por un lado, naturalmente que todos los lenguajes poseen gramática, porque si no fuera así no podrían llamarse lenguajes, pero esta afirmación no nos sitúa en una posición más avanzada con respecto a la de partida antes de haberla apuntado, ya que el ser gramatical entra en la propia definición de lenguaje. La gramática le es tan inherente como su finalidad de comunicar. Igual que una honda y una bomba atómica son armas porque se han necesitado las manos para desarrollarlas, y ambas pueden ser utilizadas para matar personas. Del mismo modo, existen lenguajes con gramáticas más primitivas y más elaboradas, pero que no por ello dejan de ser gramáticas. Ver esto como una novedad revolucionaria es como si, sabiendo todo el mundo que un planeta es un esferoide, apareciese alguien vendiéndonos como un gran descubrimiento que todo planeta, universalmente, es redondo o casi redondo. Por otro lado, atribuir universalidad a la gramática porque está en todos los lenguajes utilizados por el hombre, equivale a hacerlo de la ropa porque todas las personas que han aprendido a andar vestidas, y lo hacen ya voluntariamente o por imposición, estén obligadas, sin excepción, a llevarla. Obviamente, todos los seres que usan un lenguaje emplean una gramática en él, más simple o más compleja, pero no sé si esto podrá llamarse “universalidad” de la gramática.

Al hablar de “una serie de reglas que ayudan a los niños a adquirir su lengua materna”, suponiendo que estas reglas sean universalmente las mismas, el concepto de “Gramática Universal” parece indicar que es nuestra mente la que funciona de idéntica forma en todos los individuos, cada vez que aprendemos una lengua; al menos, la primera lengua. Por esto, según esta teoría naceríamos con una capacidad común que nos obliga a manipular los elementos que nos entran por los sentidos buscando si son gramaticales o no. Si los identificamos como tales, es que alguna cualidad hallamos en ellos que nos permite hacerlo así, lo cual nos lleva a la posibilidad de reducción a una sola abstracción, de todas las que creemos gramáticas diferentes. Por tanto, la pregunta verdadera, la interesante, y en mi opinión la que plantea la tesis chomskiana, no es si esta gramática es universal o no; sino si, reducida a sus últimos términos, la gramática que subyace a todos los lenguajes humanos es universalmente la misma; si responde, como él dice, a unos principios generales abstractos. Pero aun después, en el caso de que así fuera, habría que hacerse otras dos preguntas como consecuencia: ¿viene esta unicidad obligada por cierta peculiaridad diferencial de la constitución de la mente humana que la hace exclusiva de ésta? ¿O será el tener que reflejar siempre las mismas realidades físicas, en todos los lenguajes posibles, lo que hace a toda gramática, ya sea o no distintivamente humana, obligatoriamente reducible a un solo esquema universal que nos la hace aprendible? Si la verdad respondiese a la primera de ambas cuestiones, el lenguaje humano debería funcionar de acuerdo con unas normas nuestras, propias, y, como hecho particular nuestro, diferenciales con respecto a las de todos los demás lenguajes posibles. Esto sería una grave desventaja para nosotros, porque, al tener de partida obligatoriamente una gramática privativa, nuestras mentes no estarían capacitadas para identificar como gramática nada que se saliera del molde de la nuestra, lo cual nos impediría descubrir lenguajes ajenos. En cambio, si la respuesta verdadera fuera la afirmación de la segunda pregunta, se entiende que la mente humana estaría abierta para comprender cualquier lenguaje con que la Naturaleza nos retare, ya que también podríamos generarlo. En este caso, realmente (siempre dentro de la tesis chomskiana de que toda gramática humana sea en el fondo la misma), todas las gramáticas posibles en la naturaleza serían reducibles a una única, y no sólo la humana. Pero Chomsky se equivocaría radicalmente, ya que nuestra gramática, igual que cualquier otra, sería como es por tener que estar físicamente sujeta a la realidad sensible, independientemente de la mente humana, existiera ésta o no: todo ser capaz de poseer gramática dentro de esta misma realidad física actual, tendría que hacerlo ajustándose a los mismos rasgos últimos. Incluso, siendo las personas integrantes de esta realidad natural universal, tras un cataclismo que supusiera el cambio de ésta a otra que en nuestra situación no podemos ni imaginar, deberíamos ser capaces de asumir una gramática diferente, acorde con las nuevas leyes físicas, pero inválidas para las anteriores. En este caso, la gramática universal no sería consecuencia de una particularidad de la mente humana, sino de la constitución de la naturaleza misma.

¿Es posible una gramática universal exclusivamente humana?

El hecho es que, si Chomsky tiene razón y, por tanto, la verdad corresponde realmente a la primera de las dos preguntas del párrafo anterior, la propia tesis jamás se podría confirmar, siendo demostrablemente indecidible. Para verlo claro, comenzaremos por un pequeño resumen de lo que postula: la información externa recibida al aprender un lenguaje, se coteja con esa estructura gramatical interna innata en los seres humanos, la Gramática Universal. Mediante este acto, esa información es asociada a determinados moldes paramétricos que son los que dictarán al aprendiz la regla gramatical particular del idioma que se está intentando manejar. Luego, todo lo que no se pueda asumir como gramaticalizable según esa Gramática Universal, será rechazado al no entenderse que corresponda a lenguaje alguno, y por tanto desechado como tal.

El problema de este modelo es que, al reconocer que determinados rasgos constituyen gramática y otros no, nos declara incapacitados para registrar como lenguaje cualquier estructura fuera de las que nosotros mismos podamos identificar de acuerdo con los atributos que nuestra propia Gramática Universal nos impone como gramaticales. De este modo, nunca podremos estar seguros de si todos los lenguajes que somos capaces de distinguir como tales, son aprendibles y utilizables por coincidir con nuestros esquemas de una Gramática Universal humana, o porque existe una ley de la naturaleza en general que los obliga a ser así.

Podría aducirse que la Gramática Universal sólo es necesaria para adquirir el primer lenguaje, y que después, la posesión de éste nos capacitaría para importar a nuestra mente otras gramáticas distintas. El problema es que cada vez que quisiéramos introducir en nuestro intelecto una nueva gramática diferente no correspondiente con la G. U., no podríamos hacerlo según los parámetros de ésta (ya que serían distintas), por lo que nos veríamos obligados a independizarnos de ella y desentendernos por completo de los esquemas con que fue adquirido el primer lenguaje. Esto supondría una nueva primera vez para cada lenguaje con una gramática distinta a la universal, lo cual nos haría regresar al punto de partida: sería imposible introducirlo, al no ser la suya reconocida como gramática por las estructuras que, innatamente, nos dictan qué es tal y qué no. Personalmente, prefiero aplicar la famosa navaja de Ockham y decidir que, cuando aprendemos gramática, admitimos por tal lo que la razón nos dice que es la convención como tal porque así nos lo muestran, escogiendo de entre toda la información recibida desde el mundo exterior por las diversas vías que ya he explicado anteriormente.

Dicho de otro modo: partamos de que exista una G. U. genéticamente impuesta, común a todos los seres humanos, y que tal G. U., cada vez que se aprende la lengua, no ha sido contraída desde la realidad de nuestro ambiente externo. Supongamos que es, pues, privativa de nuestras particulares mentes, brotada de dentro con la finalidad de comprobar si la información que nos va llegando desde fuera recabada a través de los sentidos es gramaticalizable o no, y de poder usarla para crear lenguaje. Cabrían, entonces, dos posibilidades: que hubiera además seres no humanos capaces de poseer o emitir gramática, o que no los hubiera. La segunda de estas dos significaría que toda gramática posible sería la generada, disfrutada y comprendida exclusivamente por nuestra especie, por lo que no habría lugar a la existencia de ninguna otra gramática fuera de los parámetros marcados por la G. U. Ahora bien, como ya hemos visto, en este caso nunca podríamos saber si tal imposibilidad de otra gramática es cierta, o una simple ilusión insuperable inducida en nosotros como limitación impuesta por dicha G. U. al no dejarnos reconocer como gramática todo lo que no sea homologable por ella; o incluso si lo que suponemos como G. U. humana es un conjunto de leyes común a toda la Naturaleza. Por tanto, no nos llevaría muy lejos y queda eliminada. También podría alegarse que, aunque sólo el ser humano fuera capaz de generar una gramática propia, sería posible la existencia de otro ser que, no siendo capaz de hacerlo, le entendiera. Pero entonces podríamos transmitir a éste tal gramática y, por tanto, conseguir que también fuera por sí mismo capaz de ponerla en práctica… es decir, de usarla, como dice Chomsky, “creativamente”: en una palabra, de generar creativamente mediante sus reglas según utiliza un lenguaje para comunicarse. Luego, nos encontraríamos con que no habría un solo ser capaz de albergar y generar gramática propia, lo cual supondría la contradicción con la afirmación de partida.

Eliminada la segunda, examinaremos, pues, la primera posibilidad: que, existiendo la G. U., haya otros seres aparte de los humanos, capaces de poseer y manipular lenguajes mediante una gramática. En este caso, podemos hallarnos ante dos supuestos: que los lenguajes no humanos sean accesibles para nosotros, o que no lo sean. Como humanos, este segundo argumento nos sería indecidible también, por asimilarse con lo ya expuesto sobre la autolimitación que nos impone la G. U. Además, si otros lenguajes fueran inaccesibles para nosotros, igualmente no podríamos saber nunca de su existencia como tales. Sabemos que existe un lenguaje por sus efectos como transmisor de comunicación y su posibilidad de ser traducido: sin la capacidad de reconocer estas cualidades en una estructura, nunca podremos decidir que sea lenguaje, por lo que desconoceremos su existencia como tal. En cuanto al primer argumento, se presta a canalizarse una vez más a lo indecidible, o a abordarse por reducción al absurdo: fuera de todos los demás lenguajes, el humano estaría obligatoriamente generado en concordancia con la G. U. Luego, si quisiéramos interpretar como tal un lenguaje no humano, deberíamos poder entender también lenguajes no regidos por dicha G. U. De modo que, si entendiéramos éstos, y teniendo en cuenta lo dicho en el párrafo anterior, seríamos también capaces de generarlos. Así pues, los seres humanos pasaríamos a generar y entendernos mediante lenguajes subordinados a la G. U., igualmente que con otros ajenos a ésta. Lo cual se contradice con que todo lenguaje humano debiera estar engendrado por medio de la G. U. Igualmente, de la existencia de una G. U. compatible con el aprendizaje de otra gramática diferente a ella, se deducirían consecuencias tan físicamente extrañas y opuestas a la razón como que, si en un momento determinado, los seres humanos adquiriésemos un lenguaje con una de estas gramáticas y nos resultara más deseable que el nuestro original para enseñárselo a nuestros hijos, no podríamos hacerlo como primera lengua, lo cual nos llevaría a subordinar el aprendizaje de un lenguaje al de otro previo; o bien, sujetándonos a mi afirmación anterior de que los seres humanos no nacen con una capacidad especial para aprender precisamente el lenguaje, sino todo lo que, como seres humanos, podamos imaginar aprendible, sí lo adquirirían… pero entonces habría que aceptar de nuevo que la G. U. no es tal G. U.

En el supuesto chomskiano, incluso si construyéramos aparatos a los que dotásemos de la facultad de generar lenguajes, nos resultaría imposible decidir si algo producido por ellos que se saliera de los esquemas de nuestra gramática universal particular humana, es lenguaje o el producto de una construcción defectuosa. Las propias máquinas estarían diseñadas según nuestros parámetros, para crear lenguajes que lo fueran de acuerdo con nosotros, dotados exclusivamente de un modelo de gramática reducible a algo que nosotros entendiéramos por tal. Cualquier estructura diferente a éstos, acaso fuera un lenguaje, pero nunca lo podríamos saber a ciencia cierta. Luego, incluso siendo real, la tesis chomskiana sería tan indecidible como el dogma de fe de una religión. Para corroborarla, habría que ser un observador desde un punto de vista no humano. Ni siquiera resultaría científica siendo cierta; así pues, debería quedar desechada de antemano como simple supuesto.

Conclusiones momentáneas

Si se ha leído cuidadosamente lo que he dicho hasta ahora, se extraerán las siguientes conclusiones: que está claro que, si no hubiera necesidad de comunicar nada, no habría lugar a un lenguaje. Que parece obvio que cualquier lenguaje está hecho para comunicarse, y, por tanto, para que haya al menos un emisor y un receptor del contenido de los mensajes generados por él, es decir, de conceptos. Que la realidad sensible es universal, de modo que todo lenguaje destinado a transmitir nociones que la describan, se verá obligado a reflejarla de algún modo. Y que, a la vez, el lenguaje mismo es un concepto de la realidad sensible independiente de los otros ejemplos de ésta que sea posible representar e interpretar mediante él, incluido él mismo. Esto es demostrable porque el lenguaje puede utilizarse también para comunicar ficciones o mentiras, o incluso para hacerlo autorreflexionar (metalenguaje), penetrando y emitiéndose del intelecto por los sentidos por los que lo hacen todas las demás sensaciones; y que, debido a esto último, él mismo es inseparable de la propia realidad sensible que simula poder reflejar. Por esto, al entrarnos del propio entorno físico pero no ser lo mismo que denota, se ve obligado a tener completamente un valor simbólico, ya desde sus unidades más simples: el propio alfabeto es aleatorio y convencional, dice lo que quienes lo usamos queremos que diga; incluso, si lo deseáramos, podríamos atribuir un concepto a uno solo de sus símbolos, formando vocablo de por sí; y apela a los sentidos que emisor y receptor son capaces de poner en juego para emitirlo y captarlo; las palabras también son aleatorias; y, por tanto, la propia gramática forma parte de una estructura comunicativa que sólo tiene razón de ser si existen un mínimo de dos seres capaces de ponerse de acuerdo en atribuir cierto valor a sus unidades y agrupaciones para transmitirse información mediante él, por lo que tiene que ser también convencional. Aún queda en el aire si el hecho de ser convencional obliga a la gramática a ser aleatoria. Pero, si no fuera esto segundo, ¿podría ser lo primero? Y, a la vez: ¿podría ser aleatoria una Gramática Universal?

El “extraño” caso de los Al-Sayyid

Hacer coincidir determinada sensación auditiva con cualquier otra sensible: visual, táctil, olfativa, etc., es convencional y aleatorio. Cualquiera que sea tan incrédulo como para no aceptar una premisa tan simple y obvia, sólo tiene que ponerse de acuerdo con otro y hacer la prueba. El alfabeto romano escribe la “a” de una forma diferente al griego, aunque ambos signos pueden representar, por convención, al mismo fonema y al mismo signo táctil. Al mismo tiempo, signos auditivos o táctiles diferentes pueden ser identificados, por convención, con la misma letra en un sistema alfabético visual. Llamo, pues, alfabeto, a un conjunto de signos convencionales que puedan encadenarse para formar palabras, sin discriminación del sentido por el que los captemos. Los alfabetos que más comúnmente utilizamos son, en este orden, los auditivos, visuales y táctiles. Esto es simplemente por una cuestión de funcionalidad: oído, vista y tacto son los sentidos que más cómodamente utilizamos, y con mayor precisión, no importa por qué. Pero nada se opondría a alfabetos gustativos u olfativos, si tuviéramos necesidad de servirnos de ellos. Incluso podríamos haber desarrollado evolutivamente más sentidos que los cinco tradicionales, y con ellos manejar diferentes alfabetos inventados ad hoc para estas supuestas cualidades sensitivas, pues, sin duda, nuestro cerebro está capacitado para ello. Si los seres humanos naciéramos sin cuerdas vocales pero atados a un piano, sin duda utilizaríamos las notas musicales como fonemas de un alfabeto auditivo, y si naciéramos sin oídos improvisaríamos hasta desarrollar por evolución cualquier posibilidad visual de nuestro físico, o de otro sentido cualquiera del que dispusiéramos, para poder comunicarnos. De hecho, lo único demostrablemente innato en nosotros, de momento, es nuestra necesidad de comunicarnos: el cómo hacerlo, parece ser lo de menos. Existen casos paradigmáticos que demuestran este hecho, como el del clan beduino Al-Sayyid, cuyos integrantes, partiendo nada más que de esa necesidad y de las posibilidades físicas que les brindaban sus cuerpos, desarrollaron su sistema de comunicación visual propio. Siendo los mismos que los hablados, pero utilizando como soporte materiales visibles en lugar de audibles, ¡pues vaya descubrimiento trascendental, que estos lenguajes utilicen las mismas estructuras complejas que los hablados! No es de extrañar que casos como éste traigan perplejos a los chomskianos, aunque no deberían parecernos raros a quienes seguimos todo el proceso de razonamiento que he expuesto hasta ahora. ¿Es que no ha sido secularmente utilizada la capacidad de cualquier sordomudo de nacimiento para aprender lenguajes basados en signos visuales como vía de transmisión sensible, igual que una persona en uso de todos sus sentidos aprende a hablar?

Con cada uno de los diferentes abecedarios se forman cadenas de letras a las que atribuimos diferentes conceptos según el orden y el número en que nos vengan dadas, y que son las palabras. Éstas, lógicamente, se transmiten y reciben sólo mediante los sentidos físicos implicados por los propios alfabetos, pero no es trascendente la idiosincrasia de esos sentidos, porque el concepto de palabra implica una organización de impulsos que al cerebro le da igual por cuál de ellos le vengan dados. Lo importante es que, si deseamos ponernos de acuerdo en aplicar un concepto estable a una palabra, tenemos que organizar determinadas letras siempre en el mismo orden y transmitirlas así. Una preposición, un sustantivo o un adverbio siguen siendo tales oigámoslos, leámoslos en Braille o en cirílico: lo importante es que la misma palabra sea siempre al oírla la misma cadena de sonidos, la misma cadena de signos visuales al leerla o de signos táctiles al tocarla. A su vez, las palabras forman otras cadenas que también es necesario organizar. La gramática independiente del sentido físico del que nos sirvamos para transmitir o recibir las palabras, ya que es el tratamiento que se da a éstas, ordenándolas y moldeándolas según lo que queramos expresar con ellas; una manera de organizarlas, en suma, para determinar qué función cumple cada una y, por analogía, qué oficio desempeña en la realidad cada uno de los objetos a los que convencionalmente representan. Consiste en repartir en categorías las palabras, y a su vez las cadenas de éstas en otras categorías nuevas, que constituirían nuevos niveles. Entonces, el propio hecho de que haya categorías lingüísticas ¿es debido al lenguaje, a nuestro cerebro, o a que realmente existen en el mundo físico, no haciendo sino representarlas convencionalmente?

El “misterio” de las categorías lingüísticas

Para contestar la pregunta anterior, habrá que responder previamente otra: ¿qué son las categorías lingüísticas? Es decir: ¿en función de qué se organizan las palabras en esos grupos llamados “categorías”? Hay vocablos a los que convencionalmente damos el significado de seres (sustantivos), de acciones (verbos), que condensan relaciones de otros actos con los seres (como quedó explicado más arriba en el caso de la preposición “a”), etc. Luego, si las categorías de palabras representan realidades de distinta naturaleza, ¿no cabría pensar que es la propia realidad física percibida por nuestros sentidos, la que ya es divisible en categorías previamente a que nosotros se las adjudiquemos a los vocablos? ¿Qué habremos hecho primero: dividir la realidad en categorías, o dar nombre a éstas? ¿Manejarlas como concepto, o como unidades lingüísticas?

¿Es la Gramática Universal una entelequia? (II)

Marzo 16th, 2009 by miramamolin

Alfabeto, lenguaje, lengua, idioma y dialecto

Cuando se habla científicamente, todas estas palabras deben aplicarse con una exactitud que pocas veces se usa cuando se emplean en el habla común. De momento, según bastará para aclarar las dudas que vayan surgiendo a lo largo de esta charla y futuras, me voy a limitar a una definición bastante tradicional de todas ellas, que el propio lector podrá ir completando por su propia cuenta según le vayan siendo sugeridas nuevas ideas.

• Alfabeto es un conjunto finito y no vacío de símbolos simples, que se pueden combinar para formar cadenas limitadas llamadas palabras, a las que se adjudica un significado convencional.Alfabeto bonito

• Lenguaje es el medio de comunicación generado por las palabras al serle aplicado a éstas un conjunto finito de reglas convencionales llamado gramática.

• Lengua es el caso especial de lenguaje utilizado por los seres humanos para comunicarse entre ellos, básicamente de forma fonética mediante el habla (lo cual no impide que pueda ser transcrita a otros tipos de símbolos no hablados, como los escritos).

• Idioma: Es la forma de lengua característica de una comunidad concreta, por ésta aceptada social y cultamente. Dicho de otro modo, es la manifestación de la lengua en un grupo humano particular, siempre que sea diferente a las de otros. Al llamarle idioma, estamos considerando un habla como instrumento lingüístico de una comunidad que ha desarrollado una cultura propia y que cuenta con un modelo ideal de lengua que todos los hablantes consideran como bueno. Así pues, podemos referirnos al “buen castellano”, “buen gallego”, “buen árabe”, “buen griego” o “buen georgiano”, aunque estos idiomas presenten por sí mismos diferentes dialectos o “variedades diatópicas” utilizadas en diferentes regiones o por determinados grupos de hablantes. Este modelo ideal de lengua consiste en un código elaborado, que es el que adoptan los hablantes más cultos y los escritores.

• Dialecto es, en cambio, un concepto genético. Se denomina así a toda lengua, respecto del idioma del cual es derivación, forma o modalidad. Por ejemplo: toda lengua es dialecto con respecto a otra de la cual procede. Así, el gallego, el castellano, el catalán, etc; son dialectos del latín. El griego moderno es un dialecto del griego clásico, con el cual tiene tantos puntos en común como la mayoría de las lenguas romances actuales con el latín. El latín mismo es un dialecto del antiguo indoeuropeo. Cuando se califica de dialecto a una lengua viva, habitualmente queremos expresar que todavía se habla el idioma del cual procede; o que éste, estando muerto, aún mantiene mayor grado de cultura e identidad en relación con los hablantes de la cultura que se expresa en tal dialecto, que éste mismo.

Aprendizaje y lenguaje

Tengo la curiosa sensación de que nuestra capacidad para adquirir lenguaje no es mayor ni menor que para hacerlo con cualquier otra habilidad que precise de ser aprendida, y que el proceso de deducción de sus reglas gramaticales desde los ejemplos que oímos para aventurarlas según el sistema de prueba-error, tampoco difiere gran cosa del que ponemos en marcha para resolver gran parte de las situaciones de nuestra vida cotidiana. De hecho, si examinamos los intentos de definición y ejemplos de Gramática Universal que nos ofrecen los chomskianos, no hallamos diferencia alguna entre lo que ellos llaman tal con lo que son los procesos de tanteo normales y corrientes que se usan para probar si cualquier teoría tiene resultado o no en la práctica.

Lo que ocurre es que, con objeto de seguir correctamente un aprendizaje, hay que partir de principios adecuados; ante todo asumir que la situación en la que experimentamos sobre nosotros mismos para poder desentrañar los principios que juegan en la adquisición de una lengua, es habitualmente la edad en que hemos adquirido los suficientes recursos intelectuales como para poder registrar nuestras reflexiones sobre nuestra propia vivencia; por tanto, que esos enjuiciamientos los hacemos ya sobre la adquisición de una segunda lengua. En tal caso, se debe descartar todo prejuicio sobre la obligatoriedad de coincidencia de sus estructuras diferenciales con las de la primera. Añádase que, para expresarnos mediante el habla, hemos de usar nuestras capacidades físicas; y, por tanto, ejercitar de éstas las necesarias en la nueva lengua que no hayamos desarrollado por no exigirlas nuestro idioma nativo (por ejemplo, la habilidad para distinguir o emitir ciertos fonemas).

La realidad es que, según vamos llegando a la edad adulta, y conforme nuestra mente se va llenando de información, precisamente es ésta la que nos surte cada vez de más centros de interés que distraen y acaparan nuestras capacidades, alienantes de los que carece un “entusiasmado” (a su manera) bebé cuya preocupación prioritaria, además de casi la única, durante todas sus horas de vigilia, es la de comunicar sus deseos y necesidades.

Importancia de la memoria

Hay que tener en cuenta que cualquiera de las posibilidades de uso que nos ofrecen nuestras facultades corporales, necesita el ejercicio de la práctica para adquirir un grado de desarrollo que le permita ser utilizada con el mínimo rendimiento exigido, lo cual en último término reduce el proceso a cuestión de simple memoria. Por ejemplo, cuando un bíceps es capaz de elevar cómodamente cincuenta kilos, es porque éste es el peso que se le ha obligado a “memorizar”: si durante cierto tiempo levantamos menos, el músculo se “olvida” y deberemos “recordárselo” para que lo vuelva a “aprender”. Este “aprendizaje” es una defensa del tejido muscular ante la posibilidad de romperse si eventualmente se sobrepasara el límite. De hecho, para aumentar su potencia es necesario aplicar repetidamente una fuerza siempre un punto mayor, a fin que se produzcan en el músculo microlesiones que el organismo se vea obligado a reparar, reforzando los arreglos con la consistencia suficiente como para poder elevar el nuevo peso sin sufrir nuevos daños. Cuando un tejido sufre un traumatismo y, después de haberse recuperado, conserva la cicatriz, ésta es el “recuerdo” de la herida, y la capacidad del tejido para conservar esa marca durante un tiempo más o menos largo es su “memoria”.

La memorización consiste, pues, en provocar una “lesión” sobre alguna estructura para que ésta conserve la “cicatriz”. Es notable también que no sólo sea cualidad exclusiva de los seres vivos, sino que se trata de una característica común, en mayor o menor grado, a todos los materiales: cuando doblamos una barra metálica y, al retirar la fuerza aplicada, el objeto permanece con la forma que le hemos obligado a adoptar, este hecho no es no es más que la manifestación de un “aprendizaje” y de una “memoria”. Una moneda, por ejemplo, es el resultado del “recuerdo” que guarda una pequeña chapa metálica tras haber sido sometida al aplastamiento dentro de un molde. Tal fenómeno físico es muy útil porque, paradigmáticamente manifestado en los sistemas de manipulación y registro de imagen, sonido e información (disco, cinta grabadora, compactos, fotografía, ordenadores, etc.) ha propiciado el eventual desarrollo de la totalidad de la moderna electrónica, y de muchas otras cosas más, aparte la evolución natural misma.

Así, el aprendizaje, al menos en su aspecto memorístico, es el proceso de producir una simple inercia que continúa la adaptación a la situación que deja de actuar, bien porque tal adaptación haya consistido en la defensa frente a un eventual daño, bien a la simple asimilación como propia, de una forma impuesta por dicha situación al material o al tejido. Dos casos que, estudiados físicamente hasta el fondo, quedan reducidos únicamente al segundo. Obviamente, por el mismo mecanismo, la memorización puede ser también negativa; es decir, por relajación en determinado estado que el órgano “sabe” o “cree” ser el límite del trabajo que se le pide desempeñar. Esto lo sabemos bien quienes hemos tenido que llevar alguna vez un miembro inmovilizado por rotura de un hueso, porque posteriormente nos hemos visto obligados a rehabilitarlo ejercitándolo para “recordarle” que existen más posturas que aquélla en que se ha anquilosado como adaptación traumática a la posición en que se le había obligado a permanecer durante largo tiempo.

Los conceptos (que a veces llamaré también nociones) son las ideas perdurables que atribuimos a las sensaciones, y constituyen, según lo anteriormente dicho, formas o “cicatrices” impresas en los circuitos cerebrales por los traumas que esas sensaciones han causado, llegadas desde los sentidos por el canal nervioso. Tales sensaciones vienen transmitidas eléctricamente a lo largo de los nervios, igual que los impulsos de una voz pronunciada sobre el micrófono del teléfono utilizan los cables hasta llegar al auricular, que los reproduce e interpreta como el habla emitida.

La memoria que los seres humanos poseemos en nuestros particulares cerebros, nos permite retener en éstos bastantes conceptos susceptibles de ser relacionados, durante el tiempo suficiente como para poder ejercer la tarea de especular con ellos vinculándolos entre sí, sin que se volatilicen de nuestras mentes. No existen conceptos tan simples que pertenezcan a una sensación única: todo concepto es siempre una suma de sensaciones, aunque el cúmulo de éstas reducidas a un solo concepto pueda entrar enteramente por un solo sentido. Los conceptos son compuestos; y, los más, complejos. Los conceptos compuestos y complejos nos permiten percibir como sensaciones únicas y simples experiencias que no lo son, sino que consisten en realidad, en combinaciones de otras sensaciones más simples o primarias, que a su vez están compuestas por otras. Por ejemplo, la sensación de “verde” es una combinación de la sensación de “azul” con “amarillo”; y éstas, a su vez, combinaciones de otras sensaciones a cuyo final está la experiencia de la luz, que es, a su vez, aquella a la que contribuye la sensación de todos los colores a la vez. Pero el verde lo interpretamos como una única sensación, que es la que nos deja como “cicatriz” duradera la noción de tal color. Incluso la luz misma es interpretada por nuestro cerebro como una única sensación, aunque sea fácil discernir que no lo es.

Conceptos compuestos

Los conceptos compuestos no tienen explicación posible fuera de la percepción directa de las sensaciones que los imprimen. Sólo podemos hablar de ellos por el nombre que convencionalmente les demos, a otras personas que también hayan experimentado las experiencias sensoriales a las cuales remiten. Además, no son reducibles a la combinación de sensaciones recibidas por más de un sentido, por ser una interacción de sensaciones que sólo nos entran por un único de éstos. Por ejemplo, el de “luz”, o el de “color”, que nadie los puede comprender como experiencia sensorial si ha carecido de vista para percibir las impresiones a que nos remiten. Se pueden definir en términos científicos, pero la sensación que imprime la luz en nuestra consciencia a través de la vista, nunca podrá ser comprendida por un ciego de nacimiento a no ser que adquiera la capacidad de ver. Un ciego nato, puede saber qué es la luz gracias a que los no ciegos que le rodean se la hayan descrito, pero su conocimiento de ella no pasará de ser puramente teórico: realmente, ignorará las verdaderas sensaciones que reporta la experiencia de la luz por los ojos. Si ninguno de los seres humanos de su entorno hubiera visto para comunicarle que existe la luz, ninguno de ellos habría sospechado la existencia de ésta hasta que algún día, como resultado de unos cálculos científicos, alguien hubiera deducido su presencia y, por tanto, acuñado alguna palabra para denominarla. Podrían incluso, las personas diseñar aparatos para detectarla; pero, aun así, habrían seguido ignorándola como experiencia sensorial subjetiva y propia. De lo cual se deduce, una vez más, que el significante existe porque hay algo a lo cual llamárselo. Un significante sin significado que atribuirle, no tiene sentido como palabra; en cambio, las cosas existen independientemente del hecho de que las conozcamos o no, de que tengamos o no palabras para designarlas.

De lo recibido por la percepción sensible, no existen conceptos propiamente simples, porque la simplicidad es relativa a la cantidad de sensaciones que necesitemos para poder interpretar la combinación de éstas como un concepto. Existen conceptos compuestos más simples que otros, pero que no dejan por eso de ser compuestos. Una sensación capaz de inducirnos un concepto demasiado simple, por sí misma sería imperceptible. Por ejemplo, un fotón o una vibración. Nuestros sensores físicos tienen un grado de sensibilidad limitado, que no nos permite apreciar sensaciones con tanta precisión. En realidad, querer simplificar demasiado un concepto, nos llevaría al caso de la pescadilla que se muerde la cola. Incluso un fotón o una vibración son, a pesar de la simpleza con que apreciaríamos su supuesta percepción, conceptos compuestos. Cada concepto, sólo lo es en función de que existen otros con los que se pueda comparar o combinar. Por ejemplo, el de color, ya que puede ser definido como una cualidad adquirida por la luz que nos llega al ojo, siendo la interacción de ella consigo misma: el verde es una mezcla de azul y amarillo. Sólo las personas que hayan tenido la percepción de la luz podrán haberla tenido de un color, y serán capaces de comprender qué pueda ser el verde sin haberlo visto nunca, sabiendo que es el intermedio entre otros dos colores que sí han visto. Claridad y oscuridad, resplandor o sombra, son conceptos compuestos de color, y también lo es la transparencia (color que no impide ver los que están tras él).

Con la vista se aprecian también otras impresiones que, siendo origen de conceptos compuestos, corresponden a partes de conceptos cuyas sensaciones no son sólo apreciables gracias a la facultad del uso de ese sentido en exclusiva. Por ejemplo, el espacio tiene parte en la vista; pero, en realidad, no lo percibimos por ésta sino como una variación entre colores y/o gradaciones de los mismos, o por la ausencia de todos ellos. Sabemos qué es y qué implica el concepto de espacio porque lo hemos aprendido mediante la experiencia previa de nuestro movimiento a través de él; es decir, mediante un órgano ajeno a nuestra facultad de ver. La vista no es suficiente (y en este caso particular, ni siquiera necesaria) para poder aprehender el concepto de espacio. La idea de éste es, pues, una suma de conceptos compuestos (por tanto, siempre inexplicables mediante palabras, aunque podríamos darles nombre por ser inducidos por sensaciones) llegados al cerebro desde múltiples sensores físicos de la información recogida en nuestro entorno.

Así, hemos de concluir que puede que los verdaderos sentidos sean más que los cinco tradicionalmente reconocidos. La sensación que, recibida desde la vista, entendemos como espacio, sólo la tenemos por tal porque, merced a una experiencia previa, hemos aprendido que podíamos movernos tridimensionalmente por el indefinido al que representa. Pero, en realidad, si careciéramos de ese aprendizaje, por nuestros ojos sólo apreciaríamos un color uniforme determinado en el caso del espacio vacío, o, en la situación real de nuestra vida diaria, una variación de colores que se entremezclan y se vuelven más definidos o indefinidos (gradan o degradan) en los puntos sobre los que enfocamos la vista o no (y que es lo que, también nuestra práctica con el movimiento nos ha enseñado a interpretar como cuáles están más cerca y cuáles más lejos). Estos puntos son los que nuestra misma experiencia nos ha dado a conocer como objetos o seres, o, al menos, parte de éstos.

Pero, sin la experiencia del movimiento, ignoraríamos el verdadero significado del espacio como vía a través de la que nos podemos desplazar, porque de hecho no sabríamos qué es mismamente desplazarse. También cabe la posibilidad de que intuyéramos esta particularidad a través del conocimiento matemático, pero esta intuición no dejaría de ser algo teórico a lo que nuestras facultades no nos darían acceso como experiencia sensorial. Sería como, con los sentidos que poseemos el común de los mortales en nuestro estado actual de evolución, hablar de todas las demás dimensiones que no sean las tres que estamos capacitados para apreciar como vivencia: una cuestión de matemáticas. Las matemáticas convierten en concepto asimilable por el cerebro, aquello que no podemos apreciar a través de los sentidos corporales de que disponemos. De aquí se deviene que, en realidad, las matemáticas nos han permitido manejar parámetros de la naturaleza que caen fuera del ámbito de los sentidos de que nos ha dotado la evolución, demostrando a la vez que nuestro cerebro está preparado también para experimentar las desconocidas sensaciones que, como vivencia sensorial, pudieran ofrecernos otros sentidos de los que carecemos. Pero es razonable que estos nuevos sentidos fueran posibles. Por ejemplo, al igual que tenemos tacto que nos avisa de la temperatura, gracias a lo cual podemos retirarnos de un objeto cuando corremos peligro de sufrir quemaduras por él, sería posible otra facultad de percepción que nos pusiera al corriente del grado de radiactividad. Desafortunadamente, ésta no la hemos desarrollado con la evolución, y no nos enteramos físicamente del incremento de radiación gamma a que estamos siendo sometidos hasta que nos percatamos de que nuestra salud ha sido perjudicada, por añadidura siendo ignorantes de cuál es la causa del daño devenido hasta que un análisis clínico nos ponga al corriente de lo sucedido. Pues, ya que nuestro cerebro entiende teóricamente qué es la radiactividad, o qué es un campo electromagnético, aventuro que no serían físicamente imposibles sentidos que nos pusieran al corriente sobre ellos, igual que otros lo hacen sobre el calor, la luz, el sonido, el olor o el sabor.

Así pues, debemos concluir que nuestra mente es apta para gestionar muchos más sentidos que los que poseemos. Pero de lo que no tenemos ningún concepto, es de cómo sería nuestra percepción subjetiva del cúmulo de sensaciones recibidas a través de los nervios que nos llegaran de esos imaginarios sentidos, cómo sentiríamos a través de ellos la radiación atómica o los campos electromagnéticos. No lo tengo yo, ni ningún otro ser humano, lo cual no quiere decir que nuestros cerebros no tengan capacidad para recibir esas sensaciones si hubiéramos evolucionado con tal sentido, y procesarlas de una forma análoga a como lo hace con cualquiera de las recibidas para dar los otros cinco conceptos citados, pero elaborándolas en otro diferente, de manera que se diferenciase y no pudiera ser confundido con ninguno de ellos. Nadie, en su uso normal de facultades, dice: “no sé si es olor, o luz”, porque ambos, olor y luz, nos son servidos de muy distinto modo por nuestros cerebros. A esto me refiero: los conceptos de olor y de luz son sólo compuestos, lo que conseguimos mediante las matemáticas, es definir en términos abstractos, sensaciones que nunca hemos sentido para poder memorizarlas como nuevos conceptos compuestos, sensaciones enteramente inapreciables a través de nuestro limitado número de sentidos. Como las matemáticas están detrás de la física, y ésta detrás de la química, son las propias matemáticas las que consiguen que desarrollemos esos conceptos nuevos, como “radiactividad”.

Conceptos complejos

Si, como especie, no dispusiéramos de movimiento y tacto, desconoceríamos la impresión de espacio y tridimensionalidad que nos proporcionan. Luego, aunque viéramos, careceríamos de la facultad de apreciar el vacío y el volumen, simplemente porque en nuestro cerebro no precisaríamos de conceptos que, a nivel evolutivo, no tendríamos necesidad de manejar. Lo que nuestro físico no puede controlar, es porque en términos de evolución no ha sido necesario desarrollarlo. Sensaciones como la de espacio son resultado de una combinación simultánea de otras muy diversas sensaciones más simples (pero, como hemos visto, compuestas) que nos llegan a través de distintas puertas, y que nuestro cerebro tiene que procesar para relacionar juntas como indicios que, para sus fines, le conviene interpretar como una única realidad unitaria. Por eso, espacio es un concepto de los que he llamado complejos.

Para aprehender un concepto complejo de la manera más completa posible, hay que estar en uso de más de un sentido o facultad; pero, en ausencia de alguno de éstos, siempre que no sea de todos, será posible entender el concepto al menos en parte suficiente como para poder manejar intelectualmente la parte que comprendemos. Por ejemplo, a alguien que hubiera nacido tetrapléjico y carente de tacto, sólo capaz de la visión, suponiendo que jamás le hubiesen movido del mismo punto desde el que miran sus ojos, le sería imposible manejar el concepto de “espacio” en el mismo grado que lo haría alguien que disponga de la posibilidad de moverse a través de él. Si una persona así fuera ciega, sólo tendría como punto de referencia el sonido que le llega por los oídos… la pregunta que aquí me hago es si sería capaz de aprender a hablar. ¿De qué sería capaz de hablar, aparte de expresar sus dolores físicos o necesidades primarias, como otro animal cualquiera puede hacer mediante quejidos? Tendría que referirse a todo sólo en función de esas sensaciones físicas. ¿Cómo hacerle entender lo que son las formas, lo que son las propias partes de su cuerpo que no siente, lo que es un libro, cualquier objeto o persona? Viviría en un mundo sólo de sonidos, la mayoría de los cuales no sabría de dónde proceden ni a qué se refieren. Personalmente, no creo ni que el propio Chomsky sea capaz de asegurar que ese ser postrado aprendería a hablar, por mucha gramática universal innata que atribuya a sus neuronas.

La inmensa mayoría de los conceptos que utilizamos son complejos, ya que el de “espacio” forma parte de prácticamente todo lo que manejamos. Un color necesita un espacio sobre el que extenderse, porque la propia luz necesita el espacio para iluminarlo. Todos los objetos se despliegan a lo largo y ancho del espacio. Por tanto, la totalidad de lo visible o palpable, tenga o no volumen, ocupa espacio; y éste necesariamente forma parte de cualquier objeto, y, por tanto, del concepto que nuestro entendimiento se forma del objeto mismo. Incluso los símbolos de los que está formado un alfabeto, son conceptos complejos. Una “a” tiene una manifestación visual (que es su grafismo o un símbolo convencional mediante un gesto, como puede ser en el alfabeto para los sordomudos), otra auditiva (el llamado “fonema” correspondiente), o hasta táctil, como ocurre en Braille). Podría existir también una percepción olorosa o mediante el gusto, para el símbolo “a”. Según la cantidad y cualidades de los sentidos que tengamos a nuestra disposición, nos es posible conocer la “a” como una cualquiera de estas manifestaciones sensoriales, desconociendo todas las demás o estando iniciados en todas. Con cuantos menos sentidos sepamos reconocer “a”, menos complejo será su concepto. Por ejemplo, para una persona sorda de nacimiento que sólo sepa leer, la “a” se reduce a un simple concepto compuesto, combinación de sensaciones visuales como colores (el del fondo sobre el que aparece dibujada y el de la propia letra), formas, etc.

El propio concepto de espacio es mucho más complejo de lo que en principio parece, porque lo conocemos en primer lugar por nuestro movimiento y el tacto; y, gracias a la experiencia con éstos, hemos aprendido a identificar como tal un grupo de sensaciones que nos mostraba la vista. Después, gracias a la vista nos hemos ahorrado la necesidad de tocar los objetos para saber que están ahí, puesto que ya somos capaces de identificar los conceptos que conocemos por ella, de variación de claridad y sombra como porciones de materia que ocupan espacio. En los primeros momentos de nuestra vida, veíamos manchones confusos de grados de claridad y sombra que a veces cambiaban de posición, pero ignorábamos qué era y qué significaba aquella imagen. Luego, por el sentido del tacto, hemos asociado determinados rasgos de claridades y sombras con nosotros y con partes de nuestro cuerpo, y a la vez con partes de otros cuerpos que entraban en contacto con nosotros. Aprendimos a identificar como movimiento ciertos rápidos cambios de sombras, colores, y la necesidad de enfoque sobre ellos por parte de nuestros ojos. A la vez, al querer desplazarnos nosotros mismos en la dirección en que veíamos esos otros objetos por los cuales no sentíamos pero de cuyo contacto nos llegaban sensaciones, hemos comprobado que ellos nos impedían hacerlo, y en qué punto ocurría. Así llegamos a ser capaces de distinguir entre nosotros y los demás cuerpos materiales, que no podíamos movernos en el mismo espacio que ellos ocupaban, que dos de esas entidades no pueden llenar un mismo espacio a la vez. De ahí se derivó el concepto de tiempo: dos objetos pueden ocupar un mismo espacio siempre que no lo hagan en el mismo momento. Además de por el movimiento, el concepto de tiempo surge también de sensaciones auditivas, al ser necesario para el desarrollo del sonido, que al fin y al cabo es movimiento también.

La sensación de movimiento propio es, a su vez, una interrelación de conceptos compuestos y complejos que se originan por otras muchas sensaciones llegadas al cerebro desde nuestro cuerpo como consecuencia de interaccionar éste con el entorno mediante los sentidos (por ejemplo, el ya dicho oído, o el tacto, que nos avisa de que la piel está más o menos tirante en zonas, lo cual es debido a la actuación de la gravedad sobre la distribución de nuestro peso corporal, o también de la fricción con el roce del aire o de la ropa; incluso el movimiento de los músculos bajo la piel produce microalteraciones en la superficie de ésta que son detectados por el mismo tacto), multitud de pequeñas sensaciones simultáneas a las cuales no hemos dado nombre por no haberlo necesitado. Pero esto no quiere decir que no las sintamos o que no seamos capaces de procesarlas para sacar conclusiones de ellas. Cuando movemos un brazo desnudo en el aire sin mirar hacia él, o con los ojos cerrados, sabemos en qué posición está. Incluso un ciego sabe en qué postura tiene el brazo, porque su cerebro recibe la suma de muchas pequeñas sensaciones debidas a la tensión, enviadas por medio de los nervios que tienen parte en la acción de los músculos utilizados para mantener el miembro en esa posición.

Conexión con la G. U.

Hemos visto que las realidades del mundo sensible y no sensible existen anteriormente a los nombres para designarlas; y que éstos se los vamos atribuyendo según descubrimos dichas realidades, deduciéndolas por las sensaciones que nos envían los sentidos, o las que vamos desentrañando teóricamente con la puesta en práctica de nuestros particulares procesos de razonamiento, a cuyo sistema he llamado matemáticas. Para poder concluir si existe o no la Gramática Universal, nos quedan dos problemas por resolver. Uno, el de si es posible una gramática sin palabras. Si esto es así, al no necesitar de las palabras para existir, debemos admitir que los principios de tal gramática son susceptibles no sólo de organizar lo que corrientemente entendemos por palabras, sino que, aunque nosotros los estemos utilizando para este fin, pueden ser empleados para gestionar también otras unidades distintas. La segunda cuestión es la de qué son las palabras, si entidades conformadas necesariamente o no, según lo hacemos de ordinario. Podría ocurrir que existieran otras formas muy diversas del concepto que actualmente tenemos de ellas, capaces de sustituirlas como convencionalmente entendidas portadoras de significado. Si esto fuera así, la gramática efectivamente serviría para organizar unidades distintas de las palabras, además de a éstas, o quizás tendríamos que llamar palabras a muchas otras cosas a las cuales ahora no se lo llamamos: por ejemplo, a los objetos mismos, a las acciones, etc. Otra solución es que llamáramos palabra a toda unidad a la cual se atribuye un significado convencional aleatorio, éntrennos sus sensaciones por cualquier sentido que nos entren, y emitámoslas por el medio que las queramos emitir, con lo cual el término “palabra” nunca podría ser aislado de la comunicación, y ésta obligatoriamente siempre tendría que ser emitida por medio de palabras. De este modo, una gramática nunca podría servirnos para organizar nada que no fueran palabras, y así no podría existir sin éstas. Las preguntas importantes para poder dilucidar esto, son, primera: ¿puede existir al menos una palabra sin gramática? Si es así, la gramática no puede ser universal, por ser la palabra anterior a ella y, por tanto, haber posibles unidades de comunicación que se escapen de estarle sujetas; y segunda: ¿puede existir una gramática sin al menos una palabra? Caso de ser ésta la verdadera posibilidad, nos veremos obligados a buscar todas las otras unidades organizables mediante una gramática que existan, para poder demostrar si hay alguna de ellas, a su vez, que pueda ocurrir sin tal gramática. Por fin, si esto no ocurre, efectivamente la gramática tendrá que ser universal.

¿Es la “Gramática Universal” real o una entelequia?

Marzo 10th, 2009 by miramamolin

Se ha cumplido ya medio siglo desde que Chomsky hiciera su de aquélla famoso ataque al conductismo, considerado entonces por muchos (y todavía hoy por algunos) como un rebatimiento en toda regla. Éste será el primero de una serie de artículos que pienso exponer aquí, con objeto de comentar, discutir o simplemente dar mi opinión sobre sus principios y los de toda la generación de lingüistas a la que representa. Muchas de las cosas que diga quedarán incompletas aquí: más adelante las retomaré y será mejor entendida la razón de por qué las afirmo. Cincuenta años engrosando el pecunio de razones, afirmaciones y especulaciones, son demasiado tiempo para referirse a él en breve espacio.

El ataque al conductismo

Desde nuestro punto de vista, al cabo del tiempo e instalados en una generación distante, es difícil saber si en el ojo de este huracán que ahora parece estar remitiendo, se hallaba el propio Chomsky, o si la presunta revolución nunca hubiera tenido lugar de no haber existido previamente los conductistas. Éstos, encabezados por Skinner, partían del supuesto de que el lenguaje, así como cualquier otra habilidad o conocimiento adquiridos, se aprende como respuesta a un estímulo externo. Es decir, que el aprendizaje nos viene impuesto de fuera adentro: Nil est in intellectu nisi prius fuerit in sensu, cual rezaba la famosa vieja máxima de la filosofía clásica.

Chomsky contradijo este postulado. ¿Cómo? Para empezar, y simplificando mucho, adujo principalmente que, al aprender la primera lengua, los niños no lo imitan todo de manera fiel, sino que se equivocan; pero estas equivocaciones no se producen de manera aleatoria, sino predecible, con lo cual tales errores tienen un fundamento lingüístico-mental que obedece a la naturaleza del lenguaje y de las estructuras cognitivas. Por ejemplo: es de presumir, y seguramente constatable empíricamente, que un niño diga “escribido” en lugar de “escrito”, si nunca ha oído este preciso participio antes. Así que, puesto que es imposible que hubiese escuchado previamente “escribido”, si bien su forma cuadra con la que prescribe la regla de la lengua en que trata de comunicarse, según Chomsky, el infante no estaría imitando como reacción a un estímulo que hubiese percibido anteriormente, sino “creando” con dicha lengua según unos conocimientos no explícitos.Gramática de Nebrija

Para que nos demos cuenta del alcance de esta afirmación aparentemente tan simple, explicaremos que, antes de Chomsky, el lenguaje, con toda su gramática y unidades, era un mero instrumento diseñado arbitrariamente, inventado por los seres humanos para comunicarse unos con otros, algo a lo que entre todos nos poníamos de acuerdo para dar valor y significado, exactamente igual que hacemos, por ejemplo, con el dinero. ¿Por qué determinada moneda vale dos euros, y otra sólo uno? Simplemente, porque ése es el significado que nuestra sociedad les ha querido dar: la primera moneda la puedo trocar por el doble de objetos iguales entre sí que la segunda, o por otro género diferente cuyo valor, también arbitrariamente, consideremos doble que el de cada uno de dichos objetos.

Expulsados de la lingüística

A pesar de lo sencillo y aparentemente obvio de explicaciones como ésta, Chomsky consiguió que, durante unos años, se considerase de hecho anatema a quien no admitiera que el lenguaje se aprendía de una manera especial, totalmente diferente a como se adquiere, por ejemplo, el manejo del sistema monetario. Que no era una convención social, sino una obligación individual determinada por la biología, que ésta proporciona a la gente una predisposición especial para adquirirlo, superior y radicalmente distinta a la que se tiene para aprender cualquier otra habilidad, como cocinar, patinar o jugar al ajedrez. El lenguaje era, por decirlo así, el único camino por el que transitaban los procesos de razonamiento de la mente humana, y de él dependía todo, incluido el propio pensamiento, de forma que, sin lenguaje, sería imposible hasta pensar.

El auge de los postulados de Chomsky fue fulgurante; pero, a día de hoy, no sólo se han mostrado muy volátiles a la hora de rellenar los vacíos que el conductismo de entonces ofrecía, sino que parecen haber abierto otros nuevos. Hasta este momento, sus planteamientos se han manifestado impotentes; o, al menos, insuficientes, para contestar las preguntas verdaderamente importantes sobre la naturaleza del lenguaje. Por otro lado, sus teorías acerca de la idiosincrasia privilegiada de éste sobre otras habilidades para ser aprendido por la mente humana, y ese presupuesto personal, pero tan sugestivo, de la posesión innata de una gramática universal, no dejan de evocar cierto cariz paranormal. Tal vez aquí haya radicado en gran parte la clave de su éxito.

De momento, sólo me voy a referir a un ámbito muy limitado, simple y cerrado de las cuestiones que particularmente me suscitan sus teorías. En mi opinión, no hace falta ir demasiado lejos para, por supuesto sin desacreditarlo totalmente, encontrar en Chomsky fallas que inducen a uno a preguntarse cómo, ya desde los primeros momentos, fueron sus tesis tomadas tan en serio como para creerlas superiores a las que combatían, y haber resonado con el eco con que lo hicieron.

Creación según Chomsky

Sin mayores argumentos, ante el caso del niño expuesto en el primer párrafo, siempre me han surgido dudas a las que no hallo respuesta dentro del ámbito chomskiano. Por ejemplo: ¿por qué no puede ser que el estímulo externo necesario para la explicación conductista, haya consistido en escuchar un número suficiente de participios que hayan servido al sujeto como modelos para reparar en que siguen un patrón común, permitiéndole así deducir una regla cuya aplicación a la excepción le lleva a cometer ese error? ¿En qué se diferencia el proceso para esta deducción del que nos lleve a otra cualquiera, suscitado por cual sea de las infinitas situaciones que nos llaman a tomar decisiones dentro de la vida diaria? Es más: ¿cómo puede llamarse “creación” lo que es repetible por ser finito, y predecible o producible por cualquiera, mediante la aplicación de un patrón preestablecido? ¿Puede calificarse como tal, algo que es simple ejecución de una norma deducida, empleada en el caso en que, por excepción, no se obedece? Desde este punto de vista, ¿no estamos “creando” siempre, ya sea lenguaje o no? ¿Es la “creación” una exclusividad del aprendizaje del lenguaje, que convierte a la adquisición de éste en algo distinto?

Si, en observación de la misma norma, en vez de “escribido” para “escribir”, se hubiera tratado de “cocido” para “cocer”, ¿habría el niño “creado”? Sin duda para Chomsky sí, y su acierto con lo que se estima correcto no sería mera coincidencia con la realidad, sino resultado de la intervención sobre el sujeto de esa abstracción llamada “gramática universal”. Pero, en este caso, caben las preguntas opuestas a las del anterior: ¿cómo puede “ser creado” algo que ya existe? ¿Puede decirse que “se crea” algo que se dice o hace con el convencimiento y el propósito de que vaya a ser lo mismo que otros han elaborado de antemano, algo que los demás ya conocen? Y al revés, vueltos a “escribido”, ¿cómo puede “crearse” algo cuya existencia es de antemano imposible, aunque esta eventualidad se ignore por parte del “creador”? ¿No sería “escrito” el intruso, a fin de cuentas? ¿No le venían el verbo “escribir” y la regla del participio ya impuestos al niño por el idioma castellano, influyente desde su entorno exterior? ¿Puede ser considerado “crear”, la puesta en práctica del binomio regla-verbo, ambos suministrados previamente por obligación? En resumen: ¿a qué le llama Chomsky “crear”? Desde luego que no a algo único, que no se le haya ocurrido a otro antes.

Una recapitulación

La cómplice cortina que los chomskianos tienden ante cuestiones como éstas, les impide por principio, en coherencia con su oposición a Skinner, acercarse a ciertos aspectos de la investigación científica relacionada con hechos que éste postula. Por ejemplo: ¿existe un número crítico de participios que el niño haya tenido que escuchar para deducir la regla correcta que le induce a error en el caso concreto de la excepción “escribir”? Si irregularidades como “escrito”, “frito” o “hecho” son participios que aparecen aleatoriamente, ¿por qué no puede haber sido aleatoriamente escogido de un conjunto infinito todo lo demás en lenguaje, incluidas las mismas reglas gramaticales? Decir que existe una “gramática universal” que todos llevamos dentro, y en la cual escogemos las normas para nuestra lengua, ¿no es el viejo problema de la escultura que ya estaba en la piedra bruta, y lo único que había que hacer era quitar el material sobrante? Me parece que, visto así, no sólo llevamos dentro una “gramática universal”, sino cualquier otra cosa que aprendamos. En realidad, lo único que haríamos así en el aprendizaje, sería recibir estímulos desde fuera que despiertan en nosotros aquellos conocimientos que ya teníamos “en potencia”… pero este supuesto, tan indemostrable como su contradictorio, y por añadidura conveniente al conductismo, no lo “descubrió” Chomsky: ¡es muy anterior!

Las que he propuesto son preguntas del tipo que para los generativistas no procede, o no debería proceder, dado el postulado chomskiano de que, cuando el niño comete este tipo de errores, lo hace de manera “intuitiva”. Según mi vocabulario, esto debería conllevar la ausencia de auxilio de la razón: tal es la principal característica de la intuición. El tema no es baladí, porque lo intuitivo se opone al método deductivo, que supone haber tomado estímulos del mundo externo como ejemplos para extraer de ellos una pauta, hecho éste que entraña un proceso de razonamiento. Ahora bien: ¿es que no existe realmente, en castellano, una norma para formar los participios? Cuando dice “escribido”, ¿no la aplica correctamente el aprendiz, aunque sea a la excepción en que se considera una incorrección? Puesto que es “escrito” el que no obedece la regla general, ¿no es una simple convención, incluso que el propio “escribido” sea incorrecto? Lo que hace el niño para relacionar entre sí los ejemplos que observa (los participios previamente escuchados) hasta llegar como conclusión a la norma que deduce, ¿no se llama precisamente “pensar”? ¿No corroboraría esto la evidencia de que el pensamiento viene antes que el lenguaje?Noam Chomsky

Añadiré: es indudable que el sujeto ha debido recibir estímulos externos para pensar y deducir la regla. Evidentemente, si no fuera así, sería por completo imposible que acertase en aplicar equivocadamente la norma del idioma en cuyo preciso entorno vive. “-ido” y “-ado” son las terminaciones habituales del participio en castellano, no en otra lengua. No se sabe, en caso análogo alguno, de ninguna equivocación por atribuir a una lengua la norma de otra, sin haber tenido nunca previo contacto con ésta. Por ejemplo, de un infante que, sometido invariablemente a un entorno castellanohablante y sin conocimientos de inglés, utilizase “intuitivamente” el patrón del participio en este segundo idioma para equivocarse en “hacer”: “háced”, por mimetismo con la terminación “-ed” del participio regular inglés. Al revés, sin conocer ningún caso, la razón me sugiere que el hablante novato podría incurrir en semejante error si estuviera expuesto a un ambiente completamente bilingüe español-inglés, dependiendo de en cuál de las dos lenguas hubiese oído hacer participios mientras que no en la otra. Supongo que éste será el sentido de lo “predecible” al que Chomsky apela; es decir, a un pronóstico precisamente apoyado en la razón, no a nada intuitivo. Lo cual hace que se contradiga consigo mismo: si la razón nos dice que algo es predecible, es que este algo puede ocurrir de acuerdo con alguna premisa. Por tanto, cuando el niño se equivoca, lo hace razonadamente, no intuitivamente.

Visto en parte de otro modo: si los chomskianos admiten un proceso de creación en el mecanismo de adquisición del lenguaje, ¿cómo lo cuadran con su propia conclusión de que sea antes lenguaje que pensamiento? ¿No se necesita pensar previamente a poder crear? Aun en el supuesto de que exista la “gramática universal”, ¿no debemos procesar lo oído, es decir, pensar, con objeto de escoger o encajarlo dentro de la misma en unas opciones u otras? Pues parece que, según Chomsky, la “gramática universal” tiene vida propia y nos impone, sin que nosotros tengamos arte ni parte voluntaria en ello, “pensando” por nosotros, cuáles son las reglas gramaticales que debemos utilizar… de acuerdo con el idioma que nos rodea en nuestro entorno exterior, ¡o sea, que estamos ante la pescadilla que se muerde la cola, y volvemos a contemplar la adquisición como respuesta a un estímulo externo! ¿O no está el idioma de nuestro entorno fuera de nosotros? Además, ¿en qué quedamos?: ¿somos las personas las creativas en nuestro proceso de adquisición del lenguaje, o lo es la gramática universal en el suyo de obligarnos a escoger lo que decide por nosotros? Y, si es universal, siempre ha estado ahí y lo sabe todo, exteriorizando lo que simplemente ya está contenido en ella, ¿cómo puede llamarse “creativa”?

Reorganización a conveniencia

Una de las ideas de Chomsky que, particularmente, me parecen más divertidas, es su esfuerzo por hacer aparecer aislada la gramática del significado, declarándola independiente de éste. Claro que esto le conviene, pues asociar los vocablos con su significado requiere pensar, de modo que, una vez más, tendríamos la palabra al servicio del pensamiento y no al revés: una imagen de nuestra mente necesitaría ser nombrada para ser comunicada. De este modo, el estudio chomskiano de una lengua desde el punto de vista gramatical queda reducido, en términos prácticos, a la morfología y a la sintaxis. He dicho que me parece una idea divertida, porque da lugar a numerosas situaciones especialmente peliagudas para explicar desde su punto de vista, que cualquiera puede corroborar en el lenguaje diario. Por ejemplo, en castellano: “arrojó una piedra al alcalde” presenta un complemento indirecto cuya única marca para diferenciarse con un complemento circunstancial es, precisamente, el sentido semántico de la voz “alcalde”. Si, en lugar de ésta, se coloca otra, digamos “lago”, obtendremos en el mismo sitio un complemento circunstancial de lugar, sin haber alterado la estructura formal de la oración: “arrojó una piedra al lago”. Podría aducirse que el hecho de que los consideremos complementos diferentes se trate de un lastre de la gramática tradicional, y que lo que exactamente hay que hacer es poner a “lago” y a “alcalde” dentro del mismo saco, como un solo tipo de complemento nuevo, al que no llamaríamos ni “indirecto” ni “de lugar”. De hecho, este tipo de reorganización de la sintaxis es lo que durante años ha dado trabajo a gran número de sesudos doctores generativistas en muchas universidades por el mundo adelante, dedicados a reorganizar y cambiar el nombre a todas las funciones sintácticas tradicionales, para hacerlas cuadrar con las tesis de Chomsky.

Grave pérdida de tiempo… simplemente porque, sí, efectivamente el contenido léxico de las palabras influye en la propia clasificación sintáctica de los elementos oracionales. Lo que se consigue al reorganizar la sintaxis tratando de olvidarse de la semántica, es crear problemas dentro de la propia sintaxis. Se demuestra porque, en casos concretos como el de “alcalde” y “lago”, son los significados de estas palabras los que nos avisan, por ejemplo, de que podemos sustituir la segunda de ambas por “allí”, mientras que no la primera; o que, en la primera frase, el castellano nos permite duplicar el complemento colocando un “le” (“le arrojó la piedra al alcalde”), y no en la segunda; etc. Por tanto, a pesar de su coincidencia en este patrón concreto, ambas frases dan lugar a reformulaciones distintas, mutuamente incompatibles. Y así, mientras convencionalmente sigamos atribuyendo los mismos significados que ahora aceptamos para los dos vocablos, “alcalde” y “lago” nunca pueden ser sintácticamente lo mismo en casos como éstos, aunque la sustitución de uno por otro no conlleve el menor cambio formal en la oración. Es decir, que es posible hacer variar arbitrariamente un complemento por el mero hecho de atribuir diferentes significados a cualquier palabra de su interior sin cambiar la propia categoría de la misma: “arrojó una piedra al azar” sería, por ejemplo, un complemento circunstancial de modo con otro sustantivo al que se atribuye un significado distinto, etc.

Además, sospecho fundadamente que, al contrario de que el lenguaje sea el resultado de la puesta en práctica de una sintaxis, ésta se haya inventado para precisar el significado de las oraciones cuando, siendo éste ambiguo o confuso, u ofreciendo varias posibilidades, sea necesario hablar de ellas técnicamente. Me explicaré con un ejemplo: si yo advierto de que en “le compré a mi padre el coche”, “a mi padre” es complemento de régimen (por otro nombre “suplemento”) y no complemento indirecto, una persona iniciada en la terminología sintáctica entenderá que fue mi padre quien me vendió el coche, no aquél para quien lo adquirí. En cambio, para que un absoluto profano en lingüística me entienda, no podré hablarle con el mismo vocabulario, y habré de explicarle el hecho en sí mismo, lo cual resultará más engorroso. Es decir que, según como tomemos la frase, nos encontraremos ante funciones dispares (suplemento-complemento indirecto), cada cual con su nombre arbitraria y convencionalmente estipulado dentro de un círculo técnico concreto, y cuyo significado o sentido, en la vida diaria, podemos escoger arbitrariamente según nos convenga. La situación real es tan confusa como que, sin que haya una explicación lógica concreta (es decir, por convenio arbitrario), nos hallamos ante un suplemento duplicable en castellano mediante la adición de “le” (intencionadamente mencionado aquí) y sustituible por un pronombre átono, posibilidades que técnicamente se suelen negar a todo complemento que no sea el indirecto. Por tanto, vemos que, en este caso, no existe ninguna diferencia formal entre un complemento y otro. No obstante, es innegable que este ejemplo muestra, en cada uno de los dos casos, una función distinta del otro, a cada cual, en pro de la precisión expresiva, es decir, de significado de la frase (¡inevitablemente nos referirnos a la semántica, al fin y al cabo!), no conviene denominar igual. ¿Cómo sé, por ejemplo, que no se trata de un complemento indirecto en ambos casos? Uno de los varios modos es observar que, en un mismo sintagma verbal, nunca cabe la existencia de dos o más complementos del mismo tipo siendo dispares, no complementarios ni influyentes entre sí. Por ejemplo, aquí, a fin de evitar al oyente la confusión entre el suplemento y el complemento indirecto, sería razonable y posible introducir el segundo mediante la preposición “para”, aunque no el primero: “le compré a mi padre el coche, para mi novia”, aun sin ser gramaticalmente imposible del todo la confusa y cacofónica “le compré a mi padre el coche, a mi novia” (o “le compré a mi novia el coche a mi padre”, etc.), ejemplos ambos en los que se ve que ninguno de los dos complementos queda alterado en nada como emisor y receptor del directo independientes entre sí, e indiferente cada uno a la supresión del otro. Paralelamente, puede observarse que, en “le compré a mi padre el coche”, es posible la reformulación “compré el coche para mi padre” sólo si mi padre es el receptor, no el vendedor del vehículo. Luego, claramente han de ser funciones sintácticas distintas.

Aun así, un discutidor recalcitrante incluso podría insistir en la posible coexistencia de dos complementos indirectos, uno de procedencia y otro de destino, cada uno reformulable de muy diferente modo que el otro… pero incluso esto me daría igual. Los conceptos “procedencia” y “destino” continuarían imperturbablemente marcados por su semántica: llámele como quiera ese discutidor a cada una de las dos funciones sintácticas y me pondré de acuerdo con él si le complace, pues coincidir los dos en el vocabulario técnico para entendernos continuaría siendo, de todos modos, una cuestión de convenio arbitrario en nuestra terminología particular… ¿dónde quedaría, pues, igualmente, esa gramática universal de la que hablábamos?

El aprendizaje: grave asunto

Otro tema promocionado por los mentalistas, en el que se observa cuán a la ligera se toman presupuestos y se han formado prejuicios ya desde los mismos puntos de partida de las teorías de adquisición del lenguaje es, añadida a la práctica aceptación general del privilegio de adquisición de éste por parte de los seres humanos dentro del mundo animal, lo cual resulta al menos aparentemente razonable, la supuesta facilidad con que se adquiere la primera lengua, dentro de las edades en que esto tiene lugar habitualmente, con respecto al resto de las etapas de la vida. Personalmente, para ser más coherente con las tesis de Chomsky, yo preferiría llamar a este proceso “desarrollo” antes que “adquisición”, ya que ésta supone una asimilación de estructuras ingresadas enteramente desde el exterior, lo cual vendría a dar la razón radicalmente a los conductistas. El término “aprendizaje” me parece más ambiguo, aunque para este caso también más conveniente, pues no excluye a ninguno de los otros dos.

Podríamos comenzar comparando el nivel de idioma nativo de un infante de tres años, con el de un adulto normal y corriente que, sin salir de su propio país, lleve el mismo tiempo aprendiendo intensamente una lengua extranjera, en las circunstancias en que esto suele hacerse. Seamos realistas: ¿hay alguien en estas condiciones que ocupe todas las horas de su jornada recibiendo aducto (el anglicista “input”) en su segunda lengua olvidándose de la primera, sin tragua los siete días de la semana y sin uno solo de vacaciones durante un trienio al completo? Pues el niño sí. Ya desde el primer momento en que llegó al mundo, ha oído hablar su idioma, e incluso parece probado que haya tenido la experiencia de haberlo hecho antes, desde el interior del propio vientre materno. Además, como parte de cero y no tiene nada en que apoyarse, el idioma le da igual: adquiere sólo las estructuras de uno, o las de varios a la vez. El tiempo que gane en aducto de uno lo pierde en los demás, y es asumible que, hasta llegar a un momento crítico en que sea capaz de diferenciar que se trata de más de una lengua, cometa errores debidos a la confusión de unas con otras. Por otro lado, el ambiente bilingüe perfecto no existe. Si el niño aprende en la guardería un idioma y en casa otro, es de prever que habrá mucho vocabulario y estructuras surgidas sólo en cada uno de ambos ambientes que, por tanto, ignorará en el otro… y así, en suma, desconocerá expresiones, idiotismos, giros, matices y vocabulario en cada una de las dos lenguas que sí habría adquirido en una única, de haber estado expuesto sólo a ella en todos los diferentes entornos.

Volviendo al cálculo realista propuesto, y suponiendo que dicho niño de tres años haya dormido una media de dieciocho horas diarias (lo cual es mucho dormir), el día que cumpla tres años habrá vivido un total de 6.570 horas de aducto exclusivamente en su lengua, lo cual superará con creces el tiempo que le ocupe su segundo idioma a cualquier adulto en las circunstancias habituales, durante un plazo así. Para experimentar en igualdad de condiciones, sumérjase a éste en una lengua extraña durante tres años, impidiéndole dictatorialmente cualquier acceso, por mínimo que sea, a la suya materna, veamos de qué es capaz y luego hagamos nuestro contraste. Lo que no tiene sentido, es comparar un aducto del número de horas dichas, con los acostumbrados para aprender lenguas extranjeras. Un ejemplo: en el colegio no interno más generoso con el horario de idiomas modernos que permite cualquier sistema educativo europeo, un alumno que ingrese con tres años y salga con dieciocho, habrá recibido un aducto total de menos de 3.000 horas en cada uno de los mismos… ¡aproximadamente el que, de su entorno natural, ha recibido un lactante de año y medio! Por un lado es normal que esto sea así, ya que la lengua en estos niveles se aprende como exigencia cultural académica junto a otras muchas asignaturas, y no se encuentra efectivamente en la realidad diaria de la calle a la que el estudiante sale una vez que abandona el recinto escolar; pero, por otro, también explica que no podamos exigir demasiado a nuestros estudiantes. Sin embargo, a veces lo hacemos… y no saldríamos tan mal parados, si tuviéramos en cuenta al chiquillo de tres años. En el caso de un adulto que vaya durante las dos horas diarias que su trabajo le permite, a una Escuela Oficial de Idiomas o academia, el aducto al cabo de ese tiempo será incluso ridículo en comparación con los vistos: teniendo en cuenta las treinta y cinco semanas que tiene aproximadamente un curso académico, no llegará, probablemente, a las 350 horas. ¿Quién ha dicho que la primera lengua es la que se aprende con menor esfuerzo?

Más crítica a Chomsky.






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