Aquí estoy, de nuevo al habla.
De nuevo al habla.
Lo estoy pasando en grande en este trabajo, sobre todo porque procuro hacerlo divertido. Hoy les he puesto a los alumnos el ejercicio sobre Mortadelo y Filemón que he colgado en la página de recursos.
Por supuesto, les ha encantado y se han reído mucho, sobre todo con las imágenes, que constituyen un magnífico “gag”, a la altura de cualquier clásico del tebeo (creo que, pedantemente, “cómic”. Aquí ya teníamos nuestro modesto “TBO” cuando se nos introdujeron los productos extranjeros) nacional e internacional.
En mi opinión, utilizar recursos de este tipo en la enseñanza del español a extranjeros, es una forma de acercar a éstos también a nuestra personalidad. Mortadelo y Filemón, y otros como ellos, están lo suficientemente arraigados como para que algo en España fuera distinto si no existieran.
Recuerdo que, cuando estudiaba en Salamanca, muchos foráneos, sobre todo norteamericanos, compraban estas revistas de historietas sólo para ver si comprendían qué mentes podían haber ideado aquello y qué clase de pueblo podía alimentarlas. Se quedaban perplejos, como ante algo misterioso, pero a la vez sabían que lo que veían les gustaba por algo indefinible para ellos. Esas narizotas, esos rostros grotescos, esos golpes descabellados…
En este caso, Ibáñez alcanza un magnífico dinamismo, rayano en el virtuosismo. Como las imágenes lo narran todo, casi no le hacen falta palabras. Es pura épica, trasladada al dibujo humorístico. Igual que en el buen cine. En muy pocas viñetas, consigue contar un cúmulo de sucesos, a cual más patético y desgraciado, al hombre que no se mueve del techo de un automóvil.
El trazo también es generoso. Sobre todo, denota un envidiable dominio de la perspectiva: el dibujante parece no encontrar dificultades en presentarnos ese viejo cacharro, prácticamente desde todos los ángulos y en todas las posturas posibles. Se ve que ya era antiguo cuando se publicó por primera vez esta historieta (en los años 50, creo), y nos provoca, sólo con ver sus saltos y botes, y la variedad de posturas en que se nos retrata su viaje, aquella falsa sensación de insuperable velocidad que recordamos todos los que hemos tenido la fortuna de llegar a conducir un “Seiscientos” a sesenta por hora por una vetusta carretera secundaria llena de curvas, baches y guijarros… sensación sólamente debida a la casi ausencia de sistema de suspensión en el vehículo.
El ejercicio presenta la facilidad justa para que los alumnos se inventen una historia, sin ser excesivamente fácil lo que puedan decir. Si las imágenes hacen gracia, como aquí, los propios estudiantes tratarán de idear algo simpático para escribir, y se esforzarán en el ejercicio de redacción.
Por último, el propio texto original de la secuencia se les ofrece como un ejercicio añadido. El texto verdadero se debe dar siempre. Los clásicos hay que respetarlos.