Sic Transit Gloria Mundi

Entre quienes no nos dedicamos a la venta de libros, hoy se invocan mucho los premios literarios para poner en entredicho la calidad artística de las obras y autores agraciados con ellos. “¡Ay, aquellos antiguos laureados..! ¡Aquellos prosistas! ¡Aquellos poetas! ¡Ved esta obra! ¡O esta otra! Ambas obtuvieron el premio tal y el cual en los años de gracia de… ¡Y hay que ver qué ejemplo! ¡Qué calidad! ¡Ya nos gustaría esto ahora!”

Y esta delectación morosa en tiempos pretéritos suele tener razón y no, al mismo tiempo. Porque muy a menudo, demasiado, ocurre que los beneficiarios de estos galardones lo son sólo en virtud de que siguen alguna tendencia apreciada en el momento por las masas y los críticos cuya mirada no va más allá de lo comercial en el presente, tendencia que poco más tarde se queda obsoleta, cuando no ridícula. Es corriente que los premios se den por cumplir con estas modas, sin fijarse en la calidad artística del texto, en la que cuenta algo muy importante, que es su a menudo bajo dominio del idioma derivado del apresuramiento con que suele escribirse para acabarlo antes de que expire la tendencia en cuestión y venga otra nueva que la convertiría en rancia. Así, de estos escritos nada se salvará: ni su temática, ni siquiera su aportación al idioma. Pero no importa: para entonces, los bolsillos que se tenían que llenar ya se habrán llenado, y otra nueva producción vendrá a sustituir a la vieja.

Otras veces, los premios se conceden para vender productos que nadie en absoluto se molestaría en comprar si no fuera por la propaganda que les confiere el haber conquistado el lauro.

Para corroborar todo esto no necesitamos buscar concursos raros. Examinemos, sin ir más lejos, el premio de premios: el Nobel de Literatura. Se han concedido ya bastante más de cien. Pero ¿alguien con una cultura media alta recuerda, siquiera, los nombres de más de tres o cuatro de sus ganadores, como no sean de su propio país? La respuesta es: normalmente, no. ¿Es posible encontrar ediciones actuales de las obras de la mayoría de ellos, incluso en sus naciones de origen? Aquí, rotundamente no. Pero ¿es que, al llegar la época de su concesión, hay quien se acuerde de quién lo ganó el año anterior?

En realidad, hoy y ayer se puede dudar con fundadas razones de todas las distinciones intelectuales, aquéllas no derivadas de un hecho físicamente verificable como lo serían, por ejemplo, las deportivas. No sé a ustedes, pero a mí no me cabe en la cabeza que a Winston Churchill le hubieran dado el Nobel literario, en tanto que un terrorista declarado y una impostora que sí debería haber recabado una distinción en Literatura fantástica (por todo lo que inventó sobre su persona) hubieran recibido el de la Paz. Volviendo al arte de escribir, nos parece que en el pasado se hacía mejor; pero lo cierto es que, de ochenta años hacia atrás, las obras premiadas en su época que han llegado hasta nosotros son una exigua minoría. Simplemente por esto nos creemos que los antiguos escribían mejor: porque lo que verdaderamente carecía de mérito no ha sobrevivido.

Sin duda, otro tanto le espera a la mayoría de los autores bien considerados en los últimos ochenta años. ¡No digamos de los últimos veinte! Y otros serán descubiertos y rescatados de entre ellos.

Incluso los autores pretéritos que hoy han caído en la desvalorización y se nos muestran en los manuales como modelos de por qué el estudio de tal género literario en tal época es prescindible, tienen cierta calidad que les permite aparecer allí como ejemplos. Se me ocurre el caso de los poetas realistas. No hubo época en la historia de la Literatura española que tratase mejor a sus vates, siempre que cumplieran con ciertas convenciones. Tenemos nombres: Campoamor, Núñez de Arce, Manuel del Palacio, Manuel Reyna, Joaquín María Bartrina, Federico Balart, Emilio Ferrari, Gabriel y Galán, Vicente Medina, Wenceslao Querol, Teodoro Llorente… ¿Alguno les suena? En su época cosechaban premios, formaban parte de jurados para concederlos, arrastraban masas dando conferencias y recitales públicos, ganaban mucho dinero con sus poemas sin necesitarlo en su inmensa mayoría (pues casi todos eran burgueses bien instalados en la sociedad), mientras eruditos contemporáneos suyos (evidentemente, amigos), como Menéndez y Pelayo, se dedicaban a loar sus excelencias bárdicas en las publicaciones al uso.

En el ínterin, un señor casi desconocido llamado Gustavo Adolfo Bécquer sobrevivía con trabajillos de poca monta de los que le despedían cada vez que le pillaban haciendo versos. Su obra parecía tener aún menos futuro que él mismo: Campoamor le despreciaba, Núñez de Arce dijo de él que sólo escribía “suspirillos germánicos”, don Marcelino le manifestaba cierta aprensión, y el gran público lo ignoró hasta que, muchos años después de muerto, fue exhumado ya en el siglo XX por Juan Ramón Jiménez.

Excepto Bécquer, claro está, toda la sarta de nombres arriba citada, y aun algunos más, sobreviven poco más que citados en los manuales. No se les trata bien: se reconoce su retórica hueca e insincera, que la mayoría de sus poemas cantan repetitivamente unos valores obvios que estos autores tenían muy fácil cumplir (fácil es no robar si no tienes necesidad, fácil es no echarle nada en cara a Dios y amarle y darle gracias si la vida no te maltrata, fácil es no matar si nadie te ataca físicamente). Es una poesía o, mejor dicho, un verso didáctico de lo que no necesita didáctica por ser obvio. Ellos mismos eran elementos encaramados en la capa medio – alta de una sociedad que, estudiada desde hoy, nos parece harto injusta, lo cual apreciaban desde su cultura superior, pero sin hacer nunca nada por cambiarla porque estaban cómodamente instalados en ella. No les veríamos cantando el ansia por conseguir que un empleado de una fábrica de entonces (que trabajaba un mínimo de catorce horas) viviera igual de bien que un diplomático. En todo caso, ese empleado era un pobre hombre al que había que proteger paternalmente, contándole en verso que está muy mal robar y envidiar al diplomático en cuestión, que, si quería ser como el diplomático, lo hubiera sido él también. Por lo menos, el poeta romántico se evadía de esa realidad y cantaba lo extraordinario, lo misterioso, lo que nos atrae la atención para ver cómo acaba. Pero el realista, ni eso.

Sin embargo, cada uno de estos autores habitualmente citados todavía guarda algún mérito por el cual merece salir recordado en los libros de estudio. Por eso, ellos mismos son malos ejemplos para mostrar lo “hueco e insincero” de la abundante generalidad poética de su tiempo. En muchas de sus piezas puede descubrirse alguna cualidad que les permite ser leídas con gusto. Campoamor, por ejemplo, presenta dos rasgos que redimen gran parte de su poesía e incluso hacen amena su lectura: originalidad e ingenio. Cuando se salva del ripio y de la vacía palabra de relleno para hacer cuadrar el verso con una idea que considera importante, su utilización de la técnica, de la que es un gran dominador, es lo que puede llegar a admirarnos. De ahí no pasa: su hallazgo en ella no es memorable, a pesar de lo sonadas que fueron en su época sus “doloras” y “humoradas”, que no dejan de ser cambiarle el nombre a formas narrativas en verso que ya existían.

Ahora, y para que el lector juzgue por sí mismo y vea la dura realidad, lo que es no sobrevivir de verdad, me gustaría recuperar aquí a un poeta de ésos que ni siquiera salen en los manuales. Pertenece, como los anteriormente citados, a la época realista. Pero no espere encontrarlo en los libros nuestro lector corriente; este autor no aparece en las antologías ni en las enciclopedias; es verdaderamente como si no hubiera existido o como si se lo hubiese tragado la tierra: en realidad, creo que ya sólo en la Biblioteca Nacional de Madrid se podrán encontrar hoy ejemplos de sus obras y el recuerdo de su nombre en ellas. O en detalles que recuerdan su rastro por el mundo, como el hecho de que dé nombre a una calle de Málaga. Me pregunto cuántos de los que hoy en ella viven sabrán quién era él.

Se llamaba José Devolx y García. En su momento fue laureado con la medalla de oro por la Real Academia Española. Ganó multitud de premios, entre ellos en certámenes de Málaga, Valls, Cádiz, Linares, y en esta última ciudad también los primeros Juegos Florales, cuyo Jurado en Madrid lo constituían los Excmos. Sres. D. Manuel Cañete, Censor de la RAE y los catedráticos de Literatura de la Universidad Central D. Adolfo Camús y D. Antonio Sánchez Moguer; fue premiado por S. M. la Reina Regente en un Certamen del Congreso Católico Nacional celebrado en Burgos, ganó otro Certamen de poesía de este mismo Ayuntamiento en 1880 y otro que Alfonso XII convocó con la Sociedad Geográfica de Madrid; compuso poemas de circunstancias militares, religiosas y civiles; y, en fin, que se nos haría prolijo seguir hablando de sus méritos. Pero nadie mejor que la propia Real Academia para describir uno de sus libros de poemas en un comunicado de época a la Dirección General de Instrucción Pública:

“Tesoro de poesía y de verdadera poesía puede llamarse al libro del Sr. Devolx, en cuyas trescientas páginas apenas hay una que no esté consagrada a celebrar la gloria de altas empresas o enaltecer las virtudes y el valor de mártires insignes o de esforzados capitanes, cuando no a cantar con estro vigoroso y tierno a la vez las excelencias y encantos de todo lo que hace amable nuestra vida: la patria, la mujer, la belleza, el amor, la justicia y el trabajo. Los nobres de Calderón de la Barca, Santa Teresa, Elcano, Fernando de Herrera, San Juan de la Cruz y D. Álvaro de Bazán sirven de epígrafe a composiciones de cuyo mérito da cabal idea la circunstancia de haber sido premiadas en públicos certámenes y por jueces nada sospechosos, pues entre ellos figuran las Academias Española y Sevillana de Buenas Letras, la Sociedad Geográfica y gran número de Ayuntamientos, Ateneos y Congresos Católicos, figurando en estos premios el de S. M. la Reina Regente, en Burgos, el de Su Alteza la Infanta doña Isabel, en Linares, y el del Sr. Obispo de Málaga, siendo, por tanto, innumerables las Medallas, rosa de oro y obras de arte más o menos artísticas, que el poeta ostenta en su colección. No goza, sin embargo, el Sr. Devolx del aura popular, debido a la misma índole de sus poesías, en que predominan, como es natural, los elementos clásico y religioso; y esta es, a mi juicio, otra razón para que el Gobierno trate de divulgarlas por medio de la lectura, seguro de que la juventud que frecuenta las Bibliotecas públicas ha de hallar en ellas útil enseñanza al par que sabroso entretenimiento. Creo, pues, que, adquiriendo con destino a dichas Bibliotecas un buen número de ejemplares de ODAS Y LEYENDAS, habrá dispensado el autor la protección que merece haciendo de paso un servicio a las letras españolas”.

De José Devolx y García, presento el poema con que fue premiado con la rosa de oro en los Juegos Florales con que el ayuntamiento de Madrid celebró en 1878 el enlace de S. M. D. Alfonso XII con S. A. R. Dña. María de las Mercedes de Orleáns. Constituyeron el Jurado los Sres. Marqués de Valmar, D. Manuel Cañete, D. Antonio Arnao, D. Gaspar Núñez de Arce, D. Cayetano Rosell, D. Pedro de Madrazo y D. Víctor Balaguer:

El Amor

Perdón, numen de Horeb, Musa cristiana,
que al arpa de David diste armonía,
inspiración a Dante sobrehumana,
y a Calderón sagrada poesía;
En su entusiasmo anhela el pensamiento
arrebatado alzarse a la serena
región que purifica con su aliento
el Amor que los orbes encadena;
Amor, que tierra, y mar, y firmamento,
Tiempo y eternidad, todo lo llena,
perdona, pues, si a tus altares llego
a templar la anhelante fantasía
en el sagrado ambiente de tu fuego.
¿Qué es el amor? La humanidad entera
con éxtasis de júbilo responde;
la máquina del cielo en su carrera
detiénese; el querube estremecido
en sus alas de azul la faz esconde,
y resonar se escucha por doquiera
férvido, grato, universal latido.
Todo a rígidas leyes se sujeta:
la marcha de la luz, sus reflexiones,
el satélite, el rápido cometa
que cruza las regiones
del espacio sin límites ni valla,
la flor, sus aromadas radiaciones,
inercia y movimiento, muerte y vida,
todo el ritmo inmutable
sigue en número, en peso y en medida.
Pero de igual manera
que más brillo y más vuelo
dio a varios astros en el ancho cielo
del Excelso la mano bienhechora,
perfumes a la dulce primavera
con su cetro de flores,
al clavel su inflamada cabellera
y su corona altiva al amaranto,
por laúd a los bosques la canora
lengua de enamorados ruiseñores,
y al águila caudal, por elemento
donde su regia vista se dilata,
la insondable extensión del firmamento.
que forja el rayo que deslumbra y mata;
así al hombre, problema
de los siglos, ornó con la diadema
de la razón augusta que retrata
la dignidad suprema,
y el imperio con él partió del mundo.
En fe de tan augusto señorío
le dio la libertad del albedrío:
mas ¡ay! que el don fecundo
fue luego al par en bienes y en malicia;
porque olvidando el hombre su realiza,
regocijó los astros del Profundo,
y la copa vertió de la injusticia.
La libertad, que esclava
de las leyes nació del pensamiento,
tiránica se hierge [sic] en un momento;
y con soberbia que el abismo alaba
Y que inspira el abismo,
de la razón que su delirio enfrena
contra el imperio se revuelve airada,
¡y se ciñe la frente condenada
con su propia cadena!
Pensó su mente y concibió maldades,
abrió su labio, y profirió mentira;
y en vértigo infernal de iniquidades
lanzó rugiendo el corazón su ira.
Brotó el perjurio del malvado seno,
y al honor, a la paz, a la ventura,
de la calumnia el matador veneno
abrió vil sepultura,
y cobijó la ingratitud mezquina
la cauta sierpe de adulterio inmundo,
del casto hogar escándalo y ruina,
¡vergüenza del amor, lepra del mundo!
En el agrio camino
de tanto mal, contempla horrorizado
el hombre al pie de bárbaro asesino
la víctima inocente del malvado;
y al vapor de la sangre, del crüento
Charco nacer, como rojiza luna
al extremo de fétida laguna
barrida por el viento,
o como de reptiles la podrida
turba del cuerpo que quedó sin vida,
de su ignominia bajo el férreo yugo
la torva frente del feroz verdugo.
Pero traspasa Dios las eternales
puertas, y el Unigénito, preclara
víctima sacrosanta expiatoria,
redime de sus males
al humano, del Gólgota en el ara;
y ante ese amor, espanto de la gloria,
suenan sin fin los cantos celestiales,
la excelsa beatitud su curso para,
eternízase el bien y su victoria.
¡Humanidad, alienta!
Orlado de virtudes tu linaje
al buril de los siglos se presenta,
deshecho como oprobio de la historia
de aquella esclavitud el vil ropaje,
del fulgor increado que rodea
la Cruz del Salvador que amores mana,
surge la grande idea
que al mísero ante Dios y al Rey hermana;
y tanto amor ondea
de la Cruz en las puras radiaciones,
que el Amor infinito se recrea
mirando en él la paz de las naciones.
¡Oh dulce ley de amores veneranda!
De ella el bien de los pueblos se origina;
por ella hundieron su cerviz nefanda
los dioses de Nerón y de Agripina.
El Tabor, hecho solio
de la Suprema lumbre,
sus rayos fulminó: del Capitolio
de Dioses la espantada muchedumbre,
rompiendo los impuros pedestales,
abismose, y la torpe servidumbre
de arúspices, lupercos y marciales.
Del Evangelio infunden las doctrinas
espíritu de amor en las legiones
que pueblan de Tebaida las ruinas,
y en místico concierto
a las Siete Colinas
llevan las no escuchadas vibraciones
de las altas virtudes del Desierto.
En el furor que el ciego paganismo
cuyo falaz imperio se derrumba,
opone al cristianismo,
cada voz de creyente
abre bajo sus plantas una tumba.
Al cabo en los efluvios de inocente
sangre la humanidad se regenera,
y ve surgir en majestad severa
del África, de Europa, del Oriente,
la figura imponente,
orlada en limpidísimos fulgores,
de los santos Doctores,
cuyas lenguas sublimes e inspiradas
entonan las paráfrasis sagradas
del Amor que da vida a los amores.
Y la Iglesia, que guarda en su sagrario
la inextinguible llama
que brotó en el Calvario,
a sus hijos inflama
y su abnegado aliento les inspira.
Sublime Religión de penitencia,
corona el sufrimiento;
alivia en su quebranto al que suspira,
y devuelve la paz a la conciencia.
Por el fecundo Amor, que maravillas
de ardiente caridad próvido crea,
hollando en calma los revueltos mares,
a remotas orillas
llevan de Cristo la sublime idea,
y la ciencia y la vida en sus altares,
ínclitos herederos
de la fe de los mártires primeros.
Por ella la mujer con su ternura,
pasmo de las angélicas milicias,
en querubín de amor se transfigura:
y con santas caricias,
allí donde restalla el bronce herido
y sólo el rayo destructor serpea,
cual venida del cielo,
al más leve gemido
y al más hondo dolor presta consuelo.
¡Oh, santa caridad! Por ti la gloria
se agigantó de aquellos campeones,
de quienes sólo resta la memoria
escrita en los parduzcos murallones
de algún claustro abacial, mísera ofrenda
a tan insignes hechos,
ya tal vez desgastada la leyenda.
Nobleza, majestad y bizarría
exaltaron sus pechos;
sin descanso en la noche ni en el día,
de la virtud burlada y la inocencia
fueron amparadores
contra inicua violencia
del opresor y su cobarde insulto,
y dieron mejor temple a los aceros
de aquellos invencibles caballeros
Dios y patria, y la dama de su culto.
¡Amor! ¡Sagrado Amor! De tus torrentes
¿quién calcular el número y la anchura
podrá, ni los espacios diferentes
que palpitar bajo tus huellas sientes
cuando te lanza Dios desde la altura?
La patria, el arte y la familia, templos
de tu espíritu son y de tu llama,
y falta para hablar de tus ejemplos
estro a los vates, lenguas a la fama.
Tú prestas de la tierra en que nacimos
al éter más fulgor, y sus serenas
noches embalsamadas percibimos
de más encantos misteriosos llenas.
Parece que sus flores más gentiles
son y de más aroma
y que la aurora, al levantarse, toma
tintas, luz y fragancia en sus pensiles
allí donde arrullaron nuestra cuna,
recuerda con sus trémulos albores
melancólica luna
la casta aparición de los amores
primeros, cuando el hombre casi niño
ignora, por su mal o su fortuna,
la imperiosa atracción de otro cariño.
Así cuando falanges invasoras,
grey servil de un tirano,
tumbas y altares de la patria huellan,
las fuerzas de tu amor arrolladoras
en todo corazón ¡oh, España! sellan
tu aliento soberano.
¡Ay entonces del bárbaro homicida
que alzó rugiendo la incendiaria tea,
que al viejo inerme despojó de vida
taló tus campos y burló tus leyes!
De tus hijos la turba gigantea,
como tropel flamígero de Reyes,
pronto hará, en su furor, del extranjero
lo que irritada tromba en su camino,
lo que el alud que arranca el torbellino
y lo arroja al voraz despeñadero.
También del arte a la gloriosa cima
contigo a celebrar sus esponsales
el genio, Amor sagrado, se sublima.
El Norte sus etéreas Catedrales
con tus rayos anima;
el Egipto sus tiendas sepulcrales;
dan vida al Parthenón griegos cinceles,
y en el Oriente en rocas sin medida
abre a sus dioses colosal guarida
una generación de Praxiteles.
Alzó el genio sus alas a tu cumbre,
de donde toda inspiración dimana,
y saturó su mente creadora
la inmaculada lumbre
de la primer mañana;
y del virgíneo encanto de su aurora
las líneas y contornos trasladando
a la estatua, y al libro, y a la escena,
fue de las artes la región serena
de estrellas salpicando.
Tu acento es el prodigio: del tirano
a cuyo aspecto enmudeció la tierra,
de los héroes sangrientos de la guerra
ideal soberano,
que a Persépolis, Tiro y Babilonia
entregó como establo a los corceles
de la falange invicta macedonia,
la cólera inflamada
se estrelló de un artista en la morada:
¡en la casa de Píndaro el poeta!
Pues al trabar allí lucha secreta
el rayo aquel de enconos y de muerte
con el otro de luz y maravillas,
¡ante el astro cayó, cual masa inerte,
aquel titán esclavo, de rodillas!
pero así cual su fúlgida diadema
el sol en los planetas reproduce,
y el pensamiento divinal traduce
de luminosos mundos el sistema,
así de los amores el tesoro
de la familia en el sublime coro
se nutre y agiganta,
y cual himno de arcángeles sonoro,
la mujer en su seno se levanta,
como de sacro incienso en blanda nube,
entre espirales de oro,
de los creyentes la plegaria sube.
¡La mujer y el amor! Al pensamiento
de tan bello poema
de ternura infinita, el alma siento
que trémula, turbada y anhelosa
con tal fascinación, cual mariposa
sacrificada al éxtasis se quema.
¡La mujer! En atmósfera radiante
descendiendo la ve la fantasía
por escabeles de ópalo y de grana,
al éter semejante
cuando el padre del día
desprende de sus brazos la mañana.
¿Escucháis?… De sus pasos la armonía
recuerda los conciertos estelares.
¿Detiénese?… Las olas
inmobles de los mares
copian mal su radiosa transparencia,
y no tiene el abril en sus corolas
el perfume y la luz que su presencia.
En su frente de oráculo inspirada
brilla la majestad de la inocencia
ceñida de fulgores siderales,
y brilla en su mirada
el bien con sus halagos eternales.
No mueve tan gallarda su cimera
escondida entre nubes la palmera,
ni tiene tan süave
eco la brisa en el jardín ameno,
ni es tan gracioso el cántico del ave,
como su acento de caricias lleno.
Cual tierna flor que el pudoroso seno
al beso halagador de la naciente
claridad entreabre con más vida,
de la mujer, como arpa estremecida
que el artista pulsó con mano ardiente,
a todo sentimiento delicado
responde el corazón enamorado
ofreciendo al errante peregrino,
cuya frente surcó la diestra impura
de bastarda pasión, otro camino
por el feliz vergel de su dulzura.
Dos miradas subiendo
a un punto luminoso de la altura;
dos átomos de luz en solo un rayo,
dos corolas sus ámbares fundiendo,
de dos almas gemelas un suspiro,
todo es obra de Amor; su cetro blando
va por doquier, en incesante giro,
felicidad y vida derramando.
Amor, tus rayos lanza,
y del éxtasis tuyo al ígneo beso,
reanímese la tierra en la esperanza
de la verdad, del bien y su progreso;
y de eterna ventura en dulce prenda,
dame con tu asistencia bendecida
que toda aspiración su vuelo encienda
en tu calor fecundo,
y flote en las corrientes de tu vida,
mi corazón, mi hogar, mi patria, el mundo.

El propio Alfonso XII en persona dio en mano más de un premio y felicitó al Sr. Devolx. Sin embargo, y a pesar de esta cercanía, en honor a la verdad, he de decir que la protección invocada en la demanda y auspicio de la RAE arriba copiada no se cumplió jamás. Y cabe preguntarse entonces para qué esos jurados “nada sospechosos” consideraron premiar al Sr. Devolx, y luego alabar su poesía para solicitar lo que nunca se llevó a cabo.

2 comentarios


  1. Mi pregunta es:

    ¿Es esto lo que consideras obra de la buena poesía?

    “celebrar la gloria de altas empresas o enaltecer las virtudes y el valor de mártires insignes o de esforzados capitanes, cuando no a cantar con estro vigoroso y tierno a la vez las excelencias y encantos de todo lo que hace amable nuestra vida: la patria, la mujer, la belleza, el amor, la justicia y el trabajo”

    Porque, como se expone, parece un plato de pasta precocinada. Pero no sé.

    Cita | Posted 5 Junio 2009, 16:12

  2. Pues tú mismo has juzgado, que es lo que yo pretendo. Si te fijas, la cita que extraes no es mía, sino de crítica de la época. Y repara también en cómo titulo el artículo, “Sic transit gloria mundi”.

    Ponte ahora a hacer caso de la crítica actual, con respecto a literatura actual. El caso es que sólo dentro de cien o ciento cincuenta años, nuestros nietos dirán lo que era acertado y lo que no.

    Un saludo, y gracias por leerme.

    Cita | Posted 5 Junio 2009, 18:08

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