La locura del género
Me resulta harto curioso el bajo número de personas de las que están peleándose por poner en femenino toda cuanta palabra hay, tenga o no género, que me toman en serio cuando, tras oírlas decir: “mi profesor es un políglota” o frase semejante, las corrijo: “polígloto”. Hasta ahora, he encontrado que casi en un cien por cien piensan que este masculino me lo he inventado yo… e incluso no ha faltado quien haya intentado agredirme, en su creencia de que me estaba burlando. Pues este tipo de gente, en cuanto a lo de darle a la lengua se refiere, suele ser muy beligerante. Aunque lo cierto es que “polígloto” no sólo es correcto, sino que es lo que se debería decir para este género en uso del lenguaje con toda su propiedad. Y lo mismo puede decirse de “autodidacto”. Que se enteren. Y, si no me creen, que consulten cualquier buen diccionario.
Pero no sospechen ustedes que tal ignorancia se reduce a la transposición del femenino al masculino. Porque uno podría pensar que son feministas, por lo cual, en su práctica de aquello a lo que han dado en llamar “discriminación positiva” tratan de asimilar también al hombre con el género femenino al igual que, según ellas, ha ocurrido secularmente llamando “médico” a la mujer que ha ejercido la medicina, “abogado” a la que ha desempeñado la abogacía, o “juez” a la dedicada a la magistratura. Para demostrarlo, trate de corregirlas de “cantante” a “cantatriz”, y experimentará usted la sorpresa y contradicción de las personas aludidas.
Y me pregunto: ¿por qué, si tanto quieren feminizar, no empiezan por enterarse y recuperar para el lenguaje habitual aquellas formas femeninas ya existentes en nuestro fondo lingüístico patrimonial? ¿Por qué no siguen por desalojar al masculino de palabras que está usurpando, obligándole a escoger la correcta, “autodidacto”, “polígloto”…?
Después de haber consultado, incrédula, un manual de léxico, una mujer (no es sexismo, no se exalten: es que precisamente lo era), sorprendida, me dijo una vez de “cantatriz”: “-Es que me suena algo así como despectivo… Claro, como se parece a meretriz, o a fregatriz…” Y me dejó de piedra. ¿Meretriz y fregatriz, despectivos? ¡Pues anda que “jueza”! (que es lo que se ha utilizado siempre para designar humorística, despectiva o burlonamente a la mujer del juez: en el mismo título de La Regenta ha quedado plasmado literariamente este uso). ¡O “generala”! (lo mismo que “jueza”, además de ser un toque de trompeta). No, es que “jueza” y “generala”, con todo su paradigma histórico, no tienen entidad para sonar despectivos, claro. Adviertan que ya he elegido palabras para las que ni siquiera el supuesto argumento de acabar en “o” sirve para forzar su femenino en “a”. Y añado: ¿es “actriz” despectivo? ¿Y qué me dicen de “emperatriz”? Por cierto, ¿no acaban estas palabras en zeta, igual que la supuestamente masculina “juez”? Y si, sin salirnos del mismo campo semántico, se dice “capitana” o “sargenta”, ¿por qué no hablamos de “caba”, o “tenienta”?
Para que nadie se me ofenda, voy a rellenar agujeros. Cuando más arriba he dicho “corregirlas”, no es porque me estuviese refiriendo a que las equivocadas fueran indefectiblemente mujeres, sino a que la palabra “personas” exige modificadores en femenino. Pues por la teoría de que tan machista es el lenguaje heredado de nuestros abuelos, no acabo de comprender cómo un vocablo que nos designa a todos (“-¡Y a todas! ¡Y a todas!” ya oigo chillar por ahí), mujeres y hombres, pueda tener esta particularidad. Incluso en singular: “una persona” puede ser también un hombre. Pues ¿qué me dicen de “gente”? “La” gente. Pero no es extraño que se produzca la incoherencia de olvidar la reivindicación de estos vocablos para designar exclusivamente a las mujeres, a la vista de hechos como que “poeta”, masculino aunque acabe en “a”, se haya extendido al género común tanto que hasta hay gente ya que ignora que su tradicional y verdadero femenino es “poetisa”. ¡Un femenino que se nos va a morir! ¡Utilicemos “poetisa”!
Si el género de las palabras debe ser ineludiblemente asociado a una realidad física orgánica como es el sexo, ¿se dan cuenta de lo paradójico que resulta hablar de un vocablo femenino y de una palabra masculina? Si no caen a la primera, piénsenlo antes de seguir leyendo. Entre otras cosas, la adicción por las aes de quienes quieren elaborar un lenguaje “genéricamente igualitario” despide un tufo ciertamente enfermizo. Me pregunto por qué se aplican con tanta alegría a asociar esta letra a lo femenino, si ni siquiera la propia palabra “mujer” acaba en ella. Como si el castellano fuera tan pobre que sólo tuviera ese recurso para expresar su género. ¿Cuál será, pues, la letra asociada a las terminaciones masculinas? Se supone que la “-o”, aunque ya hemos citado arriba los casos de “juez” y “general”, que acaban en fonemas tan neutrales como podría ser la “r” de mujer, y el correccionismo insiste en añadir la “a” secularmente utilizada por razones despectivas o humorísticas hacia la mujer del juez o del general (y que, ésa sí, debería condenarse al olvido por representar lo que representa, si fuéramos feministas coherentes). Si es porque, aunque se haya dado en esas situaciones peyorativas, el uso de esos femeninos ya los ha acuñado como tales, ¿qué me dicen de “parienta”? Usemos “parienta”. Aunque en principio sea un supuesto femenino burlesco derivado, a su vez, de “parir” (por eso lo usan los palurdos para referirse a su esposa), tiene, por precedentes, el mismo derecho que “regenta” a ser admitido en la lengua estándar correcta, ¿no?
Y ya que la “a” es femenina, ¿es que habrá que decir también “pediatro”? ¿O “logopedo”? ¿Quedaría bien “pederasto”? Estas tres, hasta ahora acababan en “a” y no eran femeninas ni masculinas, sino comunes (más abajo hablo de las palabras comunes al femenino y al masculino).
Otro tema. Hemos visto arriba el caso de las terminaciones en “-triz”, pero ¿qué hay cuando la palabra designativa del ser macho es totalmente diferente a la de la hembra? ¿Cuál es el femenino de “caballo”? Pues debería ser “caballa”. ¿Quién ha dicho por ahí “yegua”? ¡Error! “Yegua” no es el femenino de “caballo”, sino la palabra que designa a la hembra de la especie cuyo macho está representado por la voz “caballo”. La palabra en femenino sería la misma raíz que en masculino, pero con otra flexión. Cuando la voz es distinta, ya no es su femenino: es, simplemente, otra. En todo caso, el masculino de “la yegua” debería ser “el yeguo”. Demuéstreme usted que no es así.
Según lo que he dicho en el párrafo anterior, “mujer” tampoco puede ser el femenino de nada. Pues claro. Trate de encontrárselo. “Hombre” no puede ser el masculino de “mujer”, puesto que es una palabra totalmente diferente. Son sólo dos palabras distintas que se aplican para designar al macho y la hembra de una especie. Luego, que cada una de ellas sea masculina o femenina particularmente, va determinado por los modificadores que la acompañan, y es asunto suyo, propio, que hay que estudiar para cada vocablo concreto. Si cree usted que el masculino o el femenino lo son meramente por oposición mutua, olvídese: póngale masculino a “mies”, o femenino a “coche”. Esta peculiaridad propia de cada palabra pertenece al ámbito particular de algunas lenguas, como el castellano: muchos otros idiomas tienen también una palabra totalmente diferente para “mujer” que para “hombre”, precisamente porque se ven obligados a ello, ya que desconocen el género. Lo cual es otra demostración de que “mujer” y “hombre” no son el masculino y el femenino de la misma palabra. En español, la especie designada por “toro” y “vaca” tiene un vocablo para designar al que física y orgánicamente no se puede considerar ni una cosa ni otra: “buey” (busque en el diccionario quien tenga dudas). Y, sin embargo, es gramaticalmente masculino. No es afirmación gratuita: nada se opone a que hubiera evolucionado a neutro, y decirse “lo buey” (más adelante hablaré de este género). Una prueba más del desinterés del género por el sexo.
¿Podría incluso una palabra femenina designar a un ser macho, y una masculina a una hembra de la misma especie? En castellano, por lo menos, tal caso no se da; pero en principio, gramaticalmente nada se opone a ello. La demostración es que en este mismo idioma existen palabras que admiten modificadores (es decir, artículos, adjetivos, etc.) en masculino o femenino según convenga, y ellas permanecen invariables. Por ejemplo: el feminista (¿A que las propias feministas no son partidarias de “feministo”?) es alto, la feminista es alta; el atleta es rápido, la atleta es rápida. No sé por qué, pero todo el mundo rechaza decir “el atleto”. Aunque, en realidad, quien quisiera hacerlo tendría la misma razón que para decir “la doctora” (que ya se ha impuesto y a nadie parece raro).
Puesto que “atleta” y “feminista” admiten ser rodeados tanto por modificadores masculinos como femeninos sin alterar su propia forma, ¿de qué género son? Pues la gramática tradicional lo había resuelto ya: este género se llama común, un nombre muy coherente con esta propiedad tan universal de que lo mismo sirva para varias cosas distintas. En la vida real existen seres machos o hembras, pero no comunes. Lo más parecido tal vez sea el buey del que antes hablaba, y otros seres castrados por el estilo. Bueno, si queremos admitir la homosexualidad como propiedad de los seres vivos correspondiente al género común en gramática, tendríamos que hablar de los homosexuales en este género. Veamos: “alta” para la hembra, “alto” para el macho. Para el homosexual ¿cómo sería? No existe. Otra prueba más de que los géneros y los sexos no tienen por qué coincidir. Además, la homosexualidad tampoco se puede considerar como un sexo biológico físico formalmente hablando, de lo que a la vista se pueda ver y juzgar directamente, sino como una orientación sexual que pertenece más bien al ámbito psicológico, que es (o debería ser) asunto personal de cada uno.
Existen muchos adjetivos del género común. Por ejemplo: algunos colores, como “azul” o “verde”. Nadie dice: “como soy mujer, me he puesto azula”, ni “verda”. También es común “grande”. No es “un hombre grande y una mujer granda”. Una vez más se ve cómo género y sexo no coinciden ni tienen por qué.
De hecho, en español existen femeninos que designan a machos y masculinos que denotan a hembras. Nadie dice “el serpiente es largo”, aunque sea macho. Y todavía más raro suena “la pez es bonita”… entre otras cosas, porque pez rodeado de modificadores femeninos significa otra cosa. Recuerdo que tal circunstancia también quedaba resuelta por la gramática tradicional. Estas voces masculinas o femeninas por fuerza, a la vez no se podía decir que fueran una cosa u otra, por su calidad de inflexivas. Por sí mismas, su invariabilidad les impide dar información sobre el sexo, ni sobre ninguna otra característica, del ser vivo designado. Había que añadir “macho” o “hembra” si se quería especificar más, y aún así permanecían invariadas: “la serpiente macho”, “el pez hembra”. Se llamaban palabras de género epiceno. Su diferencia con el común es que éste puede estar acompañado de modificadores masculinos o femeninos a conveniencia para denotar la distinción de sexo en el ser al que nombran, lo cual no ocurre en ellas. Hay que decir “macho” o “hembra” a la fuerza para que se sepa el sexo del animal al que nos estamos refiriendo, para que pueda quedar especificado. En las palabras epicenas, el idioma tradicional (tan machista él, según se nos quiere dar a entender por los revisionistas del género) aún tenía una deferencia para con los modificadores femeninos: cuando hablamos de “la serpiente macho es larga”, ese “la”, y el “larga” sí son verdaderamente femeninos. Es decir, que se permite aquí esta inconcordancia con la masculina “macho”. En cambio, cuando decimos “el elefante hembra es gordo” (ya se dice por ahí sin empaque el puerilismo o infantilismo “la elefanta”), no podemos asegurar indiscutiblemente lo mismo de “el”, que puede proceder tanto del latín “ille” (masculino) como de “illud” (neutro)… e incluso nada se opone a que lo haga de “illa” (femenino). De aquí la utilización eufónica de “el” con palabras del todo femeninas: “el agua es clara”, “el hacha es blanca”, etc. En este caso, “el” debe analizarse morfológicamente como artículo femenino. Si es que, en el lenguaje, unas cosas siempre se compensan con otras. La existencia del género epiceno en español, precisamente referido a animales, constituye un elemento más que demuestra la no intencionalidad primigenia de este accidente gramatical para marcar el sexo. Hay muchos animales superiores que se nombran con epicenos: cebra, jirafa, chacal, canguro, etc.
De acuerdo con este tema, voy a hacer un inciso para referirme especialmente a la palabra “persona”. Algunos gramáticos olvidadizos pretenden machacarnos con el cuento de que es epicena. Pero ¿es lenguaje natural: “la persona macho” o “la persona hembra”? ¿”La persona varón” o la “persona varona”? O, lo más pueril, ¿”la persona masculina” y “la persona femenina”? El buen hablante ¿encuentra necesario especificarlo, como no quiera dar a su expresión un giro artificial? Claro que no. Son expresiones que no se utilizan nunca, salvo forzadas excepciones que ya suenan raras; por tanto, sería incorrecto, o, en todo caso, antinatural, decirlas. Simplemente porque esta lengua tiene su forma propia de designar a cada uno cuando es necesario, “hombre” y “mujer”, que ya significan “persona” de uno u otro sexo según se precise. Dicho de otro modo: “persona” se reserva para cuando no hace falta especificar sexo, o bien porque ya se conoce, o bien porque no interesa o no importa. Exclusividad que no comparte con las declaradamente epicenas, como “hiena” o “topo”, que hay que usarlas a la fuerza siempre. Luego, la palabra “persona” no debe ser de este género, como se nos quiere dar a creer, sino ¡femenina! Sí, señores, una palabra femenina que designa a una mujer o a un hombre. Pues del género femenino es ella, nosotros no somos sino del sexo macho o hembra, resulte todo lo incorrecto que queramos en el estúpido sentido “político”. Nos convenga o no, las cosas son inexorablemente como son.
Aún nos quedaba el género ambiguo, el de aquellas palabras que designaban exactamente al mismo objeto si se las trataba en masculino que en femenino, porque les era indiferente. Por ejemplo: el mar es bonito, la mar es bonita. Permanecen unas seiscientas palabras de este género en castellano, aunque muchos hablantes las utilizan habitualmente en un solo género e ignoran que puedan hacerlo en el otro. Como es previsible, si la palabra cambia de significado con el trueque de género, no se puede decir que sea ambigua, sino que debemos hablar de dos palabras diferentes: “el margen-la margen”, “el pez-la pez”, “el galeno-la galena”. Otra prueba más de que la oposición de géneros no está asociada necesariamente al sexo físico de lo nominado: en ocasiones nada cambia, y en otras indica un significado radicalmente distinto. Con respecto al último de los tres ejemplos dados, lo he traído a propósito. Galeno fue un médico célebre en la antigüedad, hasta el punto de que, por analogía, ha quedado su nombre en el diccionario como sinónimo de médico. Por una mujer que se dedica a la medicina ¿tendré que decir “una galena”? ¿Hubo también una Galena mujer equivalente al Galeno varón? Aplicando la regla de que sí, podré afirmar de un hombre malvado que es un mesalino, o decir de don Manolito, el marido de doña Joaquina, que, puesto que son tan bondadosos los dos, es un Santo Ano (en alusión onomástica a los padres de la Virgen María, San Joaquín y Santa Ana).
E incluso, la gramática tradicional resolvía el género de aquellos adjetivos o proposiciones que, por alguna razón, tenían que quedar convertidos en sustantivos y precedidos por el artículo “lo”: “lo cortés no quita lo valiente”, “lo que quiera la gente no debería influir en la ética de las decisiones de un gobierno”. Si “cortés” es sujeto, es que tiene que ser un sustantivo, pero precedido de “lo” ¿cuál es su género? Pues neutro, género neutro. En castellano, el género neutro de los adjetivos por lo general coincide en forma con el masculino, lo cual no quiere decir que sea lo mismo. Por ejemplo: “lo que ocurra por haber hecho las cosas así es arbitrario” (neutro), y “el resultado de haber hecho las cosas así es arbitrario” (masculino). Esta circunstancia ha contribuido a la confusión de los, a veces no muy informados, feminizadores a destajo.
No sé ustedes, pero yo creo exagerado que tenga que haber seis sexos porque en castellano se diferencien seis géneros. Y éstos, hay idiomas en los que se establecen aún en mayor número, estando incluso mucho más vivos que en español. Ya lo decía Fowler en su Dictionary of Modern English Usage (Oxford, 1940): “género es un término estrictamente gramatical. Hablar de personas o criaturas del género masculino o femenino, es una jocosidad (permisible o no según el contexto) o una equivocación”. Mezclar género y sexo indica una mentalidad comparable a la del niño que define a la gata como “la mujer del gato” y al gato como “el marido de la gata”. De hecho, en la inmensa mayoría de las lenguas del mundo no existe el género en absoluto. Sólo que éste es una peculiaridad de las indoeuropeas, que cuadran ser las más habladas. En el resto, si se quiere designar exclusivamente a los seres machos o a las hembras hay que especificarlo, porque carecen de recursos para diferenciarlos directamente. Tienen los pronombres y los modificadores que haya (adjetivos, artículos, etc.) invariables para todos los sustantivos, designen machos, hembras o seres asexuados. Y aun en las lenguas indoeuropeas, ya hace tiempo que se sabe que el principio del género no era diferenciar el sexo de los seres vivos, sino distinguir a los seres animados de los inanimados. Esto contesta a la pregunta de por qué en los idiomas con género, todos los sustantivos lo tienen aunque designen objetos que carecen de sexo (en inglés, por ejemplo, éstos son mayoritariamente del género neutro). Y también de por qué en unas lenguas son masculinos los sustantivos que designan seres que en otras son femeninos y viceversa: en alemán, el sol y la luna son femenino y masculino respectivamente, al revés que en castellano. Y otras muchas cuestiones que sería complicado discutir aquí ahora.
Es curioso que, por ejemplo en cuanto a profesiones, ese género sintético y forzado se dé generalmente en aquéllas en las que hay mayor índice de personas acomplejadas con estar haciendo algo que, en su fuero interno, creen no corresponde a su sexo. Esto se trasluce en el hecho de que una persona que pondría el grito en el cielo por oír “futbolisto”, ¡o incluso “feministo”!, no se empacha en lo más mínimo autodenominándose “modisto”, jaleado por el aplauso de sus compañeras de oficio. Si queda bien “el camarada”, ¿qué hay de malo en decir “el azafata”? Lo difícil es hacerles comprender que ese complejo es asunto suyo, que está en sus mentes, que es su problema. A la gente normal nos trae al pairo que sean hombres o mujeres, siempre que hagan bien su cometido. Al contrario: lo sospechoso es que, siendo supuestamente el mismo trabajo, haya de modificársele el nombre. Por lo demás da igual: si a los que son unos paletos y unos energúmenos no les va a cambiar el hecho de que se haya sustituido una “a” por una “o”, o viceversa. Van a seguir pensando y diciendo lo mismo.
Llama la atención que el inglés, lengua con la que inevitablemente hemos tenido que comparar el castellano durante años, no padezca en tal grado este apuro. Y eso que en inglés es de buena utilidad el género en el sustantivo y el adjetivo, puesto que carece de él en el artículo. Paradójicamente, muy pocas profesiones tienen género en este idioma. Si existen “actor” y “actress”, ¿por qué no se dice por “doctor”, “doctress”? Yo sé de algunas anglohablantes (¿anglohablantas?) que, si el nombre de su profesión tiene género, incluso exigen nombrarse en ella igual que el hombre. Consideran discriminación el que se les dé de comer aparte denominándolas distinto. En el fondo, son las mismas ganas de tocar las narices removiendo el idioma en busca de notoriedad, pero a la inversa. Es pedantescamente sintomático que, a pesar de tanta pelea por feminizar nombres de oficios, hayamos tenido ese servilismo esnobista aceptando del inglés algunos de ellos, como “canguro” para alguien que cuida niños a domicilio, y que los conservemos comunes: a nadie se le ocurre aquí “la cangura”. Si, durante algún momento del siglo XX, no hubiera empezado en castellano a reivindicarse el femenino para todo, creo que hoy esta lengua estaría prácticamente en el mismo caso que la de Shakespeare. Pues, en realidad, fuera de los acabados en “-ero”, (y de los que hacían el femenino en “-triz”, a punto de convertirse en fósiles o de desaparecer), todos los demás denotativos de oficios eran comunes. Y aún algunos habría que mirarlos con lupa, porque en femenino pueden significar otra cosa, y parecer incluso insultos. Por ejemplo: cartero-cartera (femenino que denota objeto, libre de sospecha de haber llegado a tal después de ser usado peyorativamente). Ya podríamos inventar otra palabra para la mujer que reparte las cartas.
¿Dónde quiero llegar con todo esto? Veamos: ¿cómo el toro, símbolo del macho ibérico por excelencia, va a conformarse con ser un “cornúpeta”? Eso lo será la vaca. Reivindico que, por la misma razón que todo término acabado en algo que no sea “a” hay que feminizarlo inmediatamente, lo propio debemos hacer con respecto al que no acabe en “o”, aplicándole ésta para masculinizarlo. Así, para no ser maltratado y discriminado también por razón de sexo, ya que tanto lo es en el coso, el noble astado habrá de pasar a ser “cornúpeto”. Además, ahora, con esto de la protección salvaje y a ultranza de los animales, especialmente con la fiebre antitaurina, no podríamos imaginar nada más a la moda. ¡Amistémonos, solidaricémonos con el toro! Aquí tenemos un buen porqué para iniciar la masculinización a la cual no podrán, en conciencia, sustraerse quienes invocan razones ideológicas para feminizar. Ahora que advierto: puestos a ser ideológicamente irascibles hacia el lenguaje, todo el mundo puede hallar en él algo que le moleste, si quiere molestarse; y dar gusto a unos, siempre va a suponer incomodar a otros.
Propongo que, en cuanto a palabras que no acaben en “o”, desconfiemos de ellas. Que no me cuenten historias. Las razones etimológicas no son lo mismo que las lógicas. Estamos en castellano, en el siglo XXI, no en latín. Nada de “juez”: “juezo” quedará mejor. “Bedelo”, “generalo” y “ujiero” serán lo propio, coherente con “jueza”, “bedela”, “generala” y “ujiera”. Antes eran vocablos de género común: lo más normal es que, si les inventamos un femenino, debamos crear para ellos también un masculino. En cuanto a derecho, hay el mismo a terminarlos en “o” que en “a”. Es más, por analogía con la última palabra citada, yo llegaría incluso a plantear que “mujer” no es designación apropiada para quien se aplica, sino que deberíamos decir “mujera”. “Persono”, en lugar de “persona”, será lo que promocionemos cuando nos refiramos al varón. En cuanto a ridículo, me parece que “esteto” no suena menos que “cartera” aplicado a la mujer que reparte las cartas. “La cartera lleva cartera”. Y, puesto que de antiguo existen “patrón”, “patrono” y “patrona”, ¿por qué no, de “matrona”, “matrón” y “matrono”? Aquí, cuidado con los nombres propios. Concepción deberá ser “Concepciona”. Podemos acuñar también “Concepciono”. Don Borja será don “Borjo”. Eso sí, doña Rosario, doña “Rosaria”; que rosario, además, es sustantivo masculino. A las Cleopatras no se nos ocurra llamarlas “Cleo”. Deberán ser “Clea”. El reparto es equitativo, ¿o no? Y que no se me queje nadie de que “pederasto”, por ser nuevo, todavía puede ser tomado por eufemismo, mientras que a ellas les queda “pederasta”. Porque, lo que es a esta palabra, “logopedo” no se le queda atrás.
Totalmente a favor de tu disertación, pero como ya decía nuestro egregio academico A. Pérez Reverte, el mundo está lleno de “gilipollas y gilipollos”.
Un abrazo.
↓ Cita | Posted 29 Diciembre 2008, 0:52¡Qué lindo nacimiento!
↓ Cita | Posted 12 Abril 2009, 19:31En mi país asi le llamamos.
Un gusto leer su artículo
Gracias a los dos, por leerme.
En España también se llama nacimiento, Blanca. Éste es uno de juguete, de la marca “Fisher Price”, de “Little People”. Lo vi en una tienda de juguetes, me gustó y lo compré. Desde el año pasado, que inicié este blog, me he propuesto felicitar siempre la Navidad con una fotografía hecha por mí, de un nacimiento que vea y me guste.
Es un gusto que me lean personas de otros países, como vosotros.
Un saludo.
↓ Cita | Posted 15 Abril 2009, 10:57Muy interesante! Me sirvió muchísimo, muchas gracias. Si te interesa, yo tengo un sitio web con mucha información sobre el Cabello Lacio.
↓ Cita | Posted 12 Junio 2010, 13:33