El Cisma de Oriente (I): La querella iconoclasta.
Ya resumí en una ocasión el llamado Cisma de Occidente, cómo se produjo y su posterior desarrollo hasta su resolución. Ahora, por si tenéis curiosidad, os voy a relatar cómo sucedió el primer gran cisma histórico de la Iglesia, el de Oriente. Éste fue muy anterior al otro, pero también mucho más complejo e importante, ya que su gestación duró aproximadamente tres siglos y, una vez consumado, ha perdurado hasta hoy.
La complicación y longitud del tema me ha oblighado a dividirlo en tres capítulos: I) La querella iconoclasta, II) Focio, y III) Miguel Cerulario. Hoy os presento el primero. Espero que, a quienes os guste la Historia, lo paséis bien con su lectura.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que un cisma es simplemente una separación de la Iglesia, que puede conllevar herejía (negación de dogmas o admisión de nuevos) o no. Para la Iglesia Católica, tanto el de Occidente como el de Oriente han sido simplemente cismas, no herejías.
A principios del siglo VIII, Roma formaba parte del Imperio Bizantino, cuya capital estaba en Constantinopla. El Imperio controlaba la parte sur de Italia, a través de un legado que se llamaba “exarca”, establecido en Rávena. Hay que entender que el estado nación no había aparecido todavía en la Historia, por lo que entonces el dominio administrativo no buscaba principalmente abarcar un espacio territorial concreto donde todos los núcleos de población que se estableciesen tuvieran necesariamente que obedecer y pagar tributo a un mismo gobierno. En este caso, tanto Bizancio como los reinos bárbaros daban fe de su presencia mediante el establecimiento de enclaves, núcleos de población que incluso podían quedar incrustados en demarcaciones donde tuvieran que coexistir con un entorno de otros asentamientos dependientes de administraciones distintas… normalmente, hasta ser conquistados por sus mayoritarios vecinos. En este caso, naturalmente, era importante el número. Se trataba de un dominio más humano que territorial. Este modelo administrativo se aprecia mejor si contemplamos la mitad septentrional de aquella Italia, ocupada por un reino que había establecido su capital en Pavía desde hacía casi siglo y medio: el de los lombardos, en el cual Roma era casi como quien dice un injerto de Bizancio.
A su vez, la Iglesia cristiana estaba (como aún hoy) organizada en patriarcados. Éstos son comunidades de fieles canónicamente dependientes de los respectivos patriarcas, obispos de las mayores sedes episcopales de la Iglesia. Desde el siglo VI, éstas eran: Roma, Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Jerusalén. El patriarca de Roma era, además, el Sumo Pontífice (Papa), y dentro de cada patriarcado, los obispos, a su vez, se subordinaban jurisdiccionalmente a su patriarca. Los patriarcados tenían derecho a ritos propios dentro de la liturgia, siempre que no se contradijeran con los dogmas generales que marcaba el papado. Estos dogmas eran, como hoy, definidos en los concilios, en los que participaban todas las partes afectadas. Así pues, podían convivir templos en los que se practicaran los ritos propios de uno u otro patriarcado, lo cual sucedía a menudo en zonas fronterizas, e incluso existían templos comunes, donde el rito era diferente según el sacerdote que lo oficiara. Por ejemplo: la lengua litúrgica era el latín para los eclesiásticos romanos, mientras que los bizantinos utilizaban el griego.
Desde los primeros tiempos, la Iglesia había permitido el desarrollo de la iconografía, pero con fines meramente instructivos. Sin embargo, sobre todo en el Oriente del Imperio, algunos comenzaron a considerar peligroso el carácter que estaba tomando este culto a las imágenes, pues parece que no faltaban cristianos que las consideraban venerables por sí mismas. En aquel momento, León III “el Isáurico”, emperador de Bizancio, recibe el influjo de una herejía entonces en boga, la pauliciana, y cree buena idea seguir el ejemplo de las otras dos grandes religiones monoteístas cercanas (el Judaísmo y el Islam), prohibiendo utilizar en el culto las imágenes de la Virgen y de los santos, a la vez que ordena destruirlas (726). Realmente, el Emperador deseaba así reducir el número de monjes y de monasterios dedicados a las advocaciones, dado que arrebataban hombres al ejército y tierras al fisco. (Una advocación es una glorificación de algún personaje santo en memoria de algún hecho que hubiese llevado a cabo en determinado lugar: por ejemplo, son diferentes advocaciones de la Virgen las del Pilar, Fátima o Lourdes).
Esta medida fue tremendamente impopular. Brotaron diversas insurrecciones en todo el Imperio, y hasta se levantó un usurpador, que hubo de ser derrotado y muerto. Naturalmente, desde Roma el Papa Gregorio II negó razones doctrinales a la decisión imperial, defendiendo su parte y alegando que se trataba de una injerencia de la autoridad civil en un asunto estrictamente religioso. León III reaccionó con presiones sobre el Pontífice, llegando a amenazarle con enviar emisarios que demolieran personalmente la efigie de San Pedro y le llevaran al Papa encadenado, si éste no legitimaba la ortodoxia de lo que se le pedía.
Cuando vio que no lograba sus fines, y que la jerarquía eclesiástica acataba el criterio del Pontífice, el Emperador depuso a Germán, Patriarca de Constantinopla, y lo sustituyó por un adepto suyo, Anastasio. Acto seguido, cumplió su amenaza y despachó emisarios hacia Roma, para que destruyeran personalmente las estatuas. En aquella ciudad, el pueblo recibió a estos enviados amotinándose y linchándolos. La insurrección cundió inmediatamente por toda Italia. Ante la dificultad de someter directamente a un Papa atrincherado tras el fervor popular, León III se conformó con establecer la autoridad religiosa de su Patriarca sobre el resto de las provincias italianas.
Garantizado esto, el Emperador limitó a ello todo su interés por sus posesiones en la península, dejando aislado al Papa en Roma, a la que abandonó a su suerte. Por lo demás, cuando el Pontífice le llamó repetidamente a que garantizara la defensa ante la amenaza del reino lombardo, que aspiraba a expulsar a los bizantinos y unificar Italia para sí, León se comportó pasivamente.
Así pues, el Papa se veía obligado a actuar como la máxima autoridad romana, manteniendo mano izquierda con el rey lombardo Luitprando, de quien temía constantemente que intentase conquistar la ciudad para someterle y controlar su ascendencia en beneficio propio. Esto le pareció todavía más posible cuando los lombardos se impusieron en Espoleto y Benevento (zonas del centro de Italia hasta entonces bajo dominio bizantino).
Gregorio II falleció en 731 y fue relevado por Gregorio III. Uno de los primeros actos de éste nada más elevado al solio, fue convocar un concilio en Roma en el que condenó la doctrina iconoclasta (es decir, la que da a las imágenes la suficiente importancia como para que tengan que ser expresamente destruidas y prohibida su presencia en el culto) como una especie de superstición, comparable a la opuesta (idolatría). Esta resolución también fue oída por gran parte de la Iglesia oriental, donde San Juan Damasceno le hizo gran propaganda con sus escritos.
El Cristianismo del Imperio oriental quedó, así, dividido en dos grandes bandos: el de los iconoclastas, seguidores del Patriarca impuesto por León III, y el de los iconódulos (“amigos de las imágenes”). Ya que los primeros profesaban un credo reformado, y dado que entre los segundos había entonces varios otros grupos cristianos herejes, los iconódulos partidarios del Papa pasaron a adoptar también la denominación de “ortodoxos”, o seguidores del tronco cristiano primigenio. La iconoclastia no supuso, pues, el Cisma de Oriente por sí misma, sino una herejía precismática; pero contribuyó a que, desde un siglo y medio antes de la separación, la parte oriental del Imperio se sintiera desprendida de Occidente en el tema religioso, una sensación que ya no desapareció.
En 741, Zacarías fue nombrado Pontífice, mientras a León III le sucedía Constantino V “el Coprónimo”, todavía más preocupado que su padre por asociar su autoridad al tema religioso. Ese mismo año, el rey lombardo Astolfo se apodera de Rávena, capital de la exarquía. De nuevo el Papa solicita del Emperador que venga a defender Italia, pero éste le da largas. Como se diría después, Constantino V “prefería luchar contra las imágenes que contra los lombardos”. Los iconódulos se levantaron en Constantinopla, donde proclamaron Emperador a Artavasdes, tío político suyo. Constantino V aplastó esta rebelión, cerró la mayoría de los monasterios y los convirtió en edificios públicos. Infinidad de representaciones gráficas (esculturas, pinturas, mosaicos…) fueron destruidas sin consideración a su valor artístico. Decapitó al Patriarca de Constantinopla para que no sirviera de voz al Papa. Muchos monjes fueron secularizados a la fuerza, otros obligados a casarse o martirizados. Se calcula que unos cincuenta mil huyeron del país. Como réplica al Concilio de Roma, reunió un conciliábulo en Constantinopla (754) que condenó a los iconódulos.
Entretanto, Astolfo se enteraba de que el Papa había reclamado a Constantinopla que le expulsara de las plazas tomadas. Encolerizado, juró conquistar Roma y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. Luego, en vista de los oídos sordos del Emperador, el Pontífice se ve socorrido por el rey de los francos, Pipino “el Breve” (como saben, apodado así por su baja estatura, no por haber durado poco), lo cual supondrá el fin de de la relación política y territorial de Roma con Bizancio (aunque no de la religiosa). Pero esto es otra historia.
Desde entonces, en el trono de Constantinopla se van alternando emperadores iconoclastas e iconódulos. La primera tentativa seria de restauración de la ortodoxia fue llevada a cabo por la Emperatriz Irene, quien reinó en nombre de su hijo Alejandro VI, desde 780 hasta 802. Buscó la alianza con Carlomagno, hijo de Pipino “el Breve”, y consiguió que el Papa (a la sazón Adriano I) reuniera un Concilio en Nicea (787). Así, durante un tiempo las imágenes se devolvieron al culto, y regresó el influjo de los monasterios en la Iglesia de Oriente. Pero no fue definitivo.
Curiosamente, el segundo intento por acabar con la iconoclastia, el que tuvo éxito definitivo, vino por parte de la otra gran regente que tuvo Bizancio, Teodora. Ésta, muerto su marido Miguel II en 842, comenzó a gobernar en nombre de su hijo, Miguel III. Su ministro y consejero Teocisto, hombre muy diplomático, logró sustituir al patriarca iconoclasta Juan por el ortodoxo Metodio. Como consecuencia, se reúne un sínodo que acaba con la ausencia de las imágenes en el culto oriental (843), dando término a la herejía y, por tanto, a la reyerta con el Papado. A Metodio le sucedió el monje Ignacio (846), quien representaría un importante papel en la continuación de esta historia.