¿Es la “Gramática Universal” real o una entelequia?
Se ha cumplido ya medio siglo desde que Chomsky hiciera su de aquélla famoso ataque al conductismo, considerado entonces por muchos (y todavía hoy por algunos) como un rebatimiento en toda regla. Éste será el primero de una serie de artículos que pienso exponer aquí, con objeto de comentar, discutir o simplemente dar mi opinión sobre sus principios y los de toda la generación de lingüistas a la que representa. Muchas de las cosas que diga quedarán incompletas aquí: más adelante las retomaré y será mejor entendida la razón de por qué las afirmo. Cincuenta años engrosando el pecunio de razones, afirmaciones y especulaciones, son demasiado tiempo para referirse a él en breve espacio.
El ataque al conductismo
Desde nuestro punto de vista, al cabo del tiempo e instalados en una generación distante, es difícil saber si en el ojo de este huracán que ahora parece estar remitiendo, se hallaba el propio Chomsky, o si la presunta revolución nunca hubiera tenido lugar de no haber existido previamente los conductistas. Éstos, encabezados por Skinner, partían del supuesto de que el lenguaje, así como cualquier otra habilidad o conocimiento adquiridos, se aprende como respuesta a un estímulo externo. Es decir, que el aprendizaje nos viene impuesto de fuera adentro: Nil est in intellectu nisi prius fuerit in sensu, cual rezaba la famosa vieja máxima de la filosofía clásica.
Chomsky contradijo este postulado. ¿Cómo? Para empezar, y simplificando mucho, adujo principalmente que, al aprender la primera lengua, los niños no lo imitan todo de manera fiel, sino que se equivocan; pero estas equivocaciones no se producen de manera aleatoria, sino predecible, con lo cual tales errores tienen un fundamento lingüístico-mental que obedece a la naturaleza del lenguaje y de las estructuras cognitivas. Por ejemplo: es de presumir, y seguramente constatable empíricamente, que un niño diga “escribido” en lugar de “escrito”, si nunca ha oído este preciso participio antes. Así que, puesto que es imposible que hubiese escuchado previamente “escribido”, si bien su forma cuadra con la que prescribe la regla de la lengua en que trata de comunicarse, según Chomsky, el infante no estaría imitando como reacción a un estímulo que hubiese percibido anteriormente, sino “creando” con dicha lengua según unos conocimientos no explícitos.
Para que nos demos cuenta del alcance de esta afirmación aparentemente tan simple, explicaremos que, antes de Chomsky, el lenguaje, con toda su gramática y unidades, era un mero instrumento diseñado arbitrariamente, inventado por los seres humanos para comunicarse unos con otros, algo a lo que entre todos nos poníamos de acuerdo para dar valor y significado, exactamente igual que hacemos, por ejemplo, con el dinero. ¿Por qué determinada moneda vale dos euros, y otra sólo uno? Simplemente, porque ése es el significado que nuestra sociedad les ha querido dar: la primera moneda la puedo trocar por el doble de objetos iguales entre sí que la segunda, o por otro género diferente cuyo valor, también arbitrariamente, consideremos doble que el de cada uno de dichos objetos.
Expulsados de la lingüística
A pesar de lo sencillo y aparentemente obvio de explicaciones como ésta, Chomsky consiguió que, durante unos años, se considerase de hecho anatema a quien no admitiera que el lenguaje se aprendía de una manera especial, totalmente diferente a como se adquiere, por ejemplo, el manejo del sistema monetario. Que no era una convención social, sino una obligación individual determinada por la biología, que ésta proporciona a la gente una predisposición especial para adquirirlo, superior y radicalmente distinta a la que se tiene para aprender cualquier otra habilidad, como cocinar, patinar o jugar al ajedrez. El lenguaje era, por decirlo así, el único camino por el que transitaban los procesos de razonamiento de la mente humana, y de él dependía todo, incluido el propio pensamiento, de forma que, sin lenguaje, sería imposible hasta pensar.
El auge de los postulados de Chomsky fue fulgurante; pero, a día de hoy, no sólo se han mostrado muy volátiles a la hora de rellenar los vacíos que el conductismo de entonces ofrecía, sino que parecen haber abierto otros nuevos. Hasta este momento, sus planteamientos se han manifestado impotentes; o, al menos, insuficientes, para contestar las preguntas verdaderamente importantes sobre la naturaleza del lenguaje. Por otro lado, sus teorías acerca de la idiosincrasia privilegiada de éste sobre otras habilidades para ser aprendido por la mente humana, y ese presupuesto personal, pero tan sugestivo, de la posesión innata de una gramática universal, no dejan de evocar cierto cariz paranormal. Tal vez aquí haya radicado en gran parte la clave de su éxito.
De momento, sólo me voy a referir a un ámbito muy limitado, simple y cerrado de las cuestiones que particularmente me suscitan sus teorías. En mi opinión, no hace falta ir demasiado lejos para, por supuesto sin desacreditarlo totalmente, encontrar en Chomsky fallas que inducen a uno a preguntarse cómo, ya desde los primeros momentos, fueron sus tesis tomadas tan en serio como para creerlas superiores a las que combatían, y haber resonado con el eco con que lo hicieron.
Creación según Chomsky
Sin mayores argumentos, ante el caso del niño expuesto en el primer párrafo, siempre me han surgido dudas a las que no hallo respuesta dentro del ámbito chomskiano. Por ejemplo: ¿por qué no puede ser que el estímulo externo necesario para la explicación conductista, haya consistido en escuchar un número suficiente de participios que hayan servido al sujeto como modelos para reparar en que siguen un patrón común, permitiéndole así deducir una regla cuya aplicación a la excepción le lleva a cometer ese error? ¿En qué se diferencia el proceso para esta deducción del que nos lleve a otra cualquiera, suscitado por cual sea de las infinitas situaciones que nos llaman a tomar decisiones dentro de la vida diaria? Es más: ¿cómo puede llamarse “creación” lo que es repetible por ser finito, y predecible o producible por cualquiera, mediante la aplicación de un patrón preestablecido? ¿Puede calificarse como tal, algo que es simple ejecución de una norma deducida, empleada en el caso en que, por excepción, no se obedece? Desde este punto de vista, ¿no estamos “creando” siempre, ya sea lenguaje o no? ¿Es la “creación” una exclusividad del aprendizaje del lenguaje, que convierte a la adquisición de éste en algo distinto?
Si, en observación de la misma norma, en vez de “escribido” para “escribir”, se hubiera tratado de “cocido” para “cocer”, ¿habría el niño “creado”? Sin duda para Chomsky sí, y su acierto con lo que se estima correcto no sería mera coincidencia con la realidad, sino resultado de la intervención sobre el sujeto de esa abstracción llamada “gramática universal”. Pero, en este caso, caben las preguntas opuestas a las del anterior: ¿cómo puede “ser creado” algo que ya existe? ¿Puede decirse que “se crea” algo que se dice o hace con el convencimiento y el propósito de que vaya a ser lo mismo que otros han elaborado de antemano, algo que los demás ya conocen? Y al revés, vueltos a “escribido”, ¿cómo puede “crearse” algo cuya existencia es de antemano imposible, aunque esta eventualidad se ignore por parte del “creador”? ¿No sería “escrito” el intruso, a fin de cuentas? ¿No le venían el verbo “escribir” y la regla del participio ya impuestos al niño por el idioma castellano, influyente desde su entorno exterior? ¿Puede ser considerado “crear”, la puesta en práctica del binomio regla-verbo, ambos suministrados previamente por obligación? En resumen: ¿a qué le llama Chomsky “crear”? Desde luego que no a algo único, que no se le haya ocurrido a otro antes.
Una recapitulación
La cómplice cortina que los chomskianos tienden ante cuestiones como éstas, les impide por principio, en coherencia con su oposición a Skinner, acercarse a ciertos aspectos de la investigación científica relacionada con hechos que éste postula. Por ejemplo: ¿existe un número crítico de participios que el niño haya tenido que escuchar para deducir la regla correcta que le induce a error en el caso concreto de la excepción “escribir”? Si irregularidades como “escrito”, “frito” o “hecho” son participios que aparecen aleatoriamente, ¿por qué no puede haber sido aleatoriamente escogido de un conjunto infinito todo lo demás en lenguaje, incluidas las mismas reglas gramaticales? Decir que existe una “gramática universal” que todos llevamos dentro, y en la cual escogemos las normas para nuestra lengua, ¿no es el viejo problema de la escultura que ya estaba en la piedra bruta, y lo único que había que hacer era quitar el material sobrante? Me parece que, visto así, no sólo llevamos dentro una “gramática universal”, sino cualquier otra cosa que aprendamos. En realidad, lo único que haríamos así en el aprendizaje, sería recibir estímulos desde fuera que despiertan en nosotros aquellos conocimientos que ya teníamos “en potencia”… pero este supuesto, tan indemostrable como su contradictorio, y por añadidura conveniente al conductismo, no lo “descubrió” Chomsky: ¡es muy anterior!
Las que he propuesto son preguntas del tipo que para los generativistas no procede, o no debería proceder, dado el postulado chomskiano de que, cuando el niño comete este tipo de errores, lo hace de manera “intuitiva”. Según mi vocabulario, esto debería conllevar la ausencia de auxilio de la razón: tal es la principal característica de la intuición. El tema no es baladí, porque lo intuitivo se opone al método deductivo, que supone haber tomado estímulos del mundo externo como ejemplos para extraer de ellos una pauta, hecho éste que entraña un proceso de razonamiento. Ahora bien: ¿es que no existe realmente, en castellano, una norma para formar los participios? Cuando dice “escribido”, ¿no la aplica correctamente el aprendiz, aunque sea a la excepción en que se considera una incorrección? Puesto que es “escrito” el que no obedece la regla general, ¿no es una simple convención, incluso que el propio “escribido” sea incorrecto? Lo que hace el niño para relacionar entre sí los ejemplos que observa (los participios previamente escuchados) hasta llegar como conclusión a la norma que deduce, ¿no se llama precisamente “pensar”? ¿No corroboraría esto la evidencia de que el pensamiento viene antes que el lenguaje?
Añadiré: es indudable que el sujeto ha debido recibir estímulos externos para pensar y deducir la regla. Evidentemente, si no fuera así, sería por completo imposible que acertase en aplicar equivocadamente la norma del idioma en cuyo preciso entorno vive. “-ido” y “-ado” son las terminaciones habituales del participio en castellano, no en otra lengua. No se sabe, en caso análogo alguno, de ninguna equivocación por atribuir a una lengua la norma de otra, sin haber tenido nunca previo contacto con ésta. Por ejemplo, de un infante que, sometido invariablemente a un entorno castellanohablante y sin conocimientos de inglés, utilizase “intuitivamente” el patrón del participio en este segundo idioma para equivocarse en “hacer”: “háced”, por mimetismo con la terminación “-ed” del participio regular inglés. Al revés, sin conocer ningún caso, la razón me sugiere que el hablante novato podría incurrir en semejante error si estuviera expuesto a un ambiente completamente bilingüe español-inglés, dependiendo de en cuál de las dos lenguas hubiese oído hacer participios mientras que no en la otra. Supongo que éste será el sentido de lo “predecible” al que Chomsky apela; es decir, a un pronóstico precisamente apoyado en la razón, no a nada intuitivo. Lo cual hace que se contradiga consigo mismo: si la razón nos dice que algo es predecible, es que este algo puede ocurrir de acuerdo con alguna premisa. Por tanto, cuando el niño se equivoca, lo hace razonadamente, no intuitivamente.
Visto en parte de otro modo: si los chomskianos admiten un proceso de creación en el mecanismo de adquisición del lenguaje, ¿cómo lo cuadran con su propia conclusión de que sea antes lenguaje que pensamiento? ¿No se necesita pensar previamente a poder crear? Aun en el supuesto de que exista la “gramática universal”, ¿no debemos procesar lo oído, es decir, pensar, con objeto de escoger o encajarlo dentro de la misma en unas opciones u otras? Pues parece que, según Chomsky, la “gramática universal” tiene vida propia y nos impone, sin que nosotros tengamos arte ni parte voluntaria en ello, “pensando” por nosotros, cuáles son las reglas gramaticales que debemos utilizar… de acuerdo con el idioma que nos rodea en nuestro entorno exterior, ¡o sea, que estamos ante la pescadilla que se muerde la cola, y volvemos a contemplar la adquisición como respuesta a un estímulo externo! ¿O no está el idioma de nuestro entorno fuera de nosotros? Además, ¿en qué quedamos?: ¿somos las personas las creativas en nuestro proceso de adquisición del lenguaje, o lo es la gramática universal en el suyo de obligarnos a escoger lo que decide por nosotros? Y, si es universal, siempre ha estado ahí y lo sabe todo, exteriorizando lo que simplemente ya está contenido en ella, ¿cómo puede llamarse “creativa”?
Reorganización a conveniencia
Una de las ideas de Chomsky que, particularmente, me parecen más divertidas, es su esfuerzo por hacer aparecer aislada la gramática del significado, declarándola independiente de éste. Claro que esto le conviene, pues asociar los vocablos con su significado requiere pensar, de modo que, una vez más, tendríamos la palabra al servicio del pensamiento y no al revés: una imagen de nuestra mente necesitaría ser nombrada para ser comunicada. De este modo, el estudio chomskiano de una lengua desde el punto de vista gramatical queda reducido, en términos prácticos, a la morfología y a la sintaxis. He dicho que me parece una idea divertida, porque da lugar a numerosas situaciones especialmente peliagudas para explicar desde su punto de vista, que cualquiera puede corroborar en el lenguaje diario. Por ejemplo, en castellano: “arrojó una piedra al alcalde” presenta un complemento indirecto cuya única marca para diferenciarse con un complemento circunstancial es, precisamente, el sentido semántico de la voz “alcalde”. Si, en lugar de ésta, se coloca otra, digamos “lago”, obtendremos en el mismo sitio un complemento circunstancial de lugar, sin haber alterado la estructura formal de la oración: “arrojó una piedra al lago”. Podría aducirse que el hecho de que los consideremos complementos diferentes se trate de un lastre de la gramática tradicional, y que lo que exactamente hay que hacer es poner a “lago” y a “alcalde” dentro del mismo saco, como un solo tipo de complemento nuevo, al que no llamaríamos ni “indirecto” ni “de lugar”. De hecho, este tipo de reorganización de la sintaxis es lo que durante años ha dado trabajo a gran número de sesudos doctores generativistas en muchas universidades por el mundo adelante, dedicados a reorganizar y cambiar el nombre a todas las funciones sintácticas tradicionales, para hacerlas cuadrar con las tesis de Chomsky.
Grave pérdida de tiempo… simplemente porque, sí, efectivamente el contenido léxico de las palabras influye en la propia clasificación sintáctica de los elementos oracionales. Lo que se consigue al reorganizar la sintaxis tratando de olvidarse de la semántica, es crear problemas dentro de la propia sintaxis. Se demuestra porque, en casos concretos como el de “alcalde” y “lago”, son los significados de estas palabras los que nos avisan, por ejemplo, de que podemos sustituir la segunda de ambas por “allí”, mientras que no la primera; o que, en la primera frase, el castellano nos permite duplicar el complemento colocando un “le” (“le arrojó la piedra al alcalde”), y no en la segunda; etc. Por tanto, a pesar de su coincidencia en este patrón concreto, ambas frases dan lugar a reformulaciones distintas, mutuamente incompatibles. Y así, mientras convencionalmente sigamos atribuyendo los mismos significados que ahora aceptamos para los dos vocablos, “alcalde” y “lago” nunca pueden ser sintácticamente lo mismo en casos como éstos, aunque la sustitución de uno por otro no conlleve el menor cambio formal en la oración. Es decir, que es posible hacer variar arbitrariamente un complemento por el mero hecho de atribuir diferentes significados a cualquier palabra de su interior sin cambiar la propia categoría de la misma: “arrojó una piedra al azar” sería, por ejemplo, un complemento circunstancial de modo con otro sustantivo al que se atribuye un significado distinto, etc.
Además, sospecho fundadamente que, al contrario de que el lenguaje sea el resultado de la puesta en práctica de una sintaxis, ésta se haya inventado para precisar el significado de las oraciones cuando, siendo éste ambiguo o confuso, u ofreciendo varias posibilidades, sea necesario hablar de ellas técnicamente. Me explicaré con un ejemplo: si yo advierto de que en “le compré a mi padre el coche”, “a mi padre” es complemento de régimen (por otro nombre “suplemento”) y no complemento indirecto, una persona iniciada en la terminología sintáctica entenderá que fue mi padre quien me vendió el coche, no aquél para quien lo adquirí. En cambio, para que un absoluto profano en lingüística me entienda, no podré hablarle con el mismo vocabulario, y habré de explicarle el hecho en sí mismo, lo cual resultará más engorroso. Es decir que, según como tomemos la frase, nos encontraremos ante funciones dispares (suplemento-complemento indirecto), cada cual con su nombre arbitraria y convencionalmente estipulado dentro de un círculo técnico concreto, y cuyo significado o sentido, en la vida diaria, podemos escoger arbitrariamente según nos convenga. La situación real es tan confusa como que, sin que haya una explicación lógica concreta (es decir, por convenio arbitrario), nos hallamos ante un suplemento duplicable en castellano mediante la adición de “le” (intencionadamente mencionado aquí) y sustituible por un pronombre átono, posibilidades que técnicamente se suelen negar a todo complemento que no sea el indirecto. Por tanto, vemos que, en este caso, no existe ninguna diferencia formal entre un complemento y otro. No obstante, es innegable que este ejemplo muestra, en cada uno de los dos casos, una función distinta del otro, a cada cual, en pro de la precisión expresiva, es decir, de significado de la frase (¡inevitablemente nos referirnos a la semántica, al fin y al cabo!), no conviene denominar igual. ¿Cómo sé, por ejemplo, que no se trata de un complemento indirecto en ambos casos? Uno de los varios modos es observar que, en un mismo sintagma verbal, nunca cabe la existencia de dos o más complementos del mismo tipo siendo dispares, no complementarios ni influyentes entre sí. Por ejemplo, aquí, a fin de evitar al oyente la confusión entre el suplemento y el complemento indirecto, sería razonable y posible introducir el segundo mediante la preposición “para”, aunque no el primero: “le compré a mi padre el coche, para mi novia”, aun sin ser gramaticalmente imposible del todo la confusa y cacofónica “le compré a mi padre el coche, a mi novia” (o “le compré a mi novia el coche a mi padre”, etc.), ejemplos ambos en los que se ve que ninguno de los dos complementos queda alterado en nada como emisor y receptor del directo independientes entre sí, e indiferente cada uno a la supresión del otro. Paralelamente, puede observarse que, en “le compré a mi padre el coche”, es posible la reformulación “compré el coche para mi padre” sólo si mi padre es el receptor, no el vendedor del vehículo. Luego, claramente han de ser funciones sintácticas distintas.
Aun así, un discutidor recalcitrante incluso podría insistir en la posible coexistencia de dos complementos indirectos, uno de procedencia y otro de destino, cada uno reformulable de muy diferente modo que el otro… pero incluso esto me daría igual. Los conceptos “procedencia” y “destino” continuarían imperturbablemente marcados por su semántica: llámele como quiera ese discutidor a cada una de las dos funciones sintácticas y me pondré de acuerdo con él si le complace, pues coincidir los dos en el vocabulario técnico para entendernos continuaría siendo, de todos modos, una cuestión de convenio arbitrario en nuestra terminología particular… ¿dónde quedaría, pues, igualmente, esa gramática universal de la que hablábamos?
El aprendizaje: grave asunto
Otro tema promocionado por los mentalistas, en el que se observa cuán a la ligera se toman presupuestos y se han formado prejuicios ya desde los mismos puntos de partida de las teorías de adquisición del lenguaje es, añadida a la práctica aceptación general del privilegio de adquisición de éste por parte de los seres humanos dentro del mundo animal, lo cual resulta al menos aparentemente razonable, la supuesta facilidad con que se adquiere la primera lengua, dentro de las edades en que esto tiene lugar habitualmente, con respecto al resto de las etapas de la vida. Personalmente, para ser más coherente con las tesis de Chomsky, yo preferiría llamar a este proceso “desarrollo” antes que “adquisición”, ya que ésta supone una asimilación de estructuras ingresadas enteramente desde el exterior, lo cual vendría a dar la razón radicalmente a los conductistas. El término “aprendizaje” me parece más ambiguo, aunque para este caso también más conveniente, pues no excluye a ninguno de los otros dos.
Podríamos comenzar comparando el nivel de idioma nativo de un infante de tres años, con el de un adulto normal y corriente que, sin salir de su propio país, lleve el mismo tiempo aprendiendo intensamente una lengua extranjera, en las circunstancias en que esto suele hacerse. Seamos realistas: ¿hay alguien en estas condiciones que ocupe todas las horas de su jornada recibiendo aducto (el anglicista “input”) en su segunda lengua olvidándose de la primera, sin tragua los siete días de la semana y sin uno solo de vacaciones durante un trienio al completo? Pues el niño sí. Ya desde el primer momento en que llegó al mundo, ha oído hablar su idioma, e incluso parece probado que haya tenido la experiencia de haberlo hecho antes, desde el interior del propio vientre materno. Además, como parte de cero y no tiene nada en que apoyarse, el idioma le da igual: adquiere sólo las estructuras de uno, o las de varios a la vez. El tiempo que gane en aducto de uno lo pierde en los demás, y es asumible que, hasta llegar a un momento crítico en que sea capaz de diferenciar que se trata de más de una lengua, cometa errores debidos a la confusión de unas con otras. Por otro lado, el ambiente bilingüe perfecto no existe. Si el niño aprende en la guardería un idioma y en casa otro, es de prever que habrá mucho vocabulario y estructuras surgidas sólo en cada uno de ambos ambientes que, por tanto, ignorará en el otro… y así, en suma, desconocerá expresiones, idiotismos, giros, matices y vocabulario en cada una de las dos lenguas que sí habría adquirido en una única, de haber estado expuesto sólo a ella en todos los diferentes entornos.
Volviendo al cálculo realista propuesto, y suponiendo que dicho niño de tres años haya dormido una media de dieciocho horas diarias (lo cual es mucho dormir), el día que cumpla tres años habrá vivido un total de 6.570 horas de aducto exclusivamente en su lengua, lo cual superará con creces el tiempo que le ocupe su segundo idioma a cualquier adulto en las circunstancias habituales, durante un plazo así. Para experimentar en igualdad de condiciones, sumérjase a éste en una lengua extraña durante tres años, impidiéndole dictatorialmente cualquier acceso, por mínimo que sea, a la suya materna, veamos de qué es capaz y luego hagamos nuestro contraste. Lo que no tiene sentido, es comparar un aducto del número de horas dichas, con los acostumbrados para aprender lenguas extranjeras. Un ejemplo: en el colegio no interno más generoso con el horario de idiomas modernos que permite cualquier sistema educativo europeo, un alumno que ingrese con tres años y salga con dieciocho, habrá recibido un aducto total de menos de 3.000 horas en cada lengua extranjera… ¡aproximadamente el que, de su entorno natural, ha recibido un lactante de año y medio! Por un lado es normal que esto sea así, ya que la lengua en estos niveles se aprende como exigencia cultural académica junto a otras muchas asignaturas, y no se encuentra efectivamente en la realidad diaria de la calle a la que el estudiante sale una vez que abandona el recinto escolar; pero, por otro, también explica que no podamos exigir demasiado a nuestros estudiantes. Sin embargo, a veces lo hacemos… y no saldríamos tan mal parados, si tuviéramos en cuenta al chiquillo de tres años. En el caso de un adulto que vaya durante las dos horas diarias que su trabajo le permite, a una Escuela Oficial de Idiomas o academia, el aducto al cabo de ese tiempo será incluso ridículo en comparación con los vistos: teniendo en cuenta las treinta y cinco semanas que tiene aproximadamente un curso académico, no llegará, probablemente, a las 350 horas. ¿Quién ha dicho que la primera lengua es la que se aprende con menor esfuerzo?
Desde hace un año me cuestiono lo mismo, pero fue hasta esta semana que pude intercambiar opiniones con una maestra sobre la gramatica universal; no llegamos a ningún punto, ella siguió defendiendo la existencia de tal gramática universal y yo seguí diciendo que es un mito.. y un mito que nisiquiera sirve para efectos de estudios de nada. Me ha hecho leer más sobre el tema pero entre más leo de la GU menos creo en ella; por ejemplo, se habla de un experimento a unos alemanes a quienes les dan 6 reglas gramaticales italianas (3 reglas reales y 3 ficticias), según el experimento, el lóbulo frontal izquierdo inferior- área de broka tiene mayor actividad cuando se emplean las reales así como también le encuentran más sentido y lógica a las reales que a las no reales; sin embargo, yo digo que las no reales son tan irreales como lo fueron en su momento las reales, y que tras una convencionalidad se establecieron; así como bien las irreales pueden ser tan reales como una convecionalidad lo desee así. La lógica o sentido en cada gramática de cada idioma del mundo,(yo pienso), está en función a la familiaridad que se tenga de ella, siendo así, que lo que no nos hace sentido no es porque una GU nos lo impida, sino porque simplemete no lo hemos adquirido o aprendido así, pero basta con que se tenga la intención y el tiempo necesario para que nuestro cerebro entienda cualquier sonido (sea palabra o frase) para que, por muy revuelta sitaxis que tenga, por muy absurdo que se exprese, terminemos entendiendola. Aquí es donde se relaciona con una hipótesis que tengo llamada “paquetes acústicos”, en donde se propone que en la automatización del lenguaje, una persona ya no responde a palabra por palabra, ni a frase por frase; sino al sonido operando como una sola unidad y no de manera aislada. Ejemplo: cuando un estudiante primerizo de inglés aprende “how are you¿”, y de pronto alguien le pregunta “how old are you¿”, muy seguramente responderá algo como “fine, thank you… and you¿” – En fin, muchos puntos en contra de la GU y hasta ahorita ninguno que me convenzca de su existencia. Creo que la GU hace que la gramática se estudie como a.Ch. y d.Ch., en donde antes de Chomsky la gramática era arbitraria y después de Chomsky fuese producto de no se que. Dejo mi e-mail por si alguien pudiera dar puntos a favor o en contra de la GU. pacov2@hotmail.com Saludos!¡
↓ Cita | Posted 31 Octubre 2009, 12:52Creo que tienes razón.
Es verdad que se dan esos errores relacionados con lo que llamas “paquetes acústicos”, si se enseñan las oraciones como bloques concretos y no como combinaciones de palabras ya conocidas de antemano por los aprendices. Ocurre, por ejemplo, con expresiones muy estereotipadas y comunes, de las que se enseñan a los principiantes en el nivel más bajo, como la que tú nombras: “¿Cómo estás?” frente a “¿Dónde estás?”, etc. Yo mismo lo he comprobado como profesor de lengua extranjera. Es predecible también que ocurra, circunstancia sí admitida por Chomsky. Pero incluso su predecibilidad se descubre a partir del momento en que el hecho nos ha sucedido ya. Me pregunto si es posible hacer una lista de “errores” de este tipo predecibles antes de haber tenido la experiencia de que nos hayan sido descubiertas por la experiencia ante los alumnos (o los niños pequeños que aprenden su lengua nativa), o incluso de haberle ocurrido a uno mismo como aprendiz. Estos errores no sólo se dan a nivel fonético (”paquetes acústicos”), sino en todos los aspectos que competen al lenguaje, durante su fase de aprendizaje o de ajuste con la primera lengua que se ha aprendido (”interlengua”).
↓ Cita | Posted 31 Octubre 2009, 22:11