¿Es la Gramática Universal una entelequia? (II)

Alfabeto, lenguaje, lengua, idioma y dialecto

Cuando se habla científicamente, todas estas palabras deben aplicarse con una exactitud que pocas veces se usa cuando se emplean en el habla común. De momento, según bastará para aclarar las dudas que vayan surgiendo a lo largo de esta charla y futuras, me voy a limitar a una definición bastante tradicional de todas ellas, que el propio lector podrá ir completando por su propia cuenta según le vayan siendo sugeridas nuevas ideas.

• Alfabeto es un conjunto finito y no vacío de símbolos simples, que se pueden combinar para formar cadenas limitadas llamadas palabras, a las que se adjudica un significado convencional.Alfabeto bonito

• Lenguaje es el medio de comunicación generado por las palabras al serle aplicado a éstas un conjunto finito de reglas convencionales llamado gramática.

• Lengua es el caso especial de lenguaje utilizado por los seres humanos para comunicarse entre ellos, básicamente de forma fonética mediante el habla (lo cual no impide que pueda ser transcrita a otros tipos de símbolos no hablados, como los escritos).

• Idioma: Es la forma de lengua característica de una comunidad concreta, por ésta aceptada social y cultamente. Dicho de otro modo, es la manifestación de la lengua en un grupo humano particular, siempre que sea diferente a las de otros. Al llamarle idioma, estamos considerando un habla como instrumento lingüístico de una comunidad que ha desarrollado una cultura propia y que cuenta con un modelo ideal de lengua que todos los hablantes consideran como bueno. Así pues, podemos referirnos al “buen castellano”, “buen gallego”, “buen árabe”, “buen griego” o “buen georgiano”, aunque estos idiomas presenten por sí mismos diferentes dialectos o “variedades diatópicas” utilizadas en diferentes regiones o por determinados grupos de hablantes. Este modelo ideal de lengua consiste en un código elaborado, que es el que adoptan los hablantes más cultos y los escritores.

• Dialecto es, en cambio, un concepto genético. Se denomina así a toda lengua, respecto del idioma del cual es derivación, forma o modalidad. Por ejemplo: toda lengua es dialecto con respecto a otra de la cual procede. Así, el gallego, el castellano, el catalán, etc; son dialectos del latín. El griego moderno es un dialecto del griego clásico, con el cual tiene tantos puntos en común como la mayoría de las lenguas romances actuales con el latín. El latín mismo es un dialecto del antiguo indoeuropeo. Cuando se califica de dialecto a una lengua viva, habitualmente queremos expresar que todavía se habla el idioma del cual procede; o que éste, estando muerto, aún mantiene mayor grado de cultura e identidad en relación con los hablantes de la cultura que se expresa en tal dialecto, que éste mismo.

Aprendizaje y lenguaje

Tengo la curiosa sensación de que nuestra capacidad para adquirir lenguaje no es mayor ni menor que para hacerlo con cualquier otra habilidad que precise de ser aprendida, y que el proceso de deducción de sus reglas gramaticales desde los ejemplos que oímos para aventurarlas según el sistema de prueba-error, tampoco difiere gran cosa del que ponemos en marcha para resolver gran parte de las situaciones de nuestra vida cotidiana. De hecho, si examinamos los intentos de definición y ejemplos de Gramática Universal que nos ofrecen los chomskianos, no hallamos diferencia alguna entre lo que ellos llaman tal con lo que son los procesos de tanteo normales y corrientes que se usan para probar si cualquier teoría tiene resultado o no en la práctica.

Lo que ocurre es que, con objeto de seguir correctamente un aprendizaje, hay que partir de principios adecuados; ante todo asumir que la situación en la que experimentamos sobre nosotros mismos para poder desentrañar los principios que juegan en la adquisición de una lengua, es habitualmente la edad en que hemos adquirido los suficientes recursos intelectuales como para poder registrar nuestras reflexiones sobre nuestra propia vivencia; por tanto, que esos enjuiciamientos los hacemos ya sobre la adquisición de una segunda lengua. En tal caso, se debe descartar todo prejuicio sobre la obligatoriedad de coincidencia de sus estructuras diferenciales con las de la primera. Añádase que, para expresarnos mediante el habla, hemos de usar nuestras capacidades físicas; y, por tanto, ejercitar de éstas las necesarias en la nueva lengua que no hayamos desarrollado por no exigirlas nuestro idioma nativo (por ejemplo, la habilidad para distinguir o emitir ciertos fonemas).

La realidad es que, según vamos llegando a la edad adulta, y conforme nuestra mente se va llenando de información, precisamente es ésta la que nos surte cada vez de más centros de interés que distraen y acaparan nuestras capacidades, alienantes de los que carece un “entusiasmado” (a su manera) bebé cuya preocupación prioritaria, además de casi la única, durante todas sus horas de vigilia, es la de comunicar sus deseos y necesidades.

Importancia de la memoria

Hay que tener en cuenta que cualquiera de las posibilidades de uso que nos ofrecen nuestras facultades corporales, necesita el ejercicio de la práctica para adquirir un grado de desarrollo que le permita ser utilizada con el mínimo rendimiento exigido, lo cual en último término reduce el proceso a cuestión de simple memoria. Por ejemplo, cuando un bíceps es capaz de elevar cómodamente cincuenta kilos, es porque éste es el peso que se le ha obligado a “memorizar”: si durante cierto tiempo levantamos menos, el músculo se “olvida” y deberemos “recordárselo” para que lo vuelva a “aprender”. Este “aprendizaje” es una defensa del tejido muscular ante la posibilidad de romperse si eventualmente se sobrepasara el límite. De hecho, para aumentar su potencia es necesario aplicar repetidamente una fuerza siempre un punto mayor, a fin que se produzcan en el músculo microlesiones que el organismo se vea obligado a reparar, reforzando los arreglos con la consistencia suficiente como para poder elevar el nuevo peso sin sufrir nuevos daños. Cuando un tejido sufre un traumatismo y, después de haberse recuperado, conserva la cicatriz, ésta es el “recuerdo” de la herida, y la capacidad del tejido para conservar esa marca durante un tiempo más o menos largo es su “memoria”.

La memorización consiste, pues, en provocar una “lesión” sobre alguna estructura para que ésta conserve la “cicatriz”. Es notable también que no sólo sea cualidad exclusiva de los seres vivos, sino que se trata de una característica común, en mayor o menor grado, a todos los materiales: cuando doblamos una barra metálica y, al retirar la fuerza aplicada, el objeto permanece con la forma que le hemos obligado a adoptar, este hecho no es no es más que la manifestación de un “aprendizaje” y de una “memoria”. Una moneda, por ejemplo, es el resultado del “recuerdo” que guarda una pequeña chapa metálica tras haber sido sometida al aplastamiento dentro de un molde. Tal fenómeno físico es muy útil porque, paradigmáticamente manifestado en los sistemas de manipulación y registro de imagen, sonido e información (disco, cinta grabadora, compactos, fotografía, ordenadores, etc.) ha propiciado el eventual desarrollo de la totalidad de la moderna electrónica, y de muchas otras cosas más, aparte la evolución natural misma.

Así, el aprendizaje, al menos en su aspecto memorístico, es el proceso de producir una simple inercia que continúa la adaptación a la situación que deja de actuar, bien porque tal adaptación haya consistido en la defensa frente a un eventual daño, bien a la simple asimilación como propia, de una forma impuesta por dicha situación al material o al tejido. Dos casos que, estudiados físicamente hasta el fondo, quedan reducidos únicamente al segundo. Obviamente, por el mismo mecanismo, la memorización puede ser también negativa; es decir, por relajación en determinado estado que el órgano “sabe” o “cree” ser el límite del trabajo que se le pide desempeñar. Esto lo sabemos bien quienes hemos tenido que llevar alguna vez un miembro inmovilizado por rotura de un hueso, porque posteriormente nos hemos visto obligados a rehabilitarlo ejercitándolo para “recordarle” que existen más posturas que aquélla en que se ha anquilosado como adaptación traumática a la posición en que se le había obligado a permanecer durante largo tiempo.

Los conceptos (que a veces llamaré también nociones) son las ideas perdurables que atribuimos a las sensaciones, y constituyen, según lo anteriormente dicho, formas o “cicatrices” impresas en los circuitos cerebrales por los traumas que esas sensaciones han causado, llegadas desde los sentidos por el canal nervioso. Tales sensaciones vienen transmitidas eléctricamente a lo largo de los nervios, igual que los impulsos de una voz pronunciada sobre el micrófono del teléfono utilizan los cables hasta llegar al auricular, que los reproduce e interpreta como el habla emitida.

La memoria que los seres humanos poseemos en nuestros particulares cerebros, nos permite retener en éstos bastantes conceptos susceptibles de ser relacionados, durante el tiempo suficiente como para poder ejercer la tarea de especular con ellos vinculándolos entre sí, sin que se volatilicen de nuestras mentes. No existen conceptos tan simples que pertenezcan a una sensación única: todo concepto es siempre una suma de sensaciones, aunque el cúmulo de éstas reducidas a un solo concepto pueda entrar enteramente por un solo sentido. Los conceptos son compuestos; y, los más, complejos. Los conceptos compuestos y complejos nos permiten percibir como sensaciones únicas y simples experiencias que no lo son, sino que consisten en realidad, en combinaciones de otras sensaciones más simples o primarias, que a su vez están compuestas por otras. Por ejemplo, la sensación de “verde” es una combinación de la sensación de “azul” con “amarillo”; y éstas, a su vez, combinaciones de otras sensaciones a cuyo final está la experiencia de la luz, que es, a su vez, aquella a la que contribuye la sensación de todos los colores a la vez. Pero el verde lo interpretamos como una única sensación, que es la que nos deja como “cicatriz” duradera la noción de tal color. Incluso la luz misma es interpretada por nuestro cerebro como una única sensación, aunque sea fácil discernir que no lo es.

Conceptos compuestos

Los conceptos compuestos no tienen explicación posible fuera de la percepción directa de las sensaciones que los imprimen. Sólo podemos hablar de ellos por el nombre que convencionalmente les demos, a otras personas que también hayan experimentado las experiencias sensoriales a las cuales remiten. Además, no son reducibles a la combinación de sensaciones recibidas por más de un sentido, por ser una interacción de sensaciones que sólo nos entran por un único de éstos. Por ejemplo, el de “luz”, o el de “color”, que nadie los puede comprender como experiencia sensorial si ha carecido de vista para percibir las impresiones a que nos remiten. Se pueden definir en términos científicos, pero la sensación que imprime la luz en nuestra consciencia a través de la vista, nunca podrá ser comprendida por un ciego de nacimiento a no ser que adquiera la capacidad de ver. Un ciego nato, puede saber qué es la luz gracias a que los no ciegos que le rodean se la hayan descrito, pero su conocimiento de ella no pasará de ser puramente teórico: realmente, ignorará las verdaderas sensaciones que reporta la experiencia de la luz por los ojos. Si ninguno de los seres humanos de su entorno hubiera visto para comunicarle que existe la luz, ninguno de ellos habría sospechado la existencia de ésta hasta que algún día, como resultado de unos cálculos científicos, alguien hubiera deducido su presencia y, por tanto, acuñado alguna palabra para denominarla. Podrían incluso, las personas diseñar aparatos para detectarla; pero, aun así, habrían seguido ignorándola como experiencia sensorial subjetiva y propia. De lo cual se deduce, una vez más, que el significante existe porque hay algo a lo cual llamárselo. Un significante sin significado que atribuirle, no tiene sentido como palabra; en cambio, las cosas existen independientemente del hecho de que las conozcamos o no, de que tengamos o no palabras para designarlas.

De lo recibido por la percepción sensible, no existen conceptos propiamente simples, porque la simplicidad es relativa a la cantidad de sensaciones que necesitemos para poder interpretar la combinación de éstas como un concepto. Existen conceptos compuestos más simples que otros, pero que no dejan por eso de ser compuestos. Una sensación capaz de inducirnos un concepto demasiado simple, por sí misma sería imperceptible. Por ejemplo, un fotón o una vibración. Nuestros sensores físicos tienen un grado de sensibilidad limitado, que no nos permite apreciar sensaciones con tanta precisión. En realidad, querer simplificar demasiado un concepto, nos llevaría al caso de la pescadilla que se muerde la cola. Incluso un fotón o una vibración son, a pesar de la simpleza con que apreciaríamos su supuesta percepción, conceptos compuestos. Cada concepto, sólo lo es en función de que existen otros con los que se pueda comparar o combinar. Por ejemplo, el de color, ya que puede ser definido como una cualidad adquirida por la luz que nos llega al ojo, siendo la interacción de ella consigo misma: el verde es una mezcla de azul y amarillo. Sólo las personas que hayan tenido la percepción de la luz podrán haberla tenido de un color, y serán capaces de comprender qué pueda ser el verde sin haberlo visto nunca, sabiendo que es el intermedio entre otros dos colores que sí han visto. Claridad y oscuridad, resplandor o sombra, son conceptos compuestos de color, y también lo es la transparencia (color que no impide ver los que están tras él).

Con la vista se aprecian también otras impresiones que, siendo origen de conceptos compuestos, corresponden a partes de conceptos cuyas sensaciones no son sólo apreciables gracias a la facultad del uso de ese sentido en exclusiva. Por ejemplo, el espacio tiene parte en la vista; pero, en realidad, no lo percibimos por ésta sino como una variación entre colores y/o gradaciones de los mismos, o por la ausencia de todos ellos. Sabemos qué es y qué implica el concepto de espacio porque lo hemos aprendido mediante la experiencia previa de nuestro movimiento a través de él; es decir, mediante un órgano ajeno a nuestra facultad de ver. La vista no es suficiente (y en este caso particular, ni siquiera necesaria) para poder aprehender el concepto de espacio. La idea de éste es, pues, una suma de conceptos compuestos (por tanto, siempre inexplicables mediante palabras, aunque podríamos darles nombre por ser inducidos por sensaciones) llegados al cerebro desde múltiples sensores físicos de la información recogida en nuestro entorno.

Así, hemos de concluir que puede que los verdaderos sentidos sean más que los cinco tradicionalmente reconocidos. La sensación que, recibida desde la vista, entendemos como espacio, sólo la tenemos por tal porque, merced a una experiencia previa, hemos aprendido que podíamos movernos tridimensionalmente por el indefinido al que representa. Pero, en realidad, si careciéramos de ese aprendizaje, por nuestros ojos sólo apreciaríamos un color uniforme determinado en el caso del espacio vacío, o, en la situación real de nuestra vida diaria, una variación de colores que se entremezclan y se vuelven más definidos o indefinidos (gradan o degradan) en los puntos sobre los que enfocamos la vista o no (y que es lo que, también nuestra práctica con el movimiento nos ha enseñado a interpretar como cuáles están más cerca y cuáles más lejos). Estos puntos son los que nuestra misma experiencia nos ha dado a conocer como objetos o seres, o, al menos, parte de éstos.

Pero, sin la experiencia del movimiento, ignoraríamos el verdadero significado del espacio como vía a través de la que nos podemos desplazar, porque de hecho no sabríamos qué es mismamente desplazarse. También cabe la posibilidad de que intuyéramos esta particularidad a través del conocimiento matemático, pero esta intuición no dejaría de ser algo teórico a lo que nuestras facultades no nos darían acceso como experiencia sensorial. Sería como, con los sentidos que poseemos el común de los mortales en nuestro estado actual de evolución, hablar de todas las demás dimensiones que no sean las tres que estamos capacitados para apreciar como vivencia: una cuestión de matemáticas. Las matemáticas convierten en concepto asimilable por el cerebro, aquello que no podemos apreciar a través de los sentidos corporales de que disponemos. De aquí se deviene que, en realidad, las matemáticas nos han permitido manejar parámetros de la naturaleza que caen fuera del ámbito de los sentidos de que nos ha dotado la evolución, demostrando a la vez que nuestro cerebro está preparado también para experimentar las desconocidas sensaciones que, como vivencia sensorial, pudieran ofrecernos otros sentidos de los que carecemos. Pero es razonable que estos nuevos sentidos fueran posibles. Por ejemplo, al igual que tenemos tacto que nos avisa de la temperatura, gracias a lo cual podemos retirarnos de un objeto cuando corremos peligro de sufrir quemaduras por él, sería posible otra facultad de percepción que nos pusiera al corriente del grado de radiactividad. Desafortunadamente, ésta no la hemos desarrollado con la evolución, y no nos enteramos físicamente del incremento de radiación gamma a que estamos siendo sometidos hasta que nos percatamos de que nuestra salud ha sido perjudicada, por añadidura siendo ignorantes de cuál es la causa del daño devenido hasta que un análisis clínico nos ponga al corriente de lo sucedido. Pues, ya que nuestro cerebro entiende teóricamente qué es la radiactividad, o qué es un campo electromagnético, aventuro que no serían físicamente imposibles sentidos que nos pusieran al corriente sobre ellos, igual que otros lo hacen sobre el calor, la luz, el sonido, el olor o el sabor.

Así pues, debemos concluir que nuestra mente es apta para gestionar muchos más sentidos que los que poseemos. Pero de lo que no tenemos ningún concepto, es de cómo sería nuestra percepción subjetiva del cúmulo de sensaciones recibidas a través de los nervios que nos llegaran de esos imaginarios sentidos, cómo sentiríamos a través de ellos la radiación atómica o los campos electromagnéticos. No lo tengo yo, ni ningún otro ser humano, lo cual no quiere decir que nuestros cerebros no tengan capacidad para recibir esas sensaciones si hubiéramos evolucionado con tal sentido, y procesarlas de una forma análoga a como lo hace con cualquiera de las recibidas para dar los otros cinco conceptos citados, pero elaborándolas en otro diferente, de manera que se diferenciase y no pudiera ser confundido con ninguno de ellos. Nadie, en su uso normal de facultades, dice: “no sé si es olor, o luz”, porque ambos, olor y luz, nos son servidos de muy distinto modo por nuestros cerebros. A esto me refiero: los conceptos de olor y de luz son sólo compuestos, lo que conseguimos mediante las matemáticas, es definir en términos abstractos, sensaciones que nunca hemos sentido para poder memorizarlas como nuevos conceptos compuestos, sensaciones enteramente inapreciables a través de nuestro limitado número de sentidos. Como las matemáticas están detrás de la física, y ésta detrás de la química, son las propias matemáticas las que consiguen que desarrollemos esos conceptos nuevos, como “radiactividad”.

Conceptos complejos

Si, como especie, no dispusiéramos de movimiento y tacto, desconoceríamos la impresión de espacio y tridimensionalidad que nos proporcionan. Luego, aunque viéramos, careceríamos de la facultad de apreciar el vacío y el volumen, simplemente porque en nuestro cerebro no precisaríamos de conceptos que, a nivel evolutivo, no tendríamos necesidad de manejar. Lo que nuestro físico no puede controlar, es porque en términos de evolución no ha sido necesario desarrollarlo. Sensaciones como la de espacio son resultado de una combinación simultánea de otras muy diversas sensaciones más simples (pero, como hemos visto, compuestas) que nos llegan a través de distintas puertas, y que nuestro cerebro tiene que procesar para relacionar juntas como indicios que, para sus fines, le conviene interpretar como una única realidad unitaria. Por eso, espacio es un concepto de los que he llamado complejos.

Para aprehender un concepto complejo de la manera más completa posible, hay que estar en uso de más de un sentido o facultad; pero, en ausencia de alguno de éstos, siempre que no sea de todos, será posible entender el concepto al menos en parte suficiente como para poder manejar intelectualmente la parte que comprendemos. Por ejemplo, a alguien que hubiera nacido tetrapléjico y carente de tacto, sólo capaz de la visión, suponiendo que jamás le hubiesen movido del mismo punto desde el que miran sus ojos, le sería imposible manejar el concepto de “espacio” en el mismo grado que lo haría alguien que disponga de la posibilidad de moverse a través de él. Si una persona así fuera ciega, sólo tendría como punto de referencia el sonido que le llega por los oídos… la pregunta que aquí me hago es si sería capaz de aprender a hablar. ¿De qué sería capaz de hablar, aparte de expresar sus dolores físicos o necesidades primarias, como otro animal cualquiera puede hacer mediante quejidos? Tendría que referirse a todo sólo en función de esas sensaciones físicas. ¿Cómo hacerle entender lo que son las formas, lo que son las propias partes de su cuerpo que no siente, lo que es un libro, cualquier objeto o persona? Viviría en un mundo sólo de sonidos, la mayoría de los cuales no sabría de dónde proceden ni a qué se refieren. Personalmente, no creo ni que el propio Chomsky sea capaz de asegurar que ese ser postrado aprendería a hablar, por mucha gramática universal innata que atribuya a sus neuronas.

La inmensa mayoría de los conceptos que utilizamos son complejos, ya que el de “espacio” forma parte de prácticamente todo lo que manejamos. Un color necesita un espacio sobre el que extenderse, porque la propia luz necesita el espacio para iluminarlo. Todos los objetos se despliegan a lo largo y ancho del espacio. Por tanto, la totalidad de lo visible o palpable, tenga o no volumen, ocupa espacio; y éste necesariamente forma parte de cualquier objeto, y, por tanto, del concepto que nuestro entendimiento se forma del objeto mismo. Incluso los símbolos de los que está formado un alfabeto, son conceptos complejos. Una “a” tiene una manifestación visual (que es su grafismo o un símbolo convencional mediante un gesto, como puede ser en el alfabeto para los sordomudos), otra auditiva (el llamado “fonema” correspondiente), o hasta táctil, como ocurre en Braille). Podría existir también una percepción olorosa o mediante el gusto, para el símbolo “a”. Según la cantidad y cualidades de los sentidos que tengamos a nuestra disposición, nos es posible conocer la “a” como una cualquiera de estas manifestaciones sensoriales, desconociendo todas las demás o estando iniciados en todas. Con cuantos menos sentidos sepamos reconocer “a”, menos complejo será su concepto. Por ejemplo, para una persona sorda de nacimiento que sólo sepa leer, la “a” se reduce a un simple concepto compuesto, combinación de sensaciones visuales como colores (el del fondo sobre el que aparece dibujada y el de la propia letra), formas, etc.

El propio concepto de espacio es mucho más complejo de lo que en principio parece, porque lo conocemos en primer lugar por nuestro movimiento y el tacto; y, gracias a la experiencia con éstos, hemos aprendido a identificar como tal un grupo de sensaciones que nos mostraba la vista. Después, gracias a la vista nos hemos ahorrado la necesidad de tocar los objetos para saber que están ahí, puesto que ya somos capaces de identificar los conceptos que conocemos por ella, de variación de claridad y sombra como porciones de materia que ocupan espacio. En los primeros momentos de nuestra vida, veíamos manchones confusos de grados de claridad y sombra que a veces cambiaban de posición, pero ignorábamos qué era y qué significaba aquella imagen. Luego, por el sentido del tacto, hemos asociado determinados rasgos de claridades y sombras con nosotros y con partes de nuestro cuerpo, y a la vez con partes de otros cuerpos que entraban en contacto con nosotros. Aprendimos a identificar como movimiento ciertos rápidos cambios de sombras, colores, y la necesidad de enfoque sobre ellos por parte de nuestros ojos. A la vez, al querer desplazarnos nosotros mismos en la dirección en que veíamos esos otros objetos por los cuales no sentíamos pero de cuyo contacto nos llegaban sensaciones, hemos comprobado que ellos nos impedían hacerlo, y en qué punto ocurría. Así llegamos a ser capaces de distinguir entre nosotros y los demás cuerpos materiales, que no podíamos movernos en el mismo espacio que ellos ocupaban, que dos de esas entidades no pueden llenar un mismo espacio a la vez. De ahí se derivó el concepto de tiempo: dos objetos pueden ocupar un mismo espacio siempre que no lo hagan en el mismo momento. Además de por el movimiento, el concepto de tiempo surge también de sensaciones auditivas, al ser necesario para el desarrollo del sonido, que al fin y al cabo es movimiento también.

La sensación de movimiento propio es, a su vez, una interrelación de conceptos compuestos y complejos que se originan por otras muchas sensaciones llegadas al cerebro desde nuestro cuerpo como consecuencia de interaccionar éste con el entorno mediante los sentidos (por ejemplo, el ya dicho oído, o el tacto, que nos avisa de que la piel está más o menos tirante en zonas, lo cual es debido a la actuación de la gravedad sobre la distribución de nuestro peso corporal, o también de la fricción con el roce del aire o de la ropa; incluso el movimiento de los músculos bajo la piel produce microalteraciones en la superficie de ésta que son detectados por el mismo tacto), multitud de pequeñas sensaciones simultáneas a las cuales no hemos dado nombre por no haberlo necesitado. Pero esto no quiere decir que no las sintamos o que no seamos capaces de procesarlas para sacar conclusiones de ellas. Cuando movemos un brazo desnudo en el aire sin mirar hacia él, o con los ojos cerrados, sabemos en qué posición está. Incluso un ciego sabe en qué postura tiene el brazo, porque su cerebro recibe la suma de muchas pequeñas sensaciones debidas a la tensión, enviadas por medio de los nervios que tienen parte en la acción de los músculos utilizados para mantener el miembro en esa posición.

Conexión con la G. U.

Hemos visto que las realidades del mundo sensible y no sensible existen anteriormente a los nombres para designarlas; y que éstos se los vamos atribuyendo según descubrimos dichas realidades, deduciéndolas por las sensaciones que nos envían los sentidos, o las que vamos desentrañando teóricamente con la puesta en práctica de nuestros particulares procesos de razonamiento, a cuyo sistema he llamado matemáticas. Para poder concluir si existe o no la Gramática Universal, nos quedan dos problemas por resolver. Uno, el de si es posible una gramática sin palabras. Si esto es así, al no necesitar de las palabras para existir, debemos admitir que los principios de tal gramática son susceptibles no sólo de organizar lo que corrientemente entendemos por palabras, sino que, aunque nosotros los estemos utilizando para este fin, pueden ser empleados para gestionar también otras unidades distintas. La segunda cuestión es la de qué son las palabras, si entidades conformadas necesariamente o no, según lo hacemos de ordinario. Podría ocurrir que existieran otras formas muy diversas del concepto que actualmente tenemos de ellas, capaces de sustituirlas como convencionalmente entendidas portadoras de significado. Si esto fuera así, la gramática efectivamente serviría para organizar unidades distintas de las palabras, además de a éstas, o quizás tendríamos que llamar palabras a muchas otras cosas a las cuales ahora no se lo llamamos: por ejemplo, a los objetos mismos, a las acciones, etc. Otra solución es que llamáramos palabra a toda unidad a la cual se atribuye un significado convencional aleatorio, éntrennos sus sensaciones por cualquier sentido que nos entren, y emitámoslas por el medio que las queramos emitir, con lo cual el término “palabra” nunca podría ser aislado de la comunicación, y ésta obligatoriamente siempre tendría que ser emitida por medio de palabras. De este modo, una gramática nunca podría servirnos para organizar nada que no fueran palabras, y así no podría existir sin éstas. Las preguntas importantes para poder dilucidar esto, son, primera: ¿puede existir al menos una palabra sin gramática? Si es así, la gramática no puede ser universal, por ser la palabra anterior a ella y, por tanto, haber posibles unidades de comunicación que se escapen de estarle sujetas; y segunda: ¿puede existir una gramática sin al menos una palabra? Caso de ser ésta la verdadera posibilidad, nos veremos obligados a buscar todas las otras unidades organizables mediante una gramática que existan, para poder demostrar si hay alguna de ellas, a su vez, que pueda ocurrir sin tal gramática. Por fin, si esto no ocurre, efectivamente la gramática tendrá que ser universal.

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