¿Es la Gramática Universal una entelequia? (III)
Complejidad en lo simple
De todo lo dicho hasta ahora, deducimos que un concepto es la idea perdurable que nosotros nos hacemos, de lo que fue la acción temporal de infinitas sensaciones. Esto es consecuencia, y a la vez antecedente, de que un concepto sea siempre compuesto. Un concepto es siempre descomponible en otros conceptos, cada uno de los cuales es, a su vez, desarticulable en otros, y así sucesivamente hasta el infinito. Por ello, la definición de un mismo concepto dada en términos de la huella dejada por una experiencia sensorial puede adquirir infinitas formas. Y esto quiere decir también que las sensaciones que nos llegan a través de los sentidos tampoco pueden ser nunca simples. La sensación puramente simple no existe, ya desde el momento en que somos capaces de diferenciar cada una porque existen las otras. Esto es observable en casos como el de un lector de Braille que interpreta cada sola letra como un conjunto de puntos colocados en diferentes posiciones, siempre distintas. Ni siquiera es simple un concepto tan aparentemente sencillo como el de una letra, unidad formada por varias y variadas formas, colores o situación espacial o temporal.
El truco del diccionario, o el cuento de nunca acabar
Hay una curiosa implicación de todo esto que resulta particularmente interesante para mis fines. Cuando, entendidos los conceptos de la forma propuesta, como cooperación interactiva de otros conceptos, los desmenuzamos en estos segundos y repetimos el proceso indefinidamente, siempre hay un punto en que alcanzamos nociones finales que nos remiten directamente a experiencias sensoriales, so pena de tener que reiniciar el círculo hasta regresar indefinidamente al mismo punto. Incluso, dentro de ese mismo circuito sin fin podemos apreciar palabras que representan con más pureza conceptos directamente recabados de los sentidos, que otras. Es fácil comprobarlo, incluso con cualquier vocablo que tenga un significado asumido como abstracto. Durante el proceso, debemos procurar no recurrir a sinónimos, porque en este caso nos quedaremos atascados en el mismo nivel de abstracción. Éste es el truco habitual, por ser al que los diccionarios nos han acostumbrado. Por ejemplo, la palabra “adición” se puede sustituir por “suma”, lo cual no nos dice nada si carecemos del concepto al que ambas palabras nos remiten, que es realmente análogo para las dos: no nos habremos movido del punto inicial. Solución comparable, y muy empleada a pesar de denostada, es la de utilizar la misma palabra definida en su propia definición, como en el ejemplo del diccionario de la RAE al explicar la preposición “a” con la acepción “indica dirección a dónde”. Para entender una palabra, es necesario haber adquirido el concepto al cual representa, bien directamente desde los sentidos, bien por habernos sido expresado por medio de la acción de otras palabras cuyas nociones ya habíamos adquirido de antemano. Será imposible conocer una noción por medio de palabras cuyos conceptos comportados desconozcamos.
Y así, en el caso que presentábamos, por muy abstracto que nos parezca el concepto, para entender realmente lo que es la adición… ¡en principio hay que haberlo percibido físicamente de algún modo! Si no queremos o no podemos verlo como conjunto de sensaciones inmediatas, con “adición” tenemos la posibilidad de remitirnos a otros conceptos, como porción, materia e incremento o a cualquier combinación de ellos para la que tengamos palabra. A su vez, “porción” nos remite a unidad y materia, ésta a espacio y falta (en realidad, la materia es un lugar –también definible en términos espaciales- donde falta el espacio: ambos, espacio y materia, se definen por exclusión uno del otro), en tanto que incremento nos remite al propio espacio y al tiempo (supone cantidad diferente de impulsos sensoriales en un momento con respecto a la recibida en el anterior). Todos, conceptos cuya relación con la experiencia de los sentidos es demostrable y ya he comentado anteriormente. Podemos comprobar que, al hacer este tipo de desintegraciones, como he dicho hay que desechar del proceso aquellos conceptos que no nos ayuden a progresar (tal el citado de “suma” en el caso de “adición”), pero que, siempre que persistamos en continuar con nociones nombrables por palabras sin abandonar éstas para apearnos a la experiencia sensorial a que remiten, ello nos llevará continuamente a un círculo vicioso de soluciones, tan finitas en número, cuando más numerosas, como el de vocablos designativos de las sensaciones que históricamente hemos tenido necesidad de expresar.
Un modo de experimentar con esto último para comprobarlo, es tratando de definir algún término como “adición” por medio de otros que representen nociones de cuya composición se ausente la de suma. Por ejemplo, hacerlo como: “la transformación en uno de una cantidad de conjuntos existentes diferente de uno, logrando que todos los elementos permanezcan inalterados tras el cambio”. Entonces nos veríamos obligados a descomponer de nuevo todos y cada uno de los términos de esta definición en otros que, del mismo modo, indicasen conceptos, y así hasta llegar de nuevo a palabras denominadoras de conceptos obtenidos por medio de vivencias proporcionadas por los sentidos. Al final, lo mismo: veríamos que expresiones como “conjunto” se pueden reducir a otras como “juntar uno, y otro, y otro, y así en un número dado”, que “juntar” puede ser redefinido en términos de suma o que es concepto que hay que haber experimentado sensorialmente para entenderlo. Igualmente, pueden someterse al mismo proceso la noción contenida en la conjunción “y”, junto con todas las demás implicadas en la propia definición. En resumen, que los conceptos sólo pueden ser conocidos si se experimentan sensorialmente o si, al final, nos llevan a sumas de otros conceptos devenidos de la experiencia sensorial, que las palabras incluso son realidades sensoriales por sí mismas que se pueden representar unas a otras además de a otras realidades sensoriales diferentes de ellas, y que esa realidad sensorial de las propias palabras se comprueba porque se pueden leer, oír escritas, tocar en Braille, ver en gestos (como los de los sordomudos), etc: “nil est in intellectu nisi prius fuerit in sensu”.
Así pues, al final del concepto abstracto de “adición” se encuentra la capacidad de nuestro cerebro para detectar la presencia o ausencia de la energía que le llega a través de los nervios, presencia o ausencia que, en ciertas condiciones, interpreta como las porciones limitadas de lo que conocemos por “materia”. A su vez, esta materia o energía se organiza discontinuamente, discontinuidad que también detectamos sensorialmente por ausencia y presencia, originándose en la frecuencia de presencias el concepto de lo que conocemos como “número”. Las palabras, pues, se inventan para poder referirse a conceptos, y tras éstos están las sensaciones, que nos vienen dadas desde el mundo físico. En orden creciente: la realidad nos produce sensaciones, éstas conceptos, y a éstos les atribuimos palabras, ya inventadas por nosotros pero creadas mediante alfabetos, que son realidades sensibles elaboradas con materiales también sensibles, como el sonido, el tacto, la luz, etc. Luego, si la gramática es un conjunto de reglas necesarias para que las palabras conformen un lenguaje, ya que pretendemos que éste transmita la concepción que nosotros tenemos de la realidad, nos vemos obligados a reflejar en tal gramática la organización de la propia realidad según el concepto que de ésta se haga nuestra mente de acuerdo con las sensaciones que le llegan desde los sentidos y deseemos expresar.
La obviedad del lenguaje gramatical
Por ello, de momento no estamos seguros de si la gramática es universal, pero, visto que el lenguaje es comprensible por y para todos, lo que sabemos positivamente es que las sensaciones que nos llegan de la realidad física sí son universales, o que al menos la experiencia nos garantiza que podemos ponernos de acuerdo en su universalidad con suficiente precisión como para darnos confianza en esperar de ellas los mismos resultados si todos observamos la misma conducta frente a dichas sensaciones. Siendo, pues, cuestión de experiencia positiva, está claro que no es que necesariamente lo universal sea la gramática, sino la organización del mundo sensible, a través del cual viajan los mensajes, es decir, el lenguaje, formando parte del mismo. Chomsky, siguiendo a los cartesianos, afirma que todo ser humano nace con una capacidad innata de aprender lengua; yo añadiría: y todo lo demás. Acaso afirmar la universalidad de la gramática sea como hacerlo de la vivienda, la ropa, el armamento o incluso la comida. El ser humano ha fabricado armas desde el principio de los tiempos, pero el hecho de que todas puedan cumplir con eficiencia un mismo objetivo, ¿las convierte en la misma? ¿Pueden ser todas las comidas del mundo resumidas en una sola comida universal? ¿Nos alimentaríamos igual si lográramos extraer todos los elementos simples de la tabla periódica que constituyen nuestra comida necesaria normal, y los ingiriésemos en estado puro? ¿Sería esto una comida universal? ¿En qué se diferenciaría de un alimento universal? ¿Podemos fabricar un oso pardo con todos los elementos químicos que lo componen, juntándolos en sus justas medidas?
Por un lado, naturalmente que todos los lenguajes poseen gramática, porque si no fuera así no podrían llamarse lenguajes, pero esta afirmación no nos sitúa en una posición más avanzada con respecto a la de partida antes de haberla apuntado, ya que el ser gramatical entra en la propia definición de lenguaje. La gramática le es tan inherente como su finalidad de comunicar. Igual que una honda y una bomba atómica son armas porque se han necesitado las manos para desarrollarlas, y ambas pueden ser utilizadas para matar personas. Del mismo modo, existen lenguajes con gramáticas más primitivas y más elaboradas, pero que no por ello dejan de ser gramáticas. Ver esto como una novedad revolucionaria es como si, sabiendo todo el mundo que un planeta es un esferoide, apareciese alguien vendiéndonos como un gran descubrimiento que todo planeta, universalmente, es redondo o casi redondo. Por otro lado, atribuir universalidad a la gramática porque está en todos los lenguajes utilizados por el hombre, equivale a hacerlo de la ropa porque todas las personas que han aprendido a andar vestidas, y lo hacen ya voluntariamente o por imposición, estén obligadas, sin excepción, a llevarla. Obviamente, todos los seres que usan un lenguaje emplean una gramática en él, más simple o más compleja, pero no sé si esto podrá llamarse “universalidad” de la gramática.
Al hablar de “una serie de reglas que ayudan a los niños a adquirir su lengua materna”, suponiendo que estas reglas sean universalmente las mismas, el concepto de “Gramática Universal” parece indicar que es nuestra mente la que funciona de idéntica forma en todos los individuos, cada vez que aprendemos una lengua; al menos, la primera lengua. Por esto, según esta teoría naceríamos con una capacidad común que nos obliga a manipular los elementos que nos entran por los sentidos buscando si son gramaticales o no. Si los identificamos como tales, es que alguna cualidad hallamos en ellos que nos permite hacerlo así, lo cual nos lleva a la posibilidad de reducción a una sola abstracción, de todas las que creemos gramáticas diferentes. Por tanto, la pregunta verdadera, la interesante, y en mi opinión la que plantea la tesis chomskiana, no es si esta gramática es universal o no; sino si, reducida a sus últimos términos, la gramática que subyace a todos los lenguajes humanos es universalmente la misma; si responde, como él dice, a unos principios generales abstractos. Pero aun después, en el caso de que así fuera, habría que hacerse otras dos preguntas como consecuencia: ¿viene esta unicidad obligada por cierta peculiaridad diferencial de la constitución de la mente humana que la hace exclusiva de ésta? ¿O será el tener que reflejar siempre las mismas realidades físicas, en todos los lenguajes posibles, lo que hace a toda gramática, ya sea o no distintivamente humana, obligatoriamente reducible a un solo esquema universal que nos la hace aprendible? Si la verdad respondiese a la primera de ambas cuestiones, el lenguaje humano debería funcionar de acuerdo con unas normas nuestras, propias, y, como hecho particular nuestro, diferenciales con respecto a las de todos los demás lenguajes posibles. Esto sería una grave desventaja para nosotros, porque, al tener de partida obligatoriamente una gramática privativa, nuestras mentes no estarían capacitadas para identificar como gramática nada que se saliera del molde de la nuestra, lo cual nos impediría descubrir lenguajes ajenos. En cambio, si la respuesta verdadera fuera la afirmación de la segunda pregunta, se entiende que la mente humana estaría abierta para comprender cualquier lenguaje con que la Naturaleza nos retare, ya que también podríamos generarlo. En este caso, realmente (siempre dentro de la tesis chomskiana de que toda gramática humana sea en el fondo la misma), todas las gramáticas posibles en la naturaleza serían reducibles a una única, y no sólo la humana. Pero Chomsky se equivocaría radicalmente, ya que nuestra gramática, igual que cualquier otra, sería como es por tener que estar físicamente sujeta a la realidad sensible, independientemente de la mente humana, existiera ésta o no: todo ser capaz de poseer gramática dentro de esta misma realidad física actual, tendría que hacerlo ajustándose a los mismos rasgos últimos. Incluso, siendo las personas integrantes de esta realidad natural universal, tras un cataclismo que supusiera el cambio de ésta a otra que en nuestra situación no podemos ni imaginar, deberíamos ser capaces de asumir una gramática diferente, acorde con las nuevas leyes físicas, pero inválidas para las anteriores. En este caso, la gramática universal no sería consecuencia de una particularidad de la mente humana, sino de la constitución de la naturaleza misma.
¿Es posible una gramática universal exclusivamente humana?
El hecho es que, si Chomsky tiene razón y, por tanto, la verdad corresponde realmente a la primera de las dos preguntas del párrafo anterior, la propia tesis jamás se podría confirmar, siendo demostrablemente indecidible. Para verlo claro, comenzaremos por un pequeño resumen de lo que postula: la información externa recibida al aprender un lenguaje, se coteja con esa estructura gramatical interna innata en los seres humanos, la Gramática Universal. Mediante este acto, esa información es asociada a determinados moldes paramétricos que son los que dictarán al aprendiz la regla gramatical particular del idioma que se está intentando manejar. Luego, todo lo que no se pueda asumir como gramaticalizable según esa Gramática Universal, será rechazado al no entenderse que corresponda a lenguaje alguno, y por tanto desechado como tal.
El problema de este modelo es que, al reconocer que determinados rasgos constituyen gramática y otros no, nos declara incapacitados para registrar como lenguaje cualquier estructura fuera de las que nosotros mismos podamos identificar de acuerdo con los atributos que nuestra propia Gramática Universal nos impone como gramaticales. De este modo, nunca podremos estar seguros de si todos los lenguajes que somos capaces de distinguir como tales, son aprendibles y utilizables por coincidir con nuestros esquemas de una Gramática Universal humana, o porque existe una ley de la naturaleza en general que los obliga a ser así.
Podría aducirse que la Gramática Universal sólo es necesaria para adquirir el primer lenguaje, y que después, la posesión de éste nos capacitaría para importar a nuestra mente otras gramáticas distintas. El problema es que cada vez que quisiéramos introducir en nuestro intelecto una nueva gramática diferente no correspondiente con la G. U., no podríamos hacerlo según los parámetros de ésta (ya que serían distintas), por lo que nos veríamos obligados a independizarnos de ella y desentendernos por completo de los esquemas con que fue adquirido el primer lenguaje. Esto supondría una nueva primera vez para cada lenguaje con una gramática distinta a la universal, lo cual nos haría regresar al punto de partida: sería imposible introducirlo, al no ser la suya reconocida como gramática por las estructuras que, innatamente, nos dictan qué es tal y qué no. Personalmente, prefiero aplicar la famosa navaja de Ockham y decidir que, cuando aprendemos gramática, admitimos por tal lo que la razón nos dice que es la convención como tal porque así nos lo muestran, escogiendo de entre toda la información recibida desde el mundo exterior por las diversas vías que ya he explicado anteriormente.
Dicho de otro modo: partamos de que exista una G. U. genéticamente impuesta, común a todos los seres humanos, y que tal G. U., cada vez que se aprende la lengua, no ha sido contraída desde la realidad de nuestro ambiente externo. Supongamos que es, pues, privativa de nuestras particulares mentes, brotada de dentro con la finalidad de comprobar si la información que nos va llegando desde fuera recabada a través de los sentidos es gramaticalizable o no, y de poder usarla para crear lenguaje. Cabrían, entonces, dos posibilidades: que hubiera además seres no humanos capaces de poseer o emitir gramática, o que no los hubiera. La segunda de estas dos significaría que toda gramática posible sería la generada, disfrutada y comprendida exclusivamente por nuestra especie, por lo que no habría lugar a la existencia de ninguna otra gramática fuera de los parámetros marcados por la G. U. Ahora bien, como ya hemos visto, en este caso nunca podríamos saber si tal imposibilidad de otra gramática es cierta, o una simple ilusión insuperable inducida en nosotros como limitación impuesta por dicha G. U. al no dejarnos reconocer como gramática todo lo que no sea homologable por ella; o incluso si lo que suponemos como G. U. humana es un conjunto de leyes común a toda la Naturaleza. Por tanto, no nos llevaría muy lejos y queda eliminada. También podría alegarse que, aunque sólo el ser humano fuera capaz de generar una gramática propia, sería posible la existencia de otro ser que, no siendo capaz de hacerlo, le entendiera. Pero entonces podríamos transmitir a éste tal gramática y, por tanto, conseguir que también fuera por sí mismo capaz de ponerla en práctica… es decir, de usarla, como dice Chomsky, “creativamente”: en una palabra, de generar creativamente mediante sus reglas según utiliza un lenguaje para comunicarse. Luego, nos encontraríamos con que no habría un solo ser capaz de albergar y generar gramática propia, lo cual supondría la contradicción con la afirmación de partida.
Eliminada la segunda, examinaremos, pues, la primera posibilidad: que, existiendo la G. U., haya otros seres aparte de los humanos, capaces de poseer y manipular lenguajes mediante una gramática. En este caso, podemos hallarnos ante dos supuestos: que los lenguajes no humanos sean accesibles para nosotros, o que no lo sean. Como humanos, este segundo argumento nos sería indecidible también, por asimilarse con lo ya expuesto sobre la autolimitación que nos impone la G. U. Además, si otros lenguajes fueran inaccesibles para nosotros, igualmente no podríamos saber nunca de su existencia como tales. Sabemos que existe un lenguaje por sus efectos como transmisor de comunicación y su posibilidad de ser traducido: sin la capacidad de reconocer estas cualidades en una estructura, nunca podremos decidir que sea lenguaje, por lo que desconoceremos su existencia como tal. En cuanto al primer argumento, se presta a canalizarse una vez más a lo indecidible, o a abordarse por reducción al absurdo: fuera de todos los demás lenguajes, el humano estaría obligatoriamente generado en concordancia con la G. U. Luego, si quisiéramos interpretar como tal un lenguaje no humano, deberíamos poder entender también lenguajes no regidos por dicha G. U. De modo que, si entendiéramos éstos, y teniendo en cuenta lo dicho en el párrafo anterior, seríamos también capaces de generarlos. Así pues, los seres humanos pasaríamos a generar y entendernos mediante lenguajes subordinados a la G. U., igualmente que con otros ajenos a ésta. Lo cual se contradice con que todo lenguaje humano debiera estar engendrado por medio de la G. U. Igualmente, de la existencia de una G. U. compatible con el aprendizaje de otra gramática diferente a ella, se deducirían consecuencias tan físicamente extrañas y opuestas a la razón como que, si en un momento determinado, los seres humanos adquiriésemos un lenguaje con una de estas gramáticas y nos resultara más deseable que el nuestro original para enseñárselo a nuestros hijos, no podríamos hacerlo como primera lengua, lo cual nos llevaría a subordinar el aprendizaje de un lenguaje al de otro previo; o bien, sujetándonos a mi afirmación anterior de que los seres humanos no nacen con una capacidad especial para aprender precisamente el lenguaje, sino todo lo que, como seres humanos, podamos imaginar aprendible, sí lo adquirirían… pero entonces habría que aceptar de nuevo que la G. U. no es tal G. U.
En el supuesto chomskiano, incluso si construyéramos aparatos a los que dotásemos de la facultad de generar lenguajes, nos resultaría imposible decidir si algo producido por ellos que se saliera de los esquemas de nuestra gramática universal particular humana, es lenguaje o el producto de una construcción defectuosa. Las propias máquinas estarían diseñadas según nuestros parámetros, para crear lenguajes que lo fueran de acuerdo con nosotros, dotados exclusivamente de un modelo de gramática reducible a algo que nosotros entendiéramos por tal. Cualquier estructura diferente a éstos, acaso fuera un lenguaje, pero nunca lo podríamos saber a ciencia cierta. Luego, incluso siendo real, la tesis chomskiana sería tan indecidible como el dogma de fe de una religión. Para corroborarla, habría que ser un observador desde un punto de vista no humano. Ni siquiera resultaría científica siendo cierta; así pues, debería quedar desechada de antemano como simple supuesto.
Conclusiones momentáneas
Si se ha leído cuidadosamente lo que he dicho hasta ahora, se extraerán las siguientes conclusiones: que está claro que, si no hubiera necesidad de comunicar nada, no habría lugar a un lenguaje. Que parece obvio que cualquier lenguaje está hecho para comunicarse, y, por tanto, para que haya al menos un emisor y un receptor del contenido de los mensajes generados por él, es decir, de conceptos. Que la realidad sensible es universal, de modo que todo lenguaje destinado a transmitir nociones que la describan, se verá obligado a reflejarla de algún modo. Y que, a la vez, el lenguaje mismo es un concepto de la realidad sensible independiente de los otros ejemplos de ésta que sea posible representar e interpretar mediante él, incluido él mismo. Esto es demostrable porque el lenguaje puede utilizarse también para comunicar ficciones o mentiras, o incluso para hacerlo autorreflexionar (metalenguaje), penetrando y emitiéndose del intelecto por los sentidos por los que lo hacen todas las demás sensaciones; y que, debido a esto último, él mismo es inseparable de la propia realidad sensible que simula poder reflejar. Por esto, al entrarnos del propio entorno físico pero no ser lo mismo que denota, se ve obligado a tener completamente un valor simbólico, ya desde sus unidades más simples: el propio alfabeto es aleatorio y convencional, dice lo que quienes lo usamos queremos que diga; incluso, si lo deseáramos, podríamos atribuir un concepto a uno solo de sus símbolos, formando vocablo de por sí; y apela a los sentidos que emisor y receptor son capaces de poner en juego para emitirlo y captarlo; las palabras también son aleatorias; y, por tanto, la propia gramática forma parte de una estructura comunicativa que sólo tiene razón de ser si existen un mínimo de dos seres capaces de ponerse de acuerdo en atribuir cierto valor a sus unidades y agrupaciones para transmitirse información mediante él, por lo que tiene que ser también convencional. Aún queda en el aire si el hecho de ser convencional obliga a la gramática a ser aleatoria. Pero, si no fuera esto segundo, ¿podría ser lo primero? Y, a la vez: ¿podría ser aleatoria una Gramática Universal?
El “extraño” caso de los Al-Sayyid
Hacer coincidir determinada sensación auditiva con cualquier otra sensible: visual, táctil, olfativa, etc., es convencional y aleatorio. Cualquiera que sea tan incrédulo como para no aceptar una premisa tan simple y obvia, sólo tiene que ponerse de acuerdo con otro y hacer la prueba. El alfabeto romano escribe la “a” de una forma diferente al griego, aunque ambos signos pueden representar, por convención, al mismo fonema y al mismo signo táctil. Al mismo tiempo, signos auditivos o táctiles diferentes pueden ser identificados, por convención, con la misma letra en un sistema alfabético visual. Llamo, pues, alfabeto, a un conjunto de signos convencionales que puedan encadenarse para formar palabras, sin discriminación del sentido por el que los captemos. Los alfabetos que más comúnmente utilizamos son, en este orden, los auditivos, visuales y táctiles. Esto es simplemente por una cuestión de funcionalidad: oído, vista y tacto son los sentidos que más cómodamente utilizamos, y con mayor precisión, no importa por qué. Pero nada se opondría a alfabetos gustativos u olfativos, si tuviéramos necesidad de servirnos de ellos. Incluso podríamos haber desarrollado evolutivamente más sentidos que los cinco tradicionales, y con ellos manejar diferentes alfabetos inventados ad hoc para estas supuestas cualidades sensitivas, pues, sin duda, nuestro cerebro está capacitado para ello. Si los seres humanos naciéramos sin cuerdas vocales pero atados a un piano, sin duda utilizaríamos las notas musicales como fonemas de un alfabeto auditivo, y si naciéramos sin oídos improvisaríamos hasta desarrollar por evolución cualquier posibilidad visual de nuestro físico, o de otro sentido cualquiera del que dispusiéramos, para poder comunicarnos. De hecho, lo único demostrablemente innato en nosotros, de momento, es nuestra necesidad de comunicarnos: el cómo hacerlo, parece ser lo de menos. Existen casos paradigmáticos que demuestran este hecho, como el del clan beduino Al-Sayyid, cuyos integrantes, partiendo nada más que de esa necesidad y de las posibilidades físicas que les brindaban sus cuerpos, desarrollaron su sistema de comunicación visual propio. Siendo los mismos que los hablados, pero utilizando como soporte materiales visibles en lugar de audibles, ¡pues vaya descubrimiento trascendental, que estos lenguajes utilicen las mismas estructuras complejas que los hablados! No es de extrañar que casos como éste traigan perplejos a los chomskianos, aunque no deberían parecernos raros a quienes seguimos todo el proceso de razonamiento que he expuesto hasta ahora. ¿Es que no ha sido secularmente utilizada la capacidad de cualquier sordomudo de nacimiento para aprender lenguajes basados en signos visuales como vía de transmisión sensible, igual que una persona en uso de todos sus sentidos aprende a hablar?
Con cada uno de los diferentes abecedarios se forman cadenas de letras a las que atribuimos diferentes conceptos según el orden y el número en que nos vengan dadas, y que son las palabras. Éstas, lógicamente, se transmiten y reciben sólo mediante los sentidos físicos implicados por los propios alfabetos, pero no es trascendente la idiosincrasia de esos sentidos, porque el concepto de palabra implica una organización de impulsos que al cerebro le da igual por cuál de ellos le vengan dados. Lo importante es que, si deseamos ponernos de acuerdo en aplicar un concepto estable a una palabra, tenemos que organizar determinadas letras siempre en el mismo orden y transmitirlas así. Una preposición, un sustantivo o un adverbio siguen siendo tales oigámoslos, leámoslos en Braille o en cirílico: lo importante es que la misma palabra sea siempre al oírla la misma cadena de sonidos, la misma cadena de signos visuales al leerla o de signos táctiles al tocarla. A su vez, las palabras forman otras cadenas que también es necesario organizar. La gramática independiente del sentido físico del que nos sirvamos para transmitir o recibir las palabras, ya que es el tratamiento que se da a éstas, ordenándolas y moldeándolas según lo que queramos expresar con ellas; una manera de organizarlas, en suma, para determinar qué función cumple cada una y, por analogía, qué oficio desempeña en la realidad cada uno de los objetos a los que convencionalmente representan. Consiste en repartir en categorías las palabras, y a su vez las cadenas de éstas en otras categorías nuevas, que constituirían nuevos niveles. Entonces, el propio hecho de que haya categorías lingüísticas ¿es debido al lenguaje, a nuestro cerebro, o a que realmente existen en el mundo físico, no haciendo sino representarlas convencionalmente?
El “misterio” de las categorías lingüísticas
Para contestar la pregunta anterior, habrá que responder previamente otra: ¿qué son las categorías lingüísticas? Es decir: ¿en función de qué se organizan las palabras en esos grupos llamados “categorías”? Hay vocablos a los que convencionalmente damos el significado de seres (sustantivos), de acciones (verbos), que condensan relaciones de otros actos con los seres (como quedó explicado más arriba en el caso de la preposición “a”), etc. Luego, si las categorías de palabras representan realidades de distinta naturaleza, ¿no cabría pensar que es la propia realidad física percibida por nuestros sentidos, la que ya es divisible en categorías previamente a que nosotros se las adjudiquemos a los vocablos? ¿Qué habremos hecho primero: dividir la realidad en categorías, o dar nombre a éstas? ¿Manejarlas como concepto, o como unidades lingüísticas?