La “ética” de este Gobierno
Podrá sonar como que ya nos habíamos percatado a estas alturas de la película; pero, por si ello no fuera así, hace unos días, la vicepresidenta vino a recordarnos directamente con sus propias palabras que la discusión sobre lo que es ético y moral es un tema que a ellos, como gobierno, no les compete. No pudo haberlo dicho más claro, sin rodeos ni eufemismos, con motivo de la defensa que hace de la ley del aborto en debate.
Ahí es nada. Uno se pregunta entonces: ¿por qué sobre el aborto no, y sobre otros temas sí? Pues no hay razón para que, en otros casos, no sostengan el mismo argumento. Esta afirmación, por tanto, es susceptible de servir para cualquier otro asunto que les convenga. Lo cual necesariamente implica que, sin entrar en discusiones éticas o morales, siempre pueden y deben aplicar las leyes según provecho, bien del Estado en primera instancia, o de su propio gobierno. Que le den morcilla a quien a ellos, los que mandan, no les interese beneficiar, o les convenga perjudicar. Tener en cuenta el bien o el mal que de ello se devenga, es decir, la implicación moral, no es su problema como estadistas. Y la consecuencia es que tampoco se les puedan pedir cuentas sobre los mismos: pues, obviamente, ellos no son responsables si hay “daños colaterales”.
Así, desde el frente del Ejecutivo, podremos soltar presos, o encarcelar a discreción, por las razones que para nosotros mismos, o para el Estado, nos parezcan convenientes. Tendremos carta blanca para mandar a la policía a saquear las casas, enriquecer aún más a los ricos con objeto de que nos den trabajo cuando ya no legislemos (aunque nos vayamos de aquí con la vida arreglada), robar los bienes públicos en los museos, o cambiar la historia mediante sutiles modificaciones en los libros de texto u oportunas desapariciones de documentos o apariciones de otros “nuevos”.
Sé que algunos de los anteriores ejemplos parece un poco difícil llevarlos a cabo; pero está claro que, si ostentamos el poder público, siempre tendremos la solución de utilizar los medios a nuestro alcance para engañar y convencer a la población de que lo que se nos antoje es algo que nos interesa a todos. Y lo haremos; porque, claro, la discusión sobre utilizar dichos medios para este fin también es una cuestión ética o moral, y que, por tanto, no nos incumbe. Dispondremos, por ejemplo, de entidades de información públicas, en las que podremos despedir y contratar al personal según nos parezca para obligarle a que divulgue las noticias que nos dé la gana, versionadas según nuestros intereses. Haremos entrevistar continuamente a nuestros tres o cuatro amigos apesebrados, para que divulguen de nosotros lo espléndidos que somos, y poniendo a caer de un burro a quienes no nos secunden.
Es verdad que también hay medios de comunicación privados; pero, como poseemos el control legal del dinero, tendremos fácil comprarlos y someterlos mediante jugosas subvenciones, o, haciendo uso de nuestro dominio del poder legislativo, constriñéndolos mediante leyes que los conviertan en nuestros vasallos, reduciendo a minoritarios a quienes no entren por el aro; o, merced a algunos amigos en el poder judicial, dejando que éste actúe a nuestra conveniencia tras haber convencido a algún medio de comunicación afín de que busque por algún recoveco las cosquillas denunciatorias, aunque sean falsas (“contamina, que algo queda” ¿se acuerdan?); o, en fin, si ninguna de estas soluciones funciona, siempre nos quedará el soborno, al cual podemos incluso inventar un nombre eufemístico y proveerlo de un adecuado soporte legal para hacerlo patente y público con la falta de rubor que caracteriza a nuestra neutralidad en cuestiones ético-morales. Ya nos dice sabiamente el refrán que quien hace la ley hace la trampa, si bien que sea ley o trampa no nos incumbe por ser discusión moral. El caso será lavar el cerebro, comer el coco, de la población, para tenerla de nuestra parte. Que algo sea ético o no, no será problema nuestro mientras la mayoría esté de acuerdo en confirmarlo. Nosotros representamos los deseos de la mayoría, sean éticos o no. Por ser mayoría ya son legítimos: lo demás no viene a cuento. Ser mayoría, eso sí es lo importante… es decir, electoralismo, ganar. No importa cómo, pero ganar. Lo que está bien o lo que está mal no tiene importancia; no existe, si se gana con ello. ¿Que se pone de moda matar? Convenzamos a la mayoría de que matar es lo bueno, y declarémonos abiertamente partidarios de matar. Así ganaremos votos. Mil billones de moscas comen mierda en todo el mundo, y esto es lo que todos debemos hacer, ya que es lo que importa, que tienen razón, porque son mayoría. Adhirámonos a la moda, sin entrar en mayores discusiones.
Por supuesto, está claro que esta filosofía nos garantiza el éxito. Pero ¿no había sido inventada la ética, precisamente, para que los poderosos tuvieran un límite donde detenerse, y que no fuera esto el Estado como lobo del súbdito? ¿En qué clase de sociedad hemos venido a dar, que un político encaramado en la parra puede permitirse decir semejante cosa desde su puesto de gobierno, sin ser penalizado inmediatamente? ¿O es que de verdad creemos que vamos a tener un gobierno del que podemos fiarnos, si éste desprecia la ética?